Rescate de un espíritu

The Artist

Michel Hazanavicious, Francia, 2011

Por Javier Moral

Cartel de la película The Artist Propuesta de ejercicio. Objetivo: elaborar una crítica de la película The Artist sin mencionar la palabra Hollywood. Nivel: muy difícil. Este enunciado tontorrón podría servir de escueta definición del oportunismo (llámese también marketing) de la cinta de Hazanavicius. Y es que el riesgo que supone filmar una cinta muda, no ya en la modernidad, sino en los tiempos que corren, otorga la categoría de valor añadido a un conveniente tratamiento "comercial" del producto. Sin embargo, una cosa ha de quedar clara; en la película que nos ocupa, la consecución del éxito no resta ningún mérito al exquisito saber hacer de su artífice.

El cineasta francés ha considerado la rentabilidad de prescindir del sello de autor (su trabajo inmediatamente anterior formaba parte de una saga) en pos de un resultado eficaz. The Artist, lejos de abrir una brecha generacional con el espectador medio de hoy, cae simpática. La fórmula de la empatía hace reaccionar, con intención comparativa, los contextos en los que se hayan sumido tanto los personajes (el crack de la bolsa del 29) como el espectador (la crisis mundial más grande desde el crack). Tras eliminar la sólida barrera común de aversión a la ausencia de sonido en una era entregada a los FX, Hazanavicius continúa por la fértil senda de los símiles: el cambio fundamental que supuso para el primer cine la aparición del sonoro, desde un punto de vista simplista y descaradamente maniqueo, vs. el actual desarrollo de las 3D, todavía en pañales. Fotograma de The ArtistAdemás, el director conserva una socorrida bala en la recámara: sus diez nominaciones a los Oscar depara, a buen seguro (ya lo han hecho los Globos de Oro), un relanzamiento del título para el público distraído (lamentablemente, el estreno ha brillado por su ausencia en los cines más comerciales) y para aquel consumidor exclusivo de efectismos visuales.

Pero, el colmo es que el francés también haya sabido tocar la fibra de la crítica (aunque, aquí ya no me atrevo a hablar de certezas). Y me gustaría confiar en que las alabanzas a la película no proceden, en su mayor parte, de la nostalgia de una receta perdida en el tiempo. Pues, es una obviedad pero hay que decirla: tanto croquis como contenido en The Artist apelan a una inocente pero descarada retroalimentación del modelo clásico de Hollywood (¡uyyy, casi lo consigo!). Lo cierto es que no se equivocan las notas que hablan de un divertimento en mayúsculas que aúna humor, romance, drama y que, en definitiva, lleva implícita aquella magia "marca de la casa" -si tenemos en cuenta que es francesa y que el año pasado la triunfadora en los Oscar fue una cinta inglesa, yo que los americanos me lo haría mirar.

Escena de The ArtistLa caída en desgracia de una estrella cuya redención pasa por un proceso autodestructivo y la pertenencia al pomposo subgénero conocido como "cine dentro del cine" –otra de sus más eficaces armas-, más que como fuentes inagotables de material referencial para la crítica, componen un contenedor "cinéfago" de capacidad y valor incalculables. La digestión más pesada, por supuesto, es la que apunta directamente hacia El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, Billy Wilder, 1950), transfiriendo aquella locura egocéntrica de Norma Desmond a la cinéfila admiración a terceros por un mito caduco.

The artist, de Miochel HazanaviciousQue no parezca que trato de interferir mediante vagos reproches el inapelable espectáculo –que no discurso- que ofrece una cinta casi redonda, donde cumplen con su estricto cometido desde el tremendamente expresivo casting, pasando por la forzosa sutilidad en el uso del slapstick hasta la seductora plasticidad de las texturas. No todo en The Artist pretende apelar a la pesimista sentencia de que cualquier tiempo pasado fue mejor (la teoría económica lo confirma). Las cada vez más numerosas posibilidades técnicas y narrativas que la tecnología brinda al cine son la prueba de que el progreso no solo se traduce en una cuota productiva, sino que también colabora en un muy necesario refresco. Desde la distancia que ofrece el tiempo, resulta impagable esa pesadilla en la que George Valentin se halla atrapado en una película/vida en la que los efectos sonoros le torturan.

Imagen de The ArtistAsimismo, cabe resaltar otro par de secuencias de las que puede vanagloriarse una cinta que observa la historia del cine desde la cómoda posición de la mirada digital: la apertura de la película con el múltiple encuadre de la sala donde se proyecta un filme mudo con orquesta en directo (cuyo propósito trata de emular la impecable música a cargo de Ludovic Bource) y la divertida repetición de tomas de un rodaje como fortuito desencadenante de un intercambio de fortunas. Así son, la vida y el cine. En el próximo encuentro habrán cambiado las tornas; y es que, entre el fracaso y el éxito tan solo hay unos pocos escalones.

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