La humana tragicomedia

El Séptimo Sello

Det sjunde inseglet, Ingmar Bergman, Suecia, 1957

Por Enrique Posada

Cartel de la El Séptimo SelloPor fríos e incrédulos que seamos en cuanto a los aspectos espirituales y trascendentes de la existencia, siempre nos asaltan las inquietudes y las preguntas sobre la muerte. La muerte es uno de los arquetipos fundamentales, que subyace, dialoga, interroga, asusta, alecciona, espera pacientemente y, con entera seguridad, aparece. ¿Qué hay más allá de la muerte? Dante se atrevió a concebir y a describir una estructura completa de mundos infernales y celestiales, en los cuales los hombres representan una divina comedia, un más allá como el más acá, en el cual se cumplen con plenitud terrenal los sueños y los deseos o se castiga sin remedio ni excusas. En esa divina comedia, la muerte es el tránsito hacia experiencias terrenales exaltadas. En El séptimo sello, la muerte es la protagonista, pero como en el libro del Apocalipsis, del cual se ha tomado la idea, al “abrir el  séptimo sello, se hizo silencio en el cielo...”.

Fotograma de El Séptimo SelloUna serie de siete sellos se va desplegando en el Apocalipsis, representando escenas de sufrimiento, muerte, guerra, peste, hambre. Cuatro de ellos son anunciados por jinetes montados en corceles de cuatro colores: blanco, bermejo, amarillo y verde (pureza y victoria, desgracia y miseria, violencia, muerte). El quinto sello revela la existencia de legiones de muertos y el sexto, la ira divina. En el séptimo solo aparece el silencio. Es de anotar que para los judíos, el número siete denota la perfección. Quizás con ayuda del silencio se logra la perfección final, luego de tantos desastres y pestilencias. El Apocalipsis es un libro complejo, lleno de símbolos y de números, que quizás responde a las difíciles épocas que vivían los cristianos entre los años 60 y 100, abundantes en terremotos, erupciones volcánicas, hambrunas, guerras y persecusiones. En épocas como esa había lugar para la profecía y el simbolismo.

Ingmar Bergman plantea una compleja alegoría de símbolos y personajes en El séptimo sello, quizás respondiendo a la época en que se filmó, en la cual la humanidad estaba bajo la amenaza de destrucción nuclear, sin que al parecer se hubieran aprendido las lecciones de dos terribles guerras mundiales. Para ello, nos cuenta una historia basada en una obra teatral propia, desarrollada en la Suecia medieval, en época de las Cruzadas. Se trata de una de las mejores películas de este prestigioso director, considerada una obra maestra del cine mundial, que fue abundantemente premiada y aclamada.

Escena de El Séptimo SelloNarra la historia de un tal Antonius Block, caballero sueco que, junto a su escudero, regresa de una de las Cruzadas a su pueblo y lo encuentra bajo el azote de la peste y de la ignorancia. La Muerte aparece soberana, magníficamente representada, pero el caballero la reta a un juego de ajedrez, idea inspirada en un mural del pintor medieval Albertus Pictor. Las escenas de esta partida son memorables, serenas y transcendentes, como pocas otras en el cine. Nos hacen pensar sobre la vida como un juego contra la muerte, un juego que de todas formas vamos a perder, aunque depende de nuestra creatividad e inteligencia ganarle tiempo a la muerte, para agregar días a la vida, para encontrarle sentido y respuesta a tantas inquietudes no resueltas, como las de la guerra, el hambre, la enfermedad, la injusticia y la tontería.

Para aliviar las tensiones trascendentes, los seres humanos recurrimos a la risa y a la comedia, en una especie de partida paralela de ajedrez contra la muerte, que también nos aporta respuestas profundas, aunque puede que no las captemos. En el filme aparecen recurrentemente Jof y Mia, actores ambulantes que pacifican los rigores de los pueblos. Rigores que incluyen la quema de mujeres condenadas a la hoguera por brujería, violaciones de mujeres indefensas a manos de hombres hipócritas, flagelantes en procesión que se azotan para escapar de la peste, seres burlones que se ríen y se aprovechan de los débiles. Es poco lo que pueden lograr las actitudes caballerescas de Antonius para resolver todos estos males. La muerte, aparentemente, prevalece con su solemne danza, su guadaña y su reloj de arena.

El Séptimo Sello, de Ingmar BergmanA modo de tablero de ajedrez, la película combina los blancos y los negros en armonías altamente simbólicas de gran belleza. Se podría decir que el blanco y el negro son  esenciales. Aparecen en el paisaje, en los trajes de los personajes y singularmente en la Muerte misma, con su cara blanca y brillante, de texturas suaves, casi apacibles, en contraste con su traje y su capa, profundamente negros. La muerte juega con las fichas negras del ajedrez y la partida transcurre en una playa, con el mar oscuro y el cielo claro. Un caballo negro cruza la escena a lo lejos. La peste que azota a la población es la peste negra. Un resplandor claro, luminoso, muestra en el cielo la respuesta a palabras de esperanza de Mia, pero no sin que un ave negra vuele omnipresente. Se trata de blancos y negros que se alternan y los jugadores de la vida deben aceptar que cada jugada que se hace en el tablero da lugar a movimientos que transitan por la luz del blanco y por la oscuridad del negro.

Bergman utiliza a plenitud el paisaje, especialmente los cielos y el mar. Se dice que la escena final, en la cual la muerte se aleja danzante en una colina lejana, con los personajes que han muerto, fue filmada cuando el director se dio cuenta de los tonos misteriosos del cielo, a pesar de que ya se había terminado el día de filmación. Esa escena final es ciertamente una joya del cine. Las figuras, a lo lejos, en silueta; las palabras de Jof describiendo la danza, mientras suenan suavemente unos tambores, silva el viento, susurra el mar y cantan unas voces, solemnemente. Todo ello forma un conjunto inolvidable. Pero se trata de una visión, solo que Mia, la esposa de Jof, no la ve y tampoco perturba a su pequeño hijo. Ellos siguen en su carromato, y la humana tragicomedia de la vida continúa, de tal manera, que al final, la Muerte siempre pierde la partida. Por lo menos hasta ahora.

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