Las paredes hablan

La cueva de los sueños olvidados

Cave of Forgotten Dreams. Werner Herzog, Francia, 2010

Por Liliana Sáez

Lo que estamos presenciando es el origen del alma humana moderna y el comienzo de la representación figurativa.
Werner Herzog

Cartel de la película La cueva de los sueños olvidados

No es ninguna novedad que a Werner Herzog le gustan los retos y los excesos. No hay mención al autor que no resalte las relaciones tormentosas que lo unían a Klaus Kinski quien lo seguía en las retorcidas situaciones en que ponía a sus personajes. Ni pasan inadvertidas las locaciones, que se vuelven protagónicas, donde ubica a sus seres abrumados –en Fitzcarraldo (1982) y en Aguirre, la ira de Dios (Aguirre der Zorn Gottes, 1972), los personajes se ven envueltos en una maraña selvática que es su perdición-, o en los documentales, donde le permite a la cámara recorrer los espacios, por ejemplo, alzándola en vuelo aterrador y, a la vez, deslumbrante, por sobre los pozos petroleros encendidos de Irak (en Lecciones en la oscuridad/Lektionen in Finsternis, 1992) o plantándola frente a la inmensidad de la montaña (en Grito de piedra/Schrei aus Stein, 1991)… El nuevo reto lo propone History Films y la invitación a filmar el interior de una caverna, cuyas superficies rocosas han sido concebidas como murales, para mostrarnos un magnífico bestiario prehistórico.

Herzog sobrevuela con su cámara, casi al ras de la tierra, las hileras de viñedos en una zona del sur de Francia, hasta llegar al río Ardéche, donde un arco de piedra natural le da el nombre a la región: Vallon Pont d’Arc. A pocos metros se encuentra la entrada a la Cueva de Chauvet, donde se hallan pinturas rupestres de hace más de 32.000 años. El ingreso es restringido, las emanaciones de la roca permiten la presencia humana escasas horas al día. La necesidad de protección del área obliga a utilizar una pasarela de escasos centímetros de ancho, que recorre la caverna en toda su longitud, pero que no admite desplazamientos de cámara ambiciosos ni iluminación cálida.

Estas limitaciones, más que trabas, le han significado al autor alemán un verdadero reto, que ha conseguido sortear con éxito, al aprovechar las bondades del 3D para integrar al espectador a la experiencia vivida por el pequeño equipo de filmación, tras franquear la puerta metálica que permite la entrada a una de las cuevas más antiguas que ha habitado el hombre.

Escena de La cueva de los sueños olvidadosEstructurado en cuatro secciones (introducción, dos partes y epílogo), este documental permite acercarnos a una de las experiencias más asombrosas conseguidas por un film, aunque quizá no lo notemos mientras lo visionamos o, incluso, inmediatamente al salir de la sala, sino, como pasa con las buenas películas, quedará un remanente que permanecerá en nuestro recuerdo durante los próximos días.

La introducción está dada por ese sobrevuelo de los viñedos hasta superar el río y llegar hasta el arco de piedra, para luego recorrer las escarpadas paredes exteriores de la caverna. Ese vuelo preludia una especie de iniciación, que se dará al internarnos en la oscuridad de la cueva.

La cueva de los sueños olvidados. fotogramaEl núcleo del relato está dividido en dos partes: la primera, típica del clásico documental, interroga a los científicos, nos arroja datos sobre la situación del equipo de filmación y realiza una pequeña historia del descubrimiento de la caverna. Entre los entrevistados hay especialistas de todo tipo, pero nos llama la atención la mujer que describe al personaje autor de la mayor parte de las pinturas rupestres, al cual imagina de 1.80 de altura, con un dedo meñique torcido en la mano derecha. Ella ha hecho el relevamiento de las pinturas y podría decir qué rastros son de los osos de las cavernas y cuáles trazos son anteriores en 10.000 años del resto. Vemos rasguños y podemos imaginar a los osos, cuyas osamentas descansan en el piso, ofreciendo una imagen casi fantástica, debido al baño de calcita que han ido recibiendo durante tantos siglos, que las hace aparecer brillantes, congeladas, casi intactas. También vemos huellas de un niño, olas de agua petrificadas o las pinturas más elementales, teñidas de pintura roja, aplicada con las manos. Líneas realizadas con carbón, cuyos rastros aún pueden verse en el suelo. Ha habido vida allí, y se siente.

La cueva de los sueños olvidados, críticaEn la segunda parte, Herzog deja hablar a la cámara. Allí comienza una experiencia sensorial que no olvidaremos. Se apagan los sonidos para escuchar el silencio, se incluye el latido de un corazón, ¿el nuestro?, ¿el del habitante de la caverna?... Nos quedamos pensando en ello hasta que la música de Ernst Reijseger invade el hueco en la roca, acompañando la experiencia casi mística de descubrir con nuestros propios ojos las historias que nos cuentan las paredes. Los claroscuros que ofrece la roca al ser iluminada por las linternas nos ofrecen un bestiario maravilloso que pareciera tener movimiento. Escenas de tigres persiguiendo jabalíes, jabalíes peleándose, leones observando el horizonte, un búho que parece mirarnos, caballos en tropel. Todo tiene vida, dado no sólo por la tridimensionalidad que los artistas han buscado en los volúmenes de la roca, sino también a través de la repetición de cuernos o patas que buscan la representación del movimiento, lo cual nos está hablando de un protocine, como menciona el director en algún momento.

La sensibilidad y el humor propios de Herzog están presentes también en este film: los que se acercan a estudiar los artefactos de los antiguos pobladores y, a pesar de su buena voluntad, no se muestran diestros en su uso; o el especialista en aromas, que pretende rescatar de la caverna el olor para hacer un perfume particular; o uno de los primeros entrevistados, un joven que ha sido saltimbanqui y hoy es un científico, que se ha sentido tocado por la experiencia de estar dentro de la cueva, lo cual le hace filosofar acerca de su vivencia…

Cave of forgotten dreamsLa impresión que nos queda es que la caverna está viva, encapsulada en un tiempo remoto, y que somos intrusos. Que desde las oscuridades hay ojos que nos vigilan, que los animales representados en sus paredes están en movimiento y que, a la vez, pertenecen a una especie de santuario. Las pinturas no son simples trazos primitivos. Están realizadas por artistas verdaderos, que han utilizado el carbón para difuminar y producir sombras, han animado los cuerpos de esos seres con la representación casi real de sus volúmenes y han trazado hasta su movimiento. La idea que permanece al dejar la sala no es la que ofrece el epílogo –donde el director echa mano de unos cocodrilos albinos genéticamente transformados por el agua que habitan, cercana a una planta nuclear, para conectar lo prehistórico a una evolución futura que ya ha comenzado-, sino esa sinfonía que Herzog construye con la música y la cámara para hacernos vivir justamente lo que él estaba experimentando al descubrir lo que escondía la caverna de Chauvet.

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