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No recuerdes. Es mejor así

La caja de Pandora. Yesim Ustaoglu, Turquía, 2008
Por Arantxa Acosta

Emotiva, cruel, envolvente, desgarradora, poética, hipnotizante. Yesim Ustaoglu nos regala uno de los más gratos descubrimientos del año, que ya  sorprendió en el Festival de San Sebastián'08, con una sencilla historia sobre lo complicadas que podemos llegar a hacer las relaciones humanas.

Tres hermanos, que con los años se han ido distanciando, deben volver a reunirse tras una llamada que les avisa que su madre ha Carteldesaparecido de su casa de la costa Oeste de Turquía. Se inicia así una Odisea entre ellos que acaba, como el título indica, abriendo la caja de Pandora. Descubriéndose a sí mismos y la posición que ocupan en la familia, se dan cuenta de que es necesario perdonarse los errores del pasado y continuar juntos. Todo gracias a una madre que lo logra, sin saberlo: su enfermedad, un avanzado Alzheimer, le hace olvidar la historia reciente a pasos agigantados, recordando exclusivamente un pasado que, curiosamente, ninguno de ellos quiere sacar a la luz.

Narrada de forma lenta, con un total uso de encuadres estáticos, la película consigue transmitir una fuerza arrolladora gracias a tres factores: el primero, el gran acierto de centrarse en los personajes y las emociones que sienten. En realidad, no nos hace falta saber el detalle de cómo vivieron la infancia en las montañas, qué pasó con el padre, cómo de autoritaria era la madre... todo eso pasó. Hay que vivir el presente, y volcarse en el futuro. Y este sentimiento está muy bien representado (e interpretado) por los cinco protagonistas: la hermana mayor, controladora y autoritaria, necesita estar continuamente rodeada de los suyos para ser feliz; la mediana, llena de inseguridades y con total dependencia en sus relaciones; el pequeño, un colgado al que ya se le ha pasado la edad de ser ocupa; en contraposición, encontramos a Murat, el nieto, harto de vivir en el seno de su familia y que lo único que anhela es ser libre y, cómo no, a la abuela, que con su mirada perdida y su falta de recuerdos les enternece, pero también les hace darse cuenta de cómo son. En realidad, podemos pensar que los personajes de la abuela y del nieto son uno solo, indivisible para el correcto fluir de la historia. Porque sienten lo mismo, porque buscan lo mismo: ser libres en un mundo que ya nos les entiende, o que ellos mismos no comprenden. Una en su pasado ("¿Dónde está mi montaña?", se queja en la gran ciudad. Pero no porque no sepa dónde está, sino porque está buscando lo único que sabe con certeza: quiere morir en su montaña, en lo que ha sido su vida); el otro, en su presente (grandiosa la escena en la que, estando ellos dos sentados en un banco, la abuela confiesa que se olvida de las cosas y él, enternecido con ella pero quizá también pensando en sí mismo, le contesta "Bueno, no recuerdes. Es mejor así").
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El segundo factor, el uso del entorno como complemento de la historia. Paisajes que se muestran durante largos segundos, y que son el reflejo de los sentimientos de cada uno de ellos: el puerto, la libertad; las montañas, el pasado, la muerte; la ciudad, el caos presente en todos ellos... Y, por último, el innegable acierto, Tsilla Chelson: su interpretación nos enternece, nos hace pensar en nuestra propia familia, en nuestros propios secretos y errores. Consigue

convencernos que el Alzheimer es una enfermedad irremediable pero mágica. Detrás de su mirada vacía intuimos, nos imaginamos toda una vida de sufrimiento que, gracias a Dios, ahora no recuerda. Y, en sus momentos de lucidez, vemos a una enérgica mujer capaz de recriminar, pero también de aconsejar que no sigan sus pasos, que sean ellos mismos.

Con todo esto, no es de extrañar que la película se izara con una Concha de Oro, a mi criterio, totalmente merecida y, por supuesto, con la Concha de Plata (compartida)  a la mejor actriz para la nonagenaria Tsilla Chelson. Sencilla en su presentación pero más que compleja en su contenido, La Caja de Pandora es, desde ya, imprescindible.

 

 

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