Cotidianías de lo excéntrico

El Havre

Le Havre. Aki Kaurismäki, Finlandia, Francia, Noruega, 2011

Por Javier Moral

Cartel de la película El HavreHay cineastas que parecen haber nacido con una capacidad especial para contar historias. Aunque, más correcto sería decir que lo especial es que fueron conscientes de esta capacidad a tiempo de no equivocarse de oficio. Creo en la vocación cinematográfica, pero entiendo que el caso de Aki Kaurismäki precisa hablar de savoir faire por el extra de voluntad que supone desplegar este don dentro una filmografía repleta de temas manidos y metrajes que apenas superan la hora de duración.

Y, antes que por la fastuosidad, se ha de tirar por la maña. Lo más obvio de El Havre es su pasmosa sencillez narrativa, un rasgo mediante el cual su director, históricamente, ha logrado sacar adelante propuestas de gran complejidad expresiva sin apenas diálogos. Y eso no le exime de ser rocambolesco cuando gusta. No estoy hablando de parquedad en palabras (El Havre no destaca dentro de la filmografía a la que pertenece por ser de las cintas más silenciosas), sino de la ternura que mece el relato, esa inapreciable cadencia, casi poética y horrorosamente tramposa que sin aspavientos encandila al público y hace disfrutable el ejercicio de su crítica.

Fotograma de la película El HavreNo obstante, Kaurismäki no nos tiene acostumbrados, por lo que concierne al periódico yugo de esos fríos y beligerantes contextos escandinavos, a tanta calidez. Es, por tanto, una sensación natural que procede de la sincera cercanía con la que se acoge al espectador en un núcleo cerrado, una verdadera comunidad donde cunde el altruismo. El Havre permite curiosear en las vidas de esos olvidados con los que el director siempre ha sabido o ha querido guardar las distancias.

Como era de esperar por la omnipresencia en su carrera, el finés no se hace rogar para hacer rodar cabezas, mas no presenta la habitual mordiente, ni el contexto se antoja tan cruel: el sentido común es la norma ulterior; cuando se transgrede, la hipocresía queda a un lado y el corazón pasa a dominar las relaciones. Este idealismo terminal sí responde a su firma, que suele encaminar a los personajes hacia esa luz al final del túnel. Aunque, nunca de un modo tan flagrante: cuando empieza a sugerirse una reorganización de roles que parte del estreno de paternidad por parte de un hombre viudo, la trama tira de la utopía hasta culminarla en la tosca metáfora de un almendro floreciente. Por supuesto, esta extravagante licencia exime a la película de cualquier tipo de moralina que pudiera achacársele.

Escena de Le HavreTambién están presentes esos rasgos imperecederos de una estilística que se despliega entre constantes movimientos de calderilla y cigarrillos encendidos, entre una música diegética que apuntala la acción (esta vez, con la simpática y demorada actuación de Little Bob) y un humor funesto y autoinfringido.  El verbo de Marcel y el cuerpo de Idrissa acaparan las riendas de este agridulce sarcasmo, terminando por confluir ambas vertientes en la figura del inspector Monet (posiblemente el personaje más carismático de la cinta), y que no solo sirven para complacer al patio de butacas, sino que funcionan como automatismo de soporte para la vida diaria. No es que Kaurismäki esté intentando normalizar su cine y hacerlo comercial -aunque bien pudiera interpretarse así. Más bien, se trata de una necesidad orgánica de ese humilde microcosmos de la Alta Normandía que vive aislado de la corrupción del hombre (como señala la atinada secuencia inicial).

Le Havre, de Aki KaurismakiDentro de este pintoresco ecosistema dominado por la presencia femenina, destaca, además de la curiosa intervención de Jean-Pierre Léaud como variable de intrusión, la enésima colaboración de Kati Outinen con el cineasta. Su personaje, Arletty, se percibe como una evolución natural de Iris, la desgraciada protagonista de La chica de la fábrica de cerillas (Tulitikkutehtaan tyttö, 1990) que, tras un pasado turbulento plagado de desengaños, ha acabado encontrando un hombre bueno. Sin embargo, la relación entre Marcel y su esposa es extraña y totalmente opuesta a la confianza que aquél comparte con el resto de mujeres del barrio. Sus carencias comunicativas quedan patentes en que cada uno guarda su secreto. La lección de cine de Kaurismäki enseña a destilar ese amor, a dibujar la pasión a través de los gestos, de los detalles. Pero, en su justa medida, no se debe confundir el mensaje: la película no es bella por el amor conyugal, sino por el amor al prójimo. La palmaria solidaridad entre los miembros de una misma clase social no es más que un camuflaje que porta El Havre para deleitar, al tiempo que instruye sobre las bases universales de la amistad entre los hombres. Así, constituye un inmejorable ejemplo de que, para cosechar emociones, no hace falta bucear muy profundo.

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