Reducir tamaño texto Aumentar tamaño texto

Los locos siempre dicen la verdad

Mad detective. Johnnie To y Ka-Fai Wai, Hong Kong, 2008
Por Javier Moral

El incipiente nuevo cine asiático se encuentra en una fase de fermentación que, a corto plazo, permitirá demostrar con exactitud cuáles son sus capacidades reales. Si el progreso continúa como hasta el momento, estas capacidades constituirán una aliviante vía de escape que podrá ser tomada como modelo por los creadores de esas historias anodinas tan faltas de imaginación y recursos a las que se encuentra expuesto el cinéfilo del siglo XXI.

La renovación se está  produciendo no tanto en el contenido como en la expresión, suponiendo una verdadera revisión formal de los géneros clásicos. El cine policíaco es uno de los preferidos por los atrevidos directores orientales, pues sus amplias posibilidades narrativas admiten múltiples y variadas transformaciones. Tanto es así, que incluso osan traspasar las barreras de la realidad para fusionarla con la más enfermiza fantasía. Ateniéndonos al estudio de esta tendencia, evaluaremos si Mad Detective ha ser Cartelconsiderada como una propuesta de thriller revolucionaria o si, por el contrario, el realizador Johnnie To -en otra colaboración con su colega Wai Ka-Fai- se ha pasado de listo en un intento de tomarnos el pelo.

El elemento fantástico del que hablábamos es el don del detective Burn para descubrir las personalidades ocultas del prójimo. Su historial de investigaciones plagadas de excentricidades, pondrá su punto final al ser cesado por cortarse una oreja en señal de respeto hacia un superior. En la vida real, este sujeto estaría internado en un psiquiátrico. Tratándose de una película, sería imposible e impensable que un hombre entregado en cuerpo y alma -literalmente- a su trabajo no atrajera fans, como ocurre con el crédulo inspector Ho, que dejará en sus manos un caso sobre al extravío de un arma reglamentaria con la que se han estado cometiendo crímenes, cuya resolución le valdría un ascenso. El discípulo se entrega a un mentor que ya, en una de esas primeras patrullas de pareja en coche comienza a impartir sus lecciones: "En una investigación, debes aplicar las emociones, no la lógica".

 El problema no que es que el delirio de To corra el riesgo de mutar en un chiste sin gracia, sino en uno de mal gusto. Las mal llamadas personalidades ocultas son, en realidad, los deseos más íntimos de la gente. Esta capacidad reveladora de misterios personales se encuentra ligada en la psique del protagonista a una locura esquizofrénica incurable y a la socorrida función premonitoria de los sueños. Burn no deja de ser un individuo antisocial por muy predispuesto que se encuentre a las relaciones desde su singular cordialidad; su patología ha creado una capa protectora frente a todo aquello que le hizo mal en un pasado (por eso cambió la percepción física y mental de su mujer). La oreja cortada, a la que se apela constantemente, actúa como símbolo de su franqueza y sinceridad aplastante, es la única prueba tangible en un universo distorsionado, el único reducto de serenidad y cordura que invita a creer en sus métodos.

 Image 1 Mad Detective conforma un interesante ejercicio de ingenio y agudeza creativa, aunque la concepción de la idea es tan imprecisa que obstaculiza cualquier esbozo de continuidad lógica. Cