El ojo virgen

Por Pablo Castriota

“Cuando nosotros, los argentinos, hombres de llanura y de calles anchas como otras llanuras, entramos en un cine, y tenemos la suerte de no haber viajado –lo cual nos mantiene de cerebro y ojo virgen- y asistimos al desenvolvimiento de una película italiana o española con sus callejas estrechas, dos, tres, cuatro pasos, una emoción de añoranza se desenrosca en nuestros sentidos, y pensamos en la felicidad de viajar, de transitar por esos mismos túneles que la sombra fotográfica de la película en el telón impregna de una poesía violenta e inexplicable. (Les ruego a mis lectores que me disculpen esas abundantes referencias que siempre hago al cine en mis notas, pero ir al cine es, en cierto modo, viajar de una manera ideal, mucho más de lo que algunos pueden suponer)”.

Roberto Arlt en su aguafuerte “La Gloria del Sol”, publicada en el diario El Mundo en abril de 1935. Extraído del libro Arlt va al cine, de Patricio Fontana. Ediciones Libraria (2009)

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A través de la descripción realizada en sus crónicas de viajes por España y Marruecos, Roberto Arlt, hasta ese momento “virgen del ojo y del cerebro”, se empecinaba en encontrar el rastro cinematográfico en aquellos sitios lejanos y exóticos que había podido “visitar” previamente en las salas de cine porteñas que frecuentaba a menudo allá por los años treinta. Pero mientras contemplaba las deplorables condiciones de vida en las que se encontraba sumida buena parte de la sociedad marroquí (especialmente las mujeres), el escritor no podía disimular su fastidio y desilusión ante la falta de un “aspecto cinematográfico” en la pintura social de un Marruecos que el realizador Josef von Sternberg le había “vendido” previamente, a través de sus películas con la actriz Marlene Dietrich comoweb travel protagonista. Desengañado ante la falsa “poesía oriental” que el cine le había ofrecido a raudales sobre aquellas tierras africanas, el ahora desvirgado Arlt compensaba esta ausencia de pintoresquismo, incorporando en sus célebres aguafuertes recursos propios de la narración cinematográfica, dotando a la experiencia personal de una intensidad y un romanticismo que no se hacían presentes ante sus ojos en su rol de viajero en territorio africano.

Seguramente a Roberto Arlt le hubiera gustado acceder a Travel Film Archive, un sitio web que alberga una colección muy amplia de filmaciones en color y blanco y negro, tomadas en los cinco continentes a lo largo de setenta años, y que desde su página principal se presenta como “una colección de películas educativas e industriales que muestran el modo en que era el mundo entre el año 1900 y 1970”. Resulta curioso que los editores del sitio atribuyan a sus registros una carga de veracidad tan irrefutable, basándose únicamente en su carácter documental, como si la sola ausencia de cualquier tipo de intervención ficcional legitimara la fidelidad descriptiva de aquellas filmaciones recogidas alrededor del mundo a lo largo de siete décadas. Desde este enunciado podemos suponer que estas pequeñas películas intentaban presentarse como la contrapartida necesaria hacia el pintoresquismo y exotismo propios del cine de Hollywood de la primera mitad del siglo XX, esa sucesión de espejitos de colores con los que habían “estafado” a Roberto Arlt y a otros tantos espectadores de su tiempo. Sin embargo, cuando uno reproduce alguna de estas viejas y encantadoras películas desde la computadora de su casa, se advierte que el romanticismo y la intensidad propia de la mejor ficción comienzan a adueñarse del asunto más de lo que hubiéramos previsto.

buenos airesEn Romantic Argentina, un registro realizado en 16mm que no se circunscribe al país entero sino a la ciudad de Buenos Aires de los años treinta –la misma en la que Arlt vivió-, el locutor sintetiza brevemente el descubrimiento de nuestro país por parte de los colonizadores españoles para luego dar paso a una descripción idealizada y solemne de la elegante, sofisticada y pomposa vida en la capital de la “reina del Plata”. Vemos niños bañándose en las cristalinas aguas del Riachuelo, hombres que beben vasos de leche de vacas recién ordeñadas en la vía publica, un artista callejero llamado Benito que pinta a las palomas con los colores del arco iris para luego soltarlas en las plazas, músicos que cantan románticamente a bordo de embarcaciones que surcan las aguas del Tigre, aristocráticas jornadas de turf en el Jockey Club de Palermo y gente paseando con paraguas para protegerse del sol radiante; todo esto entre magníficos monumentos que autorizan al locutor a sentenciar que estamos en presencia de una ciudad maravillosa. No faltan las predecibles comparaciones con París, mientras se alterna el relato con una mirada al “interior del país”, consistente en alegres rondas de baile de gauchos y mujeres tomando mate. El mismo procedimiento es aplicado a las más variadas geografías, como por ejemplo en Magicians of India, un compendio de la India “exótica” de los años cincuenta, repleta de magos, fakires y encantadores de serpientes. Pero también hay otros registros con un tono más sombrío, casi cercano al de la denuncia en su énfasis en mostrar las precarias condiciones de trabajo de las clases sociales más bajas, como puede apreciarse en Ghosts of Empire, una oscura mirada hacia la ciudad de Pekín en tiempos posteriores a la China imperial. Resulta obvio aclarar que la mirada predominante en estas películas está en clara sintonía con la del imaginario estadounidense edificado por la ficción cinematográfica a lo largo de la primera mitad del siglo XX, algo que se evidencia con mucha facilidad en el film dedicado a la ciudad de La Habana de fines de los cincuenta, cuando solo faltaban meses para el arribo de la Revolución Cubana encabezada por Fidel Castro. Desde esta perspectiva, La Habana de los tiempos de la habanaBatista es una sucesión paradisíaca de playas y nightclubs, donde el retrato del frenético y festivo modo de vida de los cubanos se contrasta ligeramente y sin matices con el de la dura faena de los trabajadores de la caña de azúcar en el interior del país. Está claro que a los realizadores que decidieron “sacar sus cámaras al mundo” en aquellos tiempos no les interesaba en lo mas mínimo plasmar un clima de época convulsionado ni tampoco dar cuenta de posibles procesos de cambio, sino más bien encuadrar una serie de imágenes que contribuyeran a saciar el eterno deseo del viajero por ver cristalizadas en pantalla sus ideas sobre lo que el mundo podía ser en aquel entonces.

Mas allá de cualquier tendencia falsa o tergiversadora, Travel Film Archive es un fascinante templo de imágenes vintage que contribuye a ese hermoso sentimiento de desencanto propio del viajero, cuando, como le ocurrió a Roberto Arlt en Marruecos, se enfrenta en persona a aquella imagen que el cine y la fotografía se empeñaron en esculpir previamente en sus sueños e imaginación, para finalmente intercambiarla por la imperfecta, aunque no por eso menos intensa o romántica, materia propia de la mirada presente. Cualquier “desvirgado” que haya gozado de este privilegio sabe de lo que hablo.

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