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El cielo no puede esperar

Up. Pete Docter y Bob Peterson, EUA, 2009
Por Javier Moral

UpWALL-E puso el listón de la animación informatizada muy alto el año pasado, pero eso no ha impedido que PIXAR sea capaz de volver a conseguir una película diferente y espectacular. Esta autosuperación anual de la filial de Disney vuelve a dejar en desventaja a Dreamworks, que no gana la particular batalla de la animación desde que estrenara la saga de Shrek.

Habiendo dejado ya un buen sabor de boca en el pasado Festival de Cannes, Up arrasa hoy en taquilla y todo el mundo habla de ella. Aunque, a diferencia de lo que suele ocurrir en casos similares, los elogios recibidos no responden a la influencia de un producto cuya promoción ha contribuido a crear una moda o tendencia a seguir por las masas. La película que, eso sí, está siendo publicitada con una técnica bombardera, apela únicamente a su originalidad y a su calidad para convencer al respetable. De esta manera la prensa especializada y sus buenas críticas se han convertido, sin esperarlo -pero, seguramente habiéndolo intuido sus creadores- en su mejor arma promocional.

El planteamiento básico de PIXAR para sus últimos trabajos consiste en la huída del cine de animación común. Es de agradecer que los mejores estudios del género hayan dosificado con sensatez el protagonismo de los cargantes animales y bichitos parlantes de turno, para terminar clasificándolos como un distintivo de unos dibujos animados pretéritos. Desechando esa manía de la fantasía por la fantasía, John Lasseter y compañía han optado por ofrecer historias sencillas y cercanas que, pese a invitar a dejar volar la imaginación, saben mantener los pies sobre la tierra y hacerse creíbles.

UpLa aventura que comparten un scout entusiasta y un anciano cascarrabias, a los que separan casi setenta años, descarta cualquier propuesta anterior que pudiera servir como modelo. Sin embargo, se sigue utilizando la fórmula clásica: la motivación de todos los personajes del relato continúa respondiendo al objetivo de la consecución de un sueño, de un anhelo personal. El viudo Carl quiere viajar a Sudamérica; Russel necesita completar su medallero de explorador; Kevin, el pájaro multicolor, lucha por reunirse con sus crías, y el perro, Dog, busca un nuevo amo. También encaja en esta habitual receta del éxito lo que, en un principio, se presenta como una incompatibilidad de caracteres entre los protagonistas humanos por ser totalmente opuestos; más tarde se convertirá en una amistad, para terminar derivando en una relación paterno-filial en la que cada uno suplirá en el otro la carencia de ese familiar que nunca tuvo. Esta sustitución afectiva, pone de manifiesto los verdaderos deseos del niño y del viejo, que sólo buscaban la aprobación de un padre demasiado ocupado y de una difunta esposa, respectivamente.

Por si aún nada fuera suficiente para alcanzar la gloria de la animación -muy probablemente en forma de Oscar-, Up sabe ganarse a pequeños y grandes a través de una ternura excesiva, reprochable en algunos momentos, por su gratuita función generadora de lágrimas; mas, una demoledora capacidad para divertir se sobrepondrá con creces a cualquier intento de instalación del dramatismo. Uno de los aspectos más destacados de esta evidente declaración de intenciones es el tratamiento, inédito hasta ahora en las mal llamadas películas infantiles, de la problemática que conlleva para el hombre la edad de la vejez. La cinta propone como remedio un proceso, no por imposible poco alentador, con el que se demuestra que puede hacerse de la decadencia física y mental una etapa colmada de expectativas sobre la recuperaración del tiempo perdido (nunca es tarde si la dicha es buena). Además, en un claro aprovechamiento de la actual inquietud mundial por la creación de conciencia ecológica, un film que se ambienta, en su mayor parte, en una selva tropical, no podía sino derrochar un didáctico y ejemplar amor por los animales.Up

Quizás, el rasgo más aplaudido de la película sea su gran cantidad de recursos humorísticos. Los constantes y desternillantes gags en los diálogos, en un alarde de insolencia hacia la historia de la animación, eluden con tino la tan manoseada devoción por el socorrido slapstick. Esta chispa de elocuente ironía emana de unas bocas diseñadas para simular físicamente la auténtica modulación humana de cada palabra, mediante una tridimensionalidad que, por fin, puede ser apreciada tal y como fue concebida, gracias a las nuevas salas de proyección.

En relación a su comercialidad, Up logra el principal objetivo que todo trabajo de animación se propone en su origen: que los espectadores, compuestos por un alto porcentaje de infantes, vuelvan a casa tan fascinados que consuman descontroladamente todo tipo de merchandising, esperando con ansias el lanzamiento del título para reproductores domésticos, con la voluntad de disfrutar una y otra vez de una obra maestra que no cansa y que bien ha justificado su mercantilismo.

 

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