Quemando la piel del capitalismo

Millenium: Los hombres que no amaban a las mujeres

The Girl with the Dragon Tattoo. David Fincher, EUA 2011

Por Pablo Castriota

Cartel de la película Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres

La chica del dragón tatuado es tres cosas al mismo tiempo: la adaptación cinematográfica de un best-seller literario internacional, la remake de un film de origen sueco basado en el mismo material de fuente y una película del director David Fincher. Como desconozco los dos primeros referentes, tendré que orientar la atención de lleno en el tercero de ellos, evitando de paso las molestas y frecuentes comparaciones con el material de base que parecieran ser necesarias para tantos espectadores a la hora de juzgar los valores de un film ("está buena, pero no es mejor que el libro" me sigue pareciendo una declaración incomprensible e injusta para con cualquier película, semejante en su inutilidad a una eventual comparación entre un cuarto de kilo de frutillas y una porción de fugazzeta). 

Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres, críticaLa película muestra la excéntrica sociedad creativo-justiciera conformada entre Lisbeth Salander, una joven hacker antisocial llena de piercings y tatuajes (interpretada con mucha convicción por la ahora muy popular Rooney Mara, la chica a la que según La Red Social (The Social Network, 2010) deberíamos agradecer la existencia de Facebook por haber abandonado al nerd arrogante de Mark Zuckerberg al comienzo de aquella película) y Mikael Blomkvist, un periodista progre que viene de sufrir un fuerte revés judicial y económico a causa de una investigación personal sobre las actividades ilícitas de un millonario industrial que lo llevó a la Corte. El periodista (interpretado feliz y eficazmente por Daniel Craig con esa calidez ambigua que transmite su rostro pétreo y poceado), es contratado por Henrik Vanger, un veterano industrial sueco que vive en el extremo más frío del país (Christopher Plummer, el anciano de secretos oscuros de rigor en cualquier película de suspenso actual y que no es Max Von Sydow), con la idea de que lo ayude a redactar sus memorias y, principalmente, a esclarecer las circunstancias de un misterioso crimen familiar cometido hace cuatro décadas atrás y al que el anciano dedicó infructuosamente toda su vida en el intento por hallar al culpable, que se encuentra probablemente entre sus propios parientes. Decidido a dejar atrás el nocivo efecto de expansión mediática de su reciente fracaso profesional y recibiendo la firme promesa del veterano industrial de ayudarlo a destruir al corrupto millonario que lo derrotara en la Corte pocos días atrás, el periodista se traslada a una pequeña cabaña para dar comienzo a su tarea, la cual involucrará todos aquellos aspectos íntimos y reveladores propios de cualquier investigación a los que Fincher siempre fue tan afecto a desglosar con su cámara. Tratándose de una familia de la alta burguesía sueca, no tardaran en asomar vínculos con el nazismo, oscuras intrigas familiares, patologías criminales, referencias bíblicas y demás delicias escandinavas que las ficciones suecas se han empeñado en destacar llamativamente, borrando para siempre al país nórdico de nuestra lista de futuros destinos turísticos, sin importar su elevado estándar de vida o que uno pueda cruzar por sus frías avenidas con la total seguridad de no ser atropellado por sus perversos habitantes. Es curioso que la película haya optado por conservar el mismo lugar de procedencia de los hechos del relato original sin trasladarlos a tierras americanas, en uno de esos extraños casos de hibridación y homogeneidad espacial que solo podemos permitirle al cine, que nos acostumbró a aceptar sin chistidos a lo largo de sus poco más de cien años de vida que antiguas civilizaciones, emperadores romanos y Jesucristos poseyeran las mismas cualidades antropológicas o las propiedades del habla de un occidental anglosajón del siglo XX.

