El juego de tu vida

La chispa de la vida

Álex de la Iglesia, España, 2011

Por Javier Moral

Cartel de la película La chispa de la vidaUna película más tarde, aún puedo seguir dando por buena mi opinión sobre el cine de Álex de la Iglesia que, creo, compartiré con más de uno: me gustan sus películas, pero ninguna termina por entusiasmarme. Hasta ahora, entiendo que el bilbaíno se lo ha pasado en grande (esas cosas se notan), atendiendo únicamente a la máxima de dirigir proyectos que él disfrutaría como espectador y que culminaron con Balada triste de trompeta (2010), la que ha sido catalogada como su obra más personal. En este sentido, se trata de uno de los mejores realizadores con los que contamos en España. Pero, con La chispa de la vida algo parece haber cambiado. Prefiero pensar que se trata de un capricho que no emergió directamente de sus entrañas, antes que creer en los primeros síntomas de su agotamiento. Porque sería una pena.

El más confuso de sus trabajos, hasta la fecha, no se empapa del habitual humor negro del director, sino del sórdido patetismo del "reír por no llorar". No en vano, es el segundo guión de su carrera en el que no participa, tras la fallida Perdita Durango (1997). No se trata de una idea revolucionaria ni tampoco se advierten oscilaciones atrevidas en la estilística del director (enésimo trabajo de Kiko de la Rica para su fotografía), salvo en el tono, dominado por la rigidez de una desconocida circunspección. Sus nociones del fenómeno del reality no asumen riesgo alguno, pues solo estamos ante la dilatación de uno de esos muy estudiados desenlaces santo de su devoción, copados por el habitual entramado de cuerpos de seguridad y ambulancias y su correspondiente cobertura mediática.

la chispa de la vida 1La chispa de la vida, en oposición manifiesta e intencionada al significado de su título, arrastra cada minuto por la pantalla con un esfuerzo titánico, obligando al espectador a hacer penitencia por haber elegido su película en una suerte de interacción negativa, de reproche al partícipe –por consumidor- del morbo mediático. Todos detectamos esa avidez enfermiza e innata al ser humano por las historias ajenas (el propio cine es una forma sutil de cotilleo), pero no nos gusta reconocerla. El mérito del cineasta es tan sencillo como haber sabido aceptar el valor de esta carroña como una imperiosa necesidad vital. Donde Santiago Segura interpreta el vicio humano en una clave de excesos y deformaciones, él solo ha de colocar un espejo. La exageración forma parte de la propia realidad. Y nos duele vernos reflejados.

Con todo, el visionado no es recomendable para los no conocedores de la carrera de De la Iglesia, puesto que pueden encontrarse con unos intolerables niveles de frivolidad que entenderán gratuita y sensacionalista. Razón no les faltará, puesto que advertirán cómo la cinta cae en ese putrefacto submundo del retorcimiento y la falta de escrúpulos –agravado por el socorrido componente de actualidad la chispa de la vida 2de la crisis, una vez más- que pretende criticar.  De hecho no cae, sino que se arroja, lo fagocita para disponerlo como escenario de su tragedia. Todo es parte de un triste juego, que se entrega sin vacilaciones a potenciar unas emociones muy conseguidas pero muy banales, que ven amplificado su efecto en la sala de proyección (de la misma manera que ocurría con el saturado efectismo visual de Balada triste de trompeta; la evolución del esperpento de De la Iglesia: de lo tangible a lo etéreo).  Nada es fruto de la casualidad en La chispa de la vida, un filme mediocre, diseñado para ser mediocre, para lucir una crueldad tan incuestionable como la de los peores instintos del hombre.

Detrás de la desagradable declaración de intenciones hay mucha más profundidad de lo que se cree. Mientras que la primera mitad del metraje parece una patochada, parodia de otra gran parodia, La cabina (Antonio Mercero, 1972), más adelante gana enteros en intensidad dramática e incluso en credibilidad, aunque nunca llegamos a autorizar el envite. Un ejemplo que ilustra esta desconfianza se encuentra en la heterogénea pareja protagonista, Mota-Hayek, que ya se podía intuir, no iba a pegar ni con cola. Pero, poco a poco comprendemos que es otro aparato de precisión: la concepción del matrimonio debía basarse en la ausencia total de química, pues brinda un antagonismo necesario en el relato, entendido como una creciente oposición –supuestamente razonada- a todo aquel circo mediático donde cada uno mira por salvar su propio culo.

la chispa de la vida 3Y eso que José Mota, gracias a ese perfil cómico que combina carcajadas y afección a partes iguales (por no hablar de un surrealismo costumbrista que, a buen seguro, tiene en De la Iglesia un ferviente seguidor), se me antoja como la elección ideal para el papel de pusilánime que no solo se resigna a los designios del destino y se ilusiona con remotas posibilidades, sino que se erige en estandarte de una crítica social directa. Siguiendo con la interpretación, dos breves apuntes que pueden entenderse como buenos o malos, según el ojo que mire. Carolina Bang confirma lo que muchos sospechábamos, solo puede hacerse notar por su físico, por lo que pierde todo su empuje al salir tapadita. Por lo que respecta a Nerea Camacho, tiene pinta de que logró entusiasmar en Camino al bilbaíno, que limita su intervención al llanto desconsolado.

Ya que la he mencionado, distingo algo más que una influencia involuntaria de la cinta de Javier Fesser en La chispa de la vida. Aunque los contextos diverjan en origen –el palmario fundamentalismo normativo del Opus Dei frente a la deshumanización fantástica, agresiva y desasosegante del imaginario del ex presidente de la Academia- la hostilidad que emanan ambas terminan por confluir en la idea de una canonización grotesca (patético el símil postizo de la crucifixión) en plena era multimedia.

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