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Tres días para conocer a una familia

Tres días con la familia (Tres dies amb la familía). Mar Coll, España, 2009
Por Paula Segovia

Tres días es la temporada que vive la joven Léa (Nausicaa Bonnín) junto a su familia que han sido convocados a una calurosa Girona Tres días con la familiapor la muerte del patriarca de la familia: Joseph Maria Vich i Carbó. En este corto periodo de tiempo, que va desde su llegada al velatorio hasta el entierro de su abuelo, Léa se convierte en nuestro Lazarillo que nos guía dentro de la intimidad de una familia catalana forzada a convivir por el duelo después de años de incomunicación y desafecto.

Tres días con la familia (2009) se vale de cuidados encuadres para narra un relato lineal, casi episódico, marcado por el ritual cotidiano de las comidas y el inalterable ritual funerario como engranajes perfectos ,que ponen en marcha el reloj vital de una disgregada familia. Magistralmente, su directora, Mar Coll, confecciona unos personajes cuyas señas de identidad son sus limitaciones emocionales y su impostura burguesa, como una herencia que se repite de generación en generación. Seres que parecen salidos de una novela de Nabokov, al deslizarse sin problemas en el multilingüismo de sus diálogos, pero que a pesar de poseer la riqueza del catalán, el castellano y el francés, se comprenden y se distancian a la vez en sus respectivas lenguas. Ellos nunca nos dan toda la información verbal, y a ratos se despuntan por los susurros y los inconfesables secretos de familia. Aunque sus miradas y gestos los delaten en más de mil palabras. En esta atmósfera de frialdad emocional, su directora apuesta por un espectador atento que componga este rompecabezas apelando a sus propias vivencias familiares.

Tres días con la familiaSu protagonista, a pesar de su juventud, es arisca y poco expresiva, como todos los componentes de su familia sanguínea paterna. El rostro de Léa, en sus cuidados primeros planos, y a pesar de sus ojos claros y de su hermosura, destila antipatía y amargura. Ella, alejada emocionalmente del duelo familiar, padece su propio duelo interno, que es la pérdida paulatina de su ser amado. Un joven sin rostro, del que sólo conocemos su voz telefónica, pero que la ha llevado a dejar su carrera de ingeniería por embarcarse junto a él en el proyecto de un bar en Toulouse. Su llanto final, la única emoción intensa y auténtica que es capaz de expresar un miembro de esta encorsetada familia, es la culminación de su duelo particular: la trasformación de la rabia y el dolor  en aceptación. Su padre (Eduard Fernández) es el único que logra finalmente romper las barreras que los distancian y logra acompañarla en su pesar. La vuelta a Cataluña de Léa es inminente, una reconciliación familiar, a  pesar de todas las taras emocionales que padecen sus miembros. Su sentir es el reflejo de un duelo familiar que no es tal, ningún miembro de la familia llora al difunto: un ser que por lo visto no supo dar afecto, por tanto su descendencia no heredó tal cualidad. Cada uno llora silenciosamente sus propios pesares, sus frustraciones y sus amarguras. Y cómo contrapunto a estos personajes endogámicos está la madre de Léa, Jöelle (Philippine Leroy-Beaulieu), una mujer que desafía toda la corrección burguesa y emocional, por tanto siempre ha sido juzgada y censurada por su familia política, por su esposo, por su hija. Ella es la francesa, la extranjera, la extraña.

Merecidamente, Mar Coll con su primer largometraje, ha sido galardonada este año en el Festival de Málaga de cine español como la mejor directora, y sus actores Nusicaa Bonnín y Eduard Fernández como mejor actriz y mejor actor, respectivamente.  Ellos construyen un retrato frío y austero, pero auténtico y sincero de la institución familiar. 


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