Del hierro a la madera

La dama de hierro

The Iron Lady. Phyllida Lloyd, Reino Unido 2011

Por Marcela Barbaro

Cartel de la película La dama de hierro

¿Qué habrá motivado a Phyllida Lloyd, directora de Mamma Mía! (2008)  a realizar un film sobre un personaje tan polémico como Margaret Thatcher? Un film al que hoy, menos que nunca, podemos dejar de descontextualizar; más cuando se produce en medio de una  crisis económica que atraviesa gran parte del mundo como consecuencia (entre otros factores) de la aplicación de políticas neoliberales. Más, cuando el conflicto entre Gran Bretaña y la Argentina, por la territorialidad de las Islas Malvinas, vuelve a la mesa de discusión tras años del enfrentamiento bélico entre ambos países, durante 1982, cuando Margareth Thatcher declaró la guerra. Y más, cuando el actual Primer Ministro trata a la Argentina, en virtud de conflicto, de “colonialista” (¿?). Entonces, mostrar a quien del neoliberalismo hizo su bastión de gobierno, sumado al baile junto a Ronald Reagan, festejando, ambos, la victoria sobre los argentinos, me da que pensar…

La dama de hierro no es un film biográfico ni, tampoco, un documental. No responde a las demandas del género. Su construcción ficcional le permite transitar distintos espacios y tiempos diversos, oscilando entre el pasado y el presente. Asimismo, el relato se construye  desde un punto de vista subjetivo; quien nos cuenta la historia es la  mismísima Margaret. La directora inglesa, junto  al guión de la dramaturga Abi Morgan, nos acercan a ese otro lado desconocido de quien fuera la líder del partido conservador británico. Una mujer que, desde la infancia, logró sortear dificultades, enfrentando una lucha de género y discriminación cuando la política era asunto y competencia de los hombres. Una mujer de fuertes convicciones, a la que nada le impidió llegar a ser la Primera Ministra que dirigió el Reino Unido, desde 1979 a 1990. Once años en el poder  durante la grave crisis que atravesó su país (huelgas, desempleos, pobreza, etcétera). 

Para el papel de Thatcher eligieron, nada más y nada menos que a la  brillante y versátil Meryl Streep, con quien la directora trabajó en Mamma Mía!; un nuevo rol por el que está nominada –por  tercera vez- al Oscar. Tras un arduo trabajo de composición, Streep da forma al personaje, de afuera hacia adentro. Puntillosa y detallista, va transformándose a través del maquillaje y del vestuario, de la impostación de la voz, acartonando su porte, hasta modificar el caminar que se vuelve lento y pasivo en la vejez. El personaje fue adoptando todos sus modismos, sus gestos e incorporó el acento british para completarlo con gran eficacia.

Fotograma de La dama de hierroJunto a Maryl Streep, el actor Jim Broadbent logra una muy buena interpretación como Denis, el hoy difunto esposo de la dama. Un personaje muy presente en todo el film, que logra el contrapeso, al ser más simpático que la figura de ella, cuando no funciona de su superyó. A través de él, conoceremos la intimidad de un matrimonio que compartió su vida con la política. Ambos, en el hogar que formaron, de forma imaginaria y recurrente, logran escenas pinceladas de romanticismo y calidez. La figura de su hija (Olivia Colman), también presente, le devuelve  una imagen materna  raramente imaginada. Ella fue más política que esposa y madre” –esto lo dice, más o menos así, el personaje de Denis-, un hombre que, al igual que sus dos hijos, se sintieron olvidados y desplazados por el poder.     

También está muy bien elegida la actriz Alexandra Roach para representar a la joven y entusiasta  Margaret Thatcher durante su años de juventud y ascenso político. 

En el comienzo del film, vemos a una delicada anciana inglesa, encerrada todo el día en su casa de Londres, tomando té, salvo por una salida (sin permiso)  a un almacén a comprar leche. Allí, es desconocida por los clientes, que ni siquiera le respetan el lugar. ¿Margaret Thatcher comprando leche? Si, es verdad. Porque ya no es aquella mujer poderosa que envió a hundir el buque Belgrano con 320 soldados argentinos (un trago más que amargo al revivirlo). Ahora ronda los ochenta, ya no ejerce el poder y sufre de un tipo de demencia que no le permite salir sola. Mientras tanto, la cámara se instala dentro de su elegante y silencioso hogar, se encierra en su dormitorio y desde allí, como un diario íntimo nunca antes escrito, relata, a través de recuerdos y alucinaciones, los episodios más importantes de su vida. Durante esos pasajes, fruto de su enfermedad y soledad, ella narra su infancia, la influencia de su padre, la educación, la competitividad con los hombres, la política como ideal de vida, su carrera, el amor, los hijos, el poder y las pérdidas. 

