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La enfermedad de las 3 H.

Los testigos. André Techiné, Francia, 2007
Por Manu Argüelles

Como ya sucedía en Los juncos salvajes (Les roseaux sauvages, 1994), en Los testigos Techiné conjuga la Historia con cartelmayúsculas con un microcosmos cerrado. Si en Los juncos salvajes era el conflicto de Argel, aquí el catalizador de las transformaciones relacionales es el sida. A las vidas de Adrien (Michel Blanc), Mehdi (Sami Boujila) y Sarah (Emmanuelle Béart) llega Manu (Johan Libéreau), un joven efebo que acaba trágicamente infectado por el virus misterioso.

La película arranca en el verano de 1984, cuando el sida todavía no había alcanzado la cobertura mediática que tendría posteriormente. De esta manera, el largometraje se erige como un filme testimonial de un momento histórico, en el que emergió a la luz pública una pandemia letal, que no tardaría en adquirir una nociva connotación moral. El sida, tal como están afianzados los parámetros sociales de la civilización occidental, sigue siendo un tabú. Y de la misma manera que los medios de comunicación no parecen acordarse de la hambruna de los niños etíopes de los años 80, hoy el sida ha sido silenciado y su presencia se ha reducido a escasas noticias de los efectos devastadores que provoca en países del África negra.

El cine reaccionó tarde y escasamente a la hora de reflejar cómo la nueva enfermedad estaba reconfigurando las prácticas sexuales y cómo penetraba en las dinámicas socioculturales. Por no hablar, ni se habló del alud de víctimas que estaba llevándose consigo. Sólo se empezaron a construir historias sobre el sida a partir de los años 90, fundamentalmente en circuitos minoritarios y destinadas a un público gay. Philadelphia (Jonathan Demme, 1993) fue casi la única respuesta frontal por parte de Hollywood. El espacio no permite un análisis extenso, así que sólo diré que podrían haberse ahorrado esa visión autocomplaciente y paternalista en la que, una vez más, con buenas intenciones, se sirven del sida para establecer un alegato antihomofóbico (algo que secundó el propio Tom Hanks durante el acto de recepción del Oscar). Dicen que el infierno está lleno de buenas intenciones.

Entre frases como "pobrecitos gais" y "es un castigo divino por una vida disoluta", el sida se encadena como clavo ardiendo a la visión cultural de la homosexualidad desde un discurso heterocéntrico y esencialmente moralista. Los testigos intenta alejarse de estos dos vértices en la medida de lo posible.

Image 1Sabemos cómo la enfermedad estigmatizó a la comunidad gay. Sorprendentemente, esto no aparece en el film de Techiné. Por fortuna, otras películas, como Su hermano (Son frère, Patrice Chéreu, 2002) o El tiempo que queda (Le temps qui reste, François Ozon, 2005) reflexionan sobre el tema, con protagonistas gais y encuentros entre Thánatos y la juventud, pero no a causa del sida.

Techiné se adentra en tan espinoso núcleo temático presentándolo como marco contextual y motor narrativo que desencadena las fricciones sentimentales, e igual que en Los juncos salvajes, pasa de puntillas sobre el tema, sólo justificado en la medida en que afecta a sus personajes. No hay una reflexión crítica, y no parece ser esa su intención. Presenta una panorámica casi meramente descriptiva del activismo médico, personificado en el enamoradizo Adrien. En el capítulo del film "La guerra", sí que se deteiene en el aspecto psicológico de la enfermedad, tanto en lo referente al infectado (que pasa a un segundo plano) como a los que lo rodean. Aunque creo encontrar un serio problema cuando los personajes verbalizan sus sentimientos, pues son incapaces de reflejar convincentemente lo que dicen en su manejo del cuerpo y de la comunicación no verbal. A veces el espectador no necesita que esté todo escrito.

Y es que se pretende emular la forma literaria de la novela. De hecho, la voz superpuesta es la de una escritora de cuentos, un tanto frustrada y sin instinto maternal. Cuando se abre el filme, Sarah está escribiendo de forma frenética; lo que veremos es la novela que creó a propósito de la llegada de Manu, un joven jovial y enérgico, procedente de un pequeño pueblo de los Pirineos. No hay objeción a esta sustancia novelesca, pero la dramatización, un tanto higiénica y aséptica, enfría una desventura que se presupone de sangre caliente. Parece que Techiné se siente como su médico Adrien al ejercer la dirección. Aunque, a diferencia de su personaje protagonista, guarda muy discretamente su activismo político.

Se agradece que quiera mantener a raya un melodramatismo que haría peligrar la ficción y que la muerte de Manu se despoje de su potencial clímax dramático. Pero esta transposición desnaturalizada (¿no sentimos intensamente o somos seres autómatas?), a mí parecer, acaba jugando en contra de un film al que le pido calor y me da una peligrosa apatía.

No obstante, dado que sus dos capítulos de inicio y cierre se ubican en verano, Techiné establece una connotación térmica acorde con el aire silvestre en la playa. El cromatismo  potente insufla un aire vivaz al film, en clara correspondencia a la personalidad de Manu (presente al inicio, evocada en el final). Sólo se atempera ligeramente cuando el SIDA entra en escena.

Quiero finalizar con una mención específica a los personajes. Los roles femeninos, la hermana de Manu y Sarah, en su disyuntiva entre la vida y el arte, adoptan de forma radical el arte como inherencia que aparca los sentimientos. Así acaban abocadas a un misantropismo ególatra y egoísta. En cambio, Mehdi y Adrien, los roles masculinos, acaban desbordados, porque son incapaces de controlar sus sentimientos hacia Manu. Casi se le podría tildar de misógino al film, si no existiese la dulce prostituta que recuerda a Irma la dulce (Irma la douce, Billy Wilder, 1963) o a la Anna Karina de Vivir su vida (Vivre sa vie, Jean Luc Godard, 1963). Y menos mal que el retrato de Mehdi, como gran depredador masculino, resulta un personaje bastante aguardentoso.

Se cierra el film con la llegada de un americano errante en la vida de Adrien. Y vuelven a subirse al barco, en un nuevo verano. ¿Y Manu? La vida sigue en su inexorable discurrir.

 

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