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Elefantes y palomas

Por Liliana Sáez

Cartel de Elephant

En 1988, Alan Clarke terminaba su última película para la BBC, producida por Danny Boyle y filmada en Irlanda del Norte. Una seguidilla de asesinatos, sin conexión aparente entre sí, filmados en largos planos secuencia, recorriendo junto al asesino (en muy pocas ocasiones al lado de la víctima) interminables pasillos o campos desérticos. Un film sin mujeres, que nos muestra que la violencia convive con nosotros y que no somos capaces de verla. De eso habla ese cortometraje de casi media hora, con esas veinte escenas de un promedio de dos minutos cada una, con el nombre de Elephant. Elefantes son esos problemas gigantescos que alojamos en nuestras casas y que, a pesar de su tamaño, no somos capaces de ver.

Quince años más tarde, Gus Van Sant emprende su propio Elephant (2003) para narrar una historia real: la muerte de varios estudiantes y profesores en la matanza de Columbine, llevada a cabo por dos alumnos en un instituto secundario estadounidense; hecho que sacudió a la prensa y que fue motivo de otro film destacado, el documental Bowling for Columbine (2002), de Michael Moore.

Gus Van Sant nos propone un tercer discurso sobre este tema, que en lo formal se apega al plano secuencia y al steadicam de Clarke y en lo ideológico se aleja de la lapidaria denuncia de Moore. El Instituto del Elephant de Van Sant se nos hace familiar debido a los repetidos e insistentes recorridos por sus pasillos e instalaciones. Lo caminaremos junto a distintos personajes, muchos de ellos apenas esbozados, convirtiendo al espectador en un ser con una mirada poliédrica, capaz de observar distintas parcelas de la realidad para componer un universo laberíntico, donde todos (o casi todos) están condenados.

Los personajes de Elephant son inasibles, adolescentes, casi niños y con una identidad apenas delineada. Quizá podríamos identificar a John, el joven con el que se inicia el film y que parece tener una vida fuera del Instituto; a Eric y Alex, los chicos que preparan la matanza. Ellos y los demás pueden definirse, más que por sus nombres, por sus acciones: el chico que está preocupado por su padre alcohólico, los que se entretienen con los videojuegos, las amigas bulímicas, la bibliotecaria segregada, etcétera.

ElephantUna vez más, Gus Van Sant nos sumerge en historias de adolescentes, esa etapa de la vida donde se puede cambiar el rumbo del mundo (o, al menos, eso se cree), porque todavía la sociedad no ha encorsetado al ser humano. Una historia magníficamente narrada en lo formal, con esos seguimientos a los personajes a través del espacio limitado del Instituto, inspirado visiblemente en el film de Clarke, donde, por ejemplo, uno de los chicos deja de jugar fútbol para llevarnos a recorrer todo el campo, los pasillos, las terrazas y los salones del Instituto hasta que se encuentra con su novia, pero previamente, al pasar frente a tres amigas, la acción se ralentiza para expresar, quizá, la atracción que genera en ellas o, quizá, lo importante que se siente él frente a la admiración de las chicas. O el plano que comienza fijo frente a Eric tocando en el piano "Para Elisa", para girar en torno a la habitación donde desde la ventana vemos asomar a Alex que llega, mientras la cámara va registrando los rincones del cuarto típicamente adolescente, en el que podemos observar una mochila con estampado militar o el cubrecama con un dibujo que sospechamos, en el desorden (y debajo del cuerpo de Alex, que se ha recostado en la cama), es la pata de un elefante. El film está lleno de referencias que no se detectan con un solo visionado.

Gus Van Sant no pretende realizar una película de denuncia, sólo nos muestra una sociedad vacía, donde los valores han perdido su sustancia. Una sociedad individualista, en la que no hay espacio para la discusión y, mucho menos, para la reflexión. Una sociedad en la que la muerte es una especie de diversión.

ElephantLos jóvenes que realizarán la masacre pasan sus horas de ocio manipulando sus joysticks frente al monitor, en juegos de francotiradores. Aunque no haya en el film de Van Sant un discurso condenatorio, en los planos que le dedica a los futuros asesinos, se intuye cierto llamado de atención. Los chicos juegan por horas frente al ordenador, la madre (en un plano donde su rostro es expresamente mutilado) se va al trabajo y deja a los chicos en casa, en manos de su juego preferido. Allí les llegarán las armas por correo. Y desde esta escena a la final, donde se llevará a cabo la masacre, sólo hay unas líneas de diálogo que descolocan al espectador, cuando uno al otro se desean diversión antes de matar y morir.

Es decir, estos chicos no saben distinguir entre un videojuego y la vida real. Las distintas "vidas" que les otorga el juego no les permite ver que en la realidad no hay tal oportunidad. Si algún mensaje moral o ideológico hay en el film, creo que se halla en esta reflexión. No en la violencia como necesidad de cambio de estructuras sociales anquilosadas, no la violencia como venganza, no la violencia como locura... sino la violencia como extensión de la virtualidad en la realidad; como la certeza de que la vida no vale nada y que hay conciencia de que se está vivo cuando se muere.

ElephantLa educación transmite valores, pero éstos están vaciados de contenidos, lo cual sume al individuo en el escepticismo más crudo. Ya no sirven aquellas frases como: "Soy lo que hago" o "Pienso, luego existo"... ahora es: "Si muero, es que he vivido". Y esto, llevado al individualismo más extremo, en un vano espíritu de destrucción, en el que existe "lo que permito que exista", nos habla de una cultura de la muerte, en la que las víctimas son despersonalizadas, los victimarios son simples chicos que no logran discernir entre virtualidad y realidad, y el único que se salva, en ese laberinto que es el Instituto, es quien logra asir la punta del hilo de Ariadna: la preocupación por el otro (la necesidad de velar como hijo por un padre alcohólico que no es responsable de sus actos).

Ficha técnica:

Elephant 
EUA, 2003

Dirección y guión: Gus Van Sant
Producción: Dany Wolf
Fotografía: Harris Savides
Montaje: Gus Van Sant
Interpretación: Alex Frost, Eric Duelen, John Robinson, Elias McConnell, Jordan Taylor, Carrie Finkea, Nicole George, Brittany Mountain, Alicia Miles, Kristen Hicks, Jason Seitz


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