The iron LadyDecidir desde dónde contar una historia no es una decisión arbitraria. Phyllida Lloyd elige ubicarse y comenzar desde la vejez de Thatcher. Una opción que le imprime al personaje una mirada benevolente, ciertamente compasiva sobre su figura, como si quisiera endulzarla, pasar del hierro a la madera. Parecería, y suena feo decirlo, que la enfermedad le otorgase una cuota de impunidad a tantos errores. La puesta en escena, donde priman los primeros planos, crea un clima intimista y de cercanía. El rostro de Margaret parece abarcarlo todo, desde este nuevo estado de vulnerabilidad y soledad, desconocido para ella misma, hasta cuando la vemos más joven y en pleno apogeo de su carrera, imponiendo  su figura y su voz de mando. Sobre este punto, de tomar al personaje desde la ancianidad, la directora responde en una entrevista que fue una forma de permitirnos verla como persona. Entonces, antes, ¿cómo se la veía? ¿Era necesario cambiar la imagen que se tenía de ella?

Sin embargo, el estreno del film en Gran Bretaña no causó las repercusiones positivas entre los sectores conservadores, basta con citar al antes mencionado primer ministro inglés, David Cameron, diciendo: “La verdad, es una película que habla más sobre el envejecimiento y los elementos de demencia de una mujer, que sobre una Primera Ministra estupenda”.  Y cierta razón tiene. El film dedica mayor tiempo a la descripción de sus conflictos internos, a su ambivalencia, al peso de enfrentar los recuerdos, la dificultad de distinguir lo verdadero de lo imaginario, la soledad como consecuencia de su carácter y dedicación a la política, y a una lucha, que sabe terminada,  frente a un mundo que ha cambiado en relación a sus paradigmas. Hay una escena que lo ejemplifica: Margaret  va al control médico, y el doctor  le pregunta: “¿Cómo se siente?”. Ante lo cual, y rescatando a la dama de hierro que lleva adentro, le responde de forma tajante: “¿Está de moda el sentir en estos tiempos? Todos hacen la misma pregunta o dicen cómo se sienten. Lo importante es el hacer, las ideas, el pensamiento, no lo que siento. ¿Por qué no me pregunta qué pienso?”

Escena de la película La dama de hierroEl conflicto de género también está presente como un subtema. Desde aquella primera imagen en el almacén, donde con sutileza se ve a los hombres no respetarla. A lo largo de la película, muchos de los planos resaltan imágenes de gran oposición y enfrentamiento desigual, donde, por ejemplo hay un solo par de zapatos femeninos en medio de un montón de calzados masculinos. Lo mismo sucede con la imagen de un sombrero de mujer rodeado de hombres. Los pasos de ella, y el sonido de sus tacos, entre los pasos de aquellos competidores, mostrándose burlones y altaneros, al menospreciar su capacidad; se burlaban de sus orígenes y desestimaban, claramente, el alcance que tendría su tenacidad, su obstinación y esa lucha inclaudicable por los valores que creía adecuados para la sociedad por la que vivía.

Entre los recursos que se utilizan, se intercalan imágenes de archivo que sirven para contextualizar históricamente ciertos acontecimientos desafortunados durante su mandato, como las grandes huelgas y las imágenes de la guerra de Malvinas. Si bien, también se muestran sus reacciones deshumanizadas, duras e intransigentes al respecto, hasta con sus mismos colaboradores, lo cual le daría cierto tono crítico a su figura, no llega a contrarrestar  el perfil de intimidad y acercamiento que Phyllida Lloyd logra reflejar, casi como un balance, durante la última etapa de vida.

“No nos sumamos al debate de si Thatcher fue una santa, un ícono o un monstruo. Es un debate atrofiado”, indicó la directora en un reportaje. Ahora, la pregunta para hacerle, sería ¿qué es lo que se atrofia? Aquello que no se usa, sobre lo cual no se trabaja, lo que es mejor o conveniente olvidar, lo no desarrollado, lo que se abandona a su suerte. La dama de hierro, que ya a esta altura luce de madera, no responde a ningún tipo de atrofia, por el contrario, el cine le ha dado un lugar  en su memoria.  

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