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La belle Nouvelle

La belle personne. Christopher Honoré, Francia, 2008
Por Manu Argüelles

Nos llega de tapadillo la última película de Christopher Honoré, la cual fue seleccionada a concurso en la anterior edición del Festival de San Sebastián. Creo que a ello se debe que, finalmente, el cineasta haya podido estrenar en nuestro país, tras seis películas realizadas.

Se trata de una adaptación libre de la novela La princesa de Cléves que Madame Lafayette publico de forma anónima en 1662. Honoré retoma la historia de una mujer casada que mantiene un romance extramatrimonial, censurable a los ojos de la sociedad. Para su adaptación, decide situar la historia en el tiempo actual y ambientarla en un liceo francés.

Mientras que las notas de producción y lo escrito en torno al filme remarcan cómo Honoré consigue adaptar una novela clásica en un Cartelentorno (adolescente) actual sin que el conjunto rechine en exceso, a mí particularmente dicho largometraje se me antoja como un apéndice de la deliciosa Les chansons d'amour (2007), su penúltima película. Si en ésta los personajes, en clave musical, se entrecruzan en un vaivén amoroso y sentimental marcado por el punto de inflexión de la muerte de uno de los protagonistas, en el último filme los adolescentes mantienen relaciones paralelas, se mienten, se buscan, se persiguen y nuevamente la muerte marca su devenir amoroso.

Honoré vuelve a contar con Louis Garrel, su actor fetiche, que encarna a un profesor de Italiano (Nemours), enamorado perdidamente de Junie (Léa Seydoux), una nueva alumna que llega al instituto en mitad del curso, tras la reciente muerte de su madre. Y es que el realizador reincide en su concepción del amor bajo parámetros de libertad moral. Parece decirnos que nos enamoramos de personas, no de hombres o de mujeres, no de jóvenes o adultos, no de heterosexuales u homosexuales.

Contra vImage 1iento y marea, en unos tiempos cínicos y escépticos, Honoré hace gala de un lirismo exacerbado en el que prima la individualidad sentimental por encima de los valores socioculturales establecidos. No es casual que, para propulsar un canto a la libertad en las elecciones sentimentales, recoja la denostada tradición romántica. Tampoco que, para darle forma cinematográfica, apele al legado de la Nouvelle Vague. No se trata de emular el cine de sus padres cinematográficos, sino, más bien, de recuperar aquellos valores del cine reinvidicados desde la modernidad. Si sus antecesores llevaron a cabo un acto de sublevación contra el cine acartonado, reclamando una autodeterminación ante nuevos temas y formas, Honoré protesta contra la sociedad y defiende la libre elección del sujeto en sus opciones sentimentales. Para ello, no duda en recoger una tradición literaria y cinematográfica de lucha a favor de la individualidad.

Claro que podemos acordarnos de François Truffaut por la claridad narrativa o por la composición de unos personajes superados por sus pasiones. No se nos escapa tampoco el guiño a Jean Luc Godard en el montaje sincopado, una vez que Junie y Nemours han hecho el amor. Pero Honoré evita el distanciamiento emocional. Al contrario, como ya hiciese en su anterior film, Les chanson d'amour, salta sin red en las profundidades del romanticismo más extremo, algo a lo que los directores mencionados se habrían resistido.

Honoré lo repite en sus dos últimos largometrajes: el amor no puede tener barreras condicionadas por los dictados sociales. Pero adentrarse en el amour fou conlleva un riesgo, pues los sentimientos de otros no serán correspondidos. Es aquí donde Honoré pone los límites. Defiende la legitimidad de la pasión, sea del signo que sea, pero atiende a aquéllos que se convierten en víctimas involuntarias de la decisión de los amantes. Los amores no correspondidos se cobran víctimas. Junie y su primo Mathias (Esteban Carvajal Alegría) dejan de lado a dos damnificados. Y es que la volubilidad adolescente tiene su coste, como fatalmente aprenderán.

Este estudio del sentimiento y sus consecuencias es transfigurado a través de una textura nublada, de tonos apagados en un cielo encapotado. Honoré no fuerza la poesía mediante la plástica, a la que decide otorgarle un aire naturalista, urbano y sobrio. Deja que sean la música y los actores los que sostengan el poso emocional que hace emerger "el cine de poesía" que reclamaba Pier Paolo Pasolini.

Si el montaje ágil y una cámara inquieta le sirven a Honoré para ilustrar el enredo afectivo del grupo de Mathias (el pase de notas, la carta extraviada, etcétera), son precisamente aquellos momentos musicales, a modo de falsos tiempos muertos, los que permiten que el cine de Honoré alcance su hondura poética. En esos largos planos-secuencias Honoré cede el testigo al actor para que, mediante un primer plano, transmita la expresión psicológica de la manifestación sentimental. Recordemos, en ese sentido, la escena en la clase de Italiano en la que escuchan Lucia di Lammermoor de Gaetano Donizetti interpretada por María Callas. O aquella excelente escena que parece rescatada de Les chansons d'amour, en la que Otto (Grégoire Leprince-Ringuet) entona la trágica canción del cierre del filme.

Image 4Quiero terminar señalando una posible reticencia, que yo no la veo como tal. Es cierto que el cine contemporáneo francés departe con "el nuevo cine de los años 60". Pero eso no representa un problema. Es un peaje ineludible, tanto para distanciarse de él como para seguirlo. En primer lugar, porque muchos de sus artífices siguen vivos y activos . Por otro lado, porque todo aquello que propulsaron sigue vigente, como si no hubiesen pasado cincuenta años. El cine oriental, desde los años 90, viene acogiendo con fruición la modernidad cinematográfica francesa, y ha establecido un fértil e interesantísimo canal de comunicación estilístico, de tal modo que el habitual bloque de oposición que existía entre Europa y Estados Unidos se ha trasladado entre Oriente y Occidente. Si esto es así, no veo inconveniente alguno en que el propio cine francés converse con sus padres, sin perder por ello actualidad.

Es verdad que esta apetencia continuista de Honoré, a la manera de Truffaut (Louis Garrel parece su particular Jean Pierre Léaud), tiene una consecuencia: si se ha visto Les chansons d'amour, La belle personne deja una sensación de déjà-vu. No solo se repiten actores, sino también motivaciones y núcleos temáticos, amén de las similitudes en la composición gráfica. Pero este es un motivo más para acercarse a un director que, hasta la fecha, había sido ignorado por la cartelera cinematográfica española. Aunque, si tienen la ocasión, no duden en ver antes Les chansons d'amour. Cuando termine la película, tendrán ganas de abrazar a su pareja.



 

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