Fotograma de Los hombres que no amaban a las mujeresA la par de esta primera línea argumental tenemos el desarrollo del derrotero vengativo de Lisbeth Salander, la cual alterna sus brillantes trabajos de espionaje empresarial valiéndose de sofisticados dispositivos tecnológicos con su poco sociable vida, mientras recibe asistencia del Estado y sufre todo tipo de abusos sexuales por parte de su tutor, en un par de escenas que le valieron a la película la obtención, en Argentina, de una restrictiva calificación de prohibida para menores de 18 (algo muy exagerado, en mi opinión) y donde Fincher logra desplegar un morbo escénico bastante moderado, al menos en comparación a la puesta en escena pretérita vista en el tratamiento de las víctimas del John Doe de Pecados Capitales (Seven, 1995), donde aquellas secuencias se encontraban plagadas de detalles exquisitos de composición de cuadro que opacaban la brutalidad de los crímenes y permitían que uno pudiera elogiar al director por su estilización formal a la hora de mostrar cadáveres y brutalidades humanas. Estas escenas, en un acto de honestidad cinematográfica inesperado en Fincher, son mostradas de un modo pudorosamente repulsivo, lo que contribuye a la idea de creer que el director se ha despojado casi por completo de su frívolo y glamoroso afán estilizador de la putrefacción física por el que se caracterizó años atrás.

Luego de esta dinámica y saludable hora inicial, los destinos de ambos protagonistas se entrecruzan para que Lisbeth pueda adherir a la causa de Mikael y de ese modo desentrañar las intrigas familiares de los Vanger, a la par de propinarle un justo cachetazo a los abusos del capitalismo en una cruzada progresista que, según las referencias, se hacen presentes en toda la redituable saga de Millennium escrita por el desaparecido Stieg Larsson, algo que no tardaremos en descubrir en las inminentes entregas posteriores que Hollywood nos ofrecerá en los próximos años y que nos harán mucho más fáciles las cosas a quienes no sintamos el más mínimo interés en adquirir el best seller en las librerías.

Vale decir que para tratarse de una película de más de dos horas y media de duración, La chica del dragón tatuado posee un ritmo interno ágil que atenúa bastante cualquier tedio posible, exhibiendo de paso la que quizás sea una de las cualidades incuestionables de su realizador: la del ritmo integrado de modo orgánico a la acción, dotando de una velocidad transparente a los férreos guiones que le sirven de base, tal como ocurría en La Red Social, su anterior película, donde todo fluía a la velocidad del tipeo del teclado de Zuckerberg, Sin embargo, y mas allá de la solvencia general del elenco o el interés que pueda despertar su intriga central, la frialdad que transmite la película en varios de sus tramos, lo enrevesado de su argumento y su resolución algo facilista y previsible (factor este último que atribuyo a un tremendo error de casting para la elección del rol del villano), seguida de un prolongado acto final que hace sentir que la película puede extenderse en duración hasta límites inimaginables, no consiguen dejar un saldo tan favorable en nuestro paladar ni tampoco redondear la sensación de estar frente a una gran película, sin despertar siquiera el deseo de volver a enfrentarse a ella hasta no haber pasado un tiempo muy prolongado.   

Escena de Millennium IUna de las críticas negativas que se le ha realizado a la película gira en torno a su supuesta falta de personalidad, o a los alarmantes parecidos con la versión original sueca. Tengo que admitir que este énfasis puesto entre las similitudes de originales y adaptaciones nunca me ha atraído en demasía. Personalmente no me interesa saber cuan parecida es esta película a una versión anterior o al libro que le diera origen, y de hecho cualquiera que haya visto algo de David Fincher detectará casi inmediatamente –para bien o para mal- el estilo característico del director y el de sus habituales colaboradores en varios detalles que acompañan la realización (particularmente en la fotografía de Jeff Cronenweth y en la musicalización de Trent Reznor y Atticus Ross, otro de los highlights de La Red Social).

Muchos emprendimientos de adaptación cinematográfica de nuestro tiempo –especialmente los que provienen de Hollywood- no suelen partir de la motivación individual de un realizador por un material por el que se sintió interpelado, sino por iniciativas de productores que ven en las millonarias ventas de estos libros una posibilidad de replicar sus réditos y dar comienzo a una franquicia tanto o más exitosa que las fuentes que le sirvieron de “inspiración”. En este contexto bastante gélido y desapasionado sigue habiendo posibilidades de que algunos de los directores más interesantes de la industria desplieguen ciertos atributos que los definen como realizadores, aunque sobre Fincher y su muy discutible filmografía previa prometo extenderme en otra oportunidad.

Trailer:

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