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La fórmula del éxito (o como David sedujo a Goliat)

Slumdog Millionaire. Danny Boyle, Reino Unido, 2008
Por Javier Moral

Cartel
Que el curioso y extravagante cine de Bollywood intente abrirse al mundo, reivindicando su calidad en pos de ampliar su mercado, no es ninguna novedad. Es obvio que el cine es y será consumido en su mayoría por EE.UU. y Europa, así que ¿por qué no adaptarse al cliente potencial?

Que Hollywood trate de airear su clasicismo imperante y de reciclar su gusto por los grandes temas de las grandes superproducciones tampoco es ningún misterio. Se han dado cuenta de que, fuera del círculo de la Academia, existe un cine pequeño y muy particular de gran valor que incluso supera en originalidad las ideas cerradas tan "americanas" del guionista estadounidense medio. Fuera de la muy socorrida etiqueta de "filme de culto", se pueden encontrar películas distintas de calidad. Aunque, para los grandes del celuloide, esta búsqueda de una temática renovada tampoco supone un gran esfuerzo: son conscientes de que simplemente están dirigiendo al mundo hacia una inédita y moderna tendencia.

Slumdog Millionaire se ha nutrido de estos dos factores, y han sabido aprovecharlos de tal forma que ha conseguido que medio mundo hable de la India y de sus ocho Oscar. Respecto a los hechos antes expuestos, podríamos tacharla de oportunista, y razón no nos faltaría. Pero más correcto sería considerarla como una maniobra intencionada, de perfecta e impecable ejecución y resultados devastadores que habrán copado e incluso sobrepasado las expectativas de sus creadores, comandados por el inexperto Christian Colson.

Image 3Hagámonos una idea de esta eficaz puntería comenzando por su director. Danny Boyle era uno de esos realizadores "extranjeros", a ojos de Estados Unidos. Lo había probado todo, con una filmografía muy variada en cuanto a temas y géneros, pero siempre al margen de Hollywood. Desde magníficos filmes de historias sencillas como Trainspotting o Millones, pasando por la frivolidad de contratar a estrellas de moda (Leonardo DiCaprio en La playa), hasta costosísimas superproducciones del calibre de 28 días después o Sunshine, ninguno de sus trabajos fue suficiente para contar con el reconocimiento de la Meca del Cine. O puede que no supiera tocarles la fibra. Slumdog Millionaire es un modelo de cómo se puede atraer la atención de una industria ansiosa por dar una imagen alternativa, ávida de producciones independientes y enfoques originales y multiculturales.

Quizá ni el propio Boyle creyera alcanzar tanto éxito cuando decidió hacer la película. La verdad es que "lo diferente" que ofrece la obra no es precisamente abundante. Tan sólo una apreciación de que el cine occidental pidió la colaboración del de Bollywood, pues ni siquiera se puede hablar de fusión. La gran mayoría del equipo es indio, sí, comenzando por Loveleen Tandan, el casi anónimo codirector. Pero, la cinta, que pretende huir del cine más comercial y se autocataloga como cool, cae de lleno en su propia trampa estilística por tan exagerada ornamentación estética. No se puede vender como alternativo un producto que desprende una esencia tan marcadamente videoclipera en la confección y el ritmo del montaje, que trata de pasar por india por el mero hecho de bañar las imágenes con un festival abusivo de colorido.

Imagen 1Otra de las dianas a las que apunta la película es la de servir como reclamo publicitario de la novela Q & A (¿Quiere ser millonario?), texto en que se basa el film, escrito por el diplomático –cómo no, también indio– Vikas Swarup. A raíz del estreno del filme, el desconocido novelista debe de andar cerca de la dislocación de muñeca por la firma descontrolada de ejemplares. Swarup relató una fábula repleta de tópicos sobre la miseria y la corrupción infantil al estilo de Ciudad de Dios (Fernando Meirelles, 2002), adornada en su adaptación a la gran pantalla por un artificioso romance adolescente, que en todo momento intenta engañar, pretendiendo hacer creer que todo quedará en una ilusión platónica –como ocurría en Romeo y Julieta–. Nada más lejos; dentro de la más absoluta previsibilidad, el espectador adivinará, sin necesidad de comerse el coco, el evidente final feliz. Ejemplos exitosos, de sobra conocidos, como los citados permiten asegurar que, de entrada, sin pensar en futuros premios, un melodrama que sepa combinar en adecuadas proporciones la tristeza de la pobrería con el amor inocente juvenil arrasará en taquilla.

Sin embargo, y a pesar de la gracia comercial de la obra, Slumdog Millionaire puede y debe presumir de cierto caracterismo genuino digno de elogio. Sin ir más lejos, de la recreación del concurso que le da el nombre –sosteniendo el peso de la narración–, la edición india del popular ¿Quiere ser millonario? Eso sí, con un nivel de dificultad cercano al parvulario, a excepción de las cuestiones relativas a la cultura de la India, todo hay que decirlo, donde nos la cuelan por la escuadra a los occidentales. La participación del protagonista en el programa ejerce de hilo conductor de una trama que descansa en él cada cierto tiempo, a modo de capítulos –delimitados por cada pregunta–, como si en nuestro cine hubieran decidido programar una serie de televisión (los amantes del universo catódico sabemos apreciar y agradecer esta estructura).

Igual de acertado estuvo el casting. Como otro símbolo de hermanamiento de tradiciones, para el papel principal se escogióImagen 2 al británico de origen indio –siempre indio– Dev Patel, conocido por su trabajo en la serie Skins (¡de nuevo estamos de enhorabuena los fans de la caja tonta!), que basa su interpretación en una increíble espontaneidad en todo lo que hace. Es una lástima que trabajos tan meritorios como el de este chaval no reciban el reconocimiento que merecen, pues la Academia no concede ninguna estatuilla a los actores revelación, y ya sabemos que el cupo de nominaciones lo suelen cubrir figuras ya consagradas. El reparto lo completan, entre otros, una bellísima pero inexpresiva –al menos al lado de Patel– Freida Pinto y Anil Kapoor, popular actor indio, convertido en productor, que encarna al arrogante presentador del quiz-show.

Por último, cabe recalcar, dentro de la retroalimentación benéfica que supuso la producción para sus responsables, la reivindicación por todo lo alto del cine de Bollywood que comentábamos al principio. Quien seguía la retransmisión de la ceremonia de entrega de los Oscar pronto quedaba encandilado, desde su mismo paso por la alfombrilla roja, ante esa gran familia constituida por buena parte del equipo de la película. Con el patriarca Boyle a la cabeza, esta comunidad desfilaba por Los Ángeles destilando un sutil y certero grito exhortativo dirigido a la principal industria cinematográfica del mundo: ¡Girad la cabeza hacia nosotros! ¡Aunque suene manido y trivial, más allá existe otro cine!

Esta descarada sugerencia hipócrita que respalda la truculenta cinta provocó que la jugada les saliera redonda. Ocho estatuillas que responden a tres razones fundamentales: ese presunto cambio de mentalidad a marchas forzadas en Hollywood, la ausencia de posibles competidoras de un mínimo nivel y la enésima manifestación de una desmesurada afición a los inverosímiles cuentos principescos al otro lado del charco. Como colofón, bailemos una de esas fastuosas coreografías de Bombay y dejémonos embriagar por la hipnótica Jai Ho...

Moraleja: Sé humilde y conquistarás Hollywood.

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