Segundo cuento urbano

Aurora

Cristian Puiu, Rumanía, 2010

Por Déborah García Sánchez-Marín

Cartel de la película Aurora

El Instituto Cultural Rumano y la Filmoteca Española han organizado recientemente la “Segunda Muestra de Cine Rumano”, donde se han podido ver Aurora y otros títulos interesantes, como Morgen de Marian Crisan. No es casual el interés de las instituciones por mostrar un cine que lleva años ofreciendo títulos de gran calidad. Es incompresible, en un país tan grande como Rumanía, la existencia de una irrisoria cantidad de cines, y que la posibilidad de los cineastas por dar visibilidad a sus obras dependa, casi en exclusiva, del interés de los festivales de otros países.

Aurora es el nuevo largometraje del director de La muerte del señor Lazarescu (Moartea domnului Lazarescu, 2005). En aquella película la odisea del anciano, de hospital en hospital, se convierte en este nuevo film, en un deambular, en apariencia, sin destino o propósito fijo. Y digo en apariencia porque, después de ver la película varias veces, me inclino a pensar que los únicos que nos movemos en la incertidumbre somos los espectadores. Aurora es una película fiel al estilo que ha caracterizado a la nueva ola rumana: planos largos, casi ausencia de diálogos y mucho realismo y frialdad, heredados probablemente de su pasado soviético.

Fotograma de la película AuroraLa información que vamos teniendo del protagonista, interpretado por el propio director Cristian Puiu, es, de principio a fin, mínima. El espectador se mueve en un mar de desconcierto, asiste a lo que se desarrolla delante de la cámara, dejando espacio a Viorel, permitiéndole que vaya desvelando la historia poco a poco. Lo escaso que sabemos del protagonista no es de mucha ayuda: recientemente divorciado y padre de dos niñas, un hombre culto, lo percibimos por la manera en la que se expresa, por los libros que conserva en su casa y, también, por su música. Es autoritario y celoso de sus cosas.

Escena de la película AuroraLa primera parte de la película consiste en seguir las idas y venidas de Viorel por la ciudad, una Bucarest desoladora y oscura. Según avanza el film, ese hombre normal contemporáneo que presentaba Cristian Puiu, y que a todas luces parecía un cualquiera, empieza a convertirse en un ser inquietante. Mientras asistimos al desarrollo de la historia, esperamos algún gesto de cercanía, una mueca en su cara, un síntoma de su humanidad, pero nada de esto sucede. Esa humanidad, si existió, se perdió antes de que nosotros llegáramos. Seguimos los pasos de Viorel como seguimos los pasos del aburrido y gris Abel de Las horas del día (Jaime Rosales, 2003).

Imagen de la película rumana AuroraLa cámara es empleada con discreción. Lo único que vamos a conocer es lo que suceda delante del objetivo y desde la distancia, como si la cámara hubiera decidido mostrar el horror desde lejos, como sugiriendo que ni siquiera eso es lo importante. Como espectadores, sólo presenciamos el desenlace de la mutación, y es que lo más turbador, los motivos de esa transición, aquello que explicaría que mate a cuatro personas, puede ni existir. Los únicos primeros planos que existen son del rostro de Viorel. Un rostro que reclama su supremacía frente al acto, porque el rostro nos explica más que los hechos, porque el rostro da cuenta, en este caso, de la naturaleza oscura y sombría que es el alma del protagonista.

Aurora, de Cristian PuiuAurora es la segunda entrega, tras La muerte del señor Lazarescu, del proyecto cinematográfico “Seis historias de los suburbios de Bucarest”. En él, Cristian Puiu pretende retratar los barrios periféricos de la ciudad en la que nació. Una ciudad, Bucarest, que se desmoronó con la caída del comunismo y que ahora lucha por reengancharse a la Europa capitalista. Un proyecto que tiene como referencia o como homenaje, la serie de películas “Los seis cuentos morales” del director francés Eric Rohmer.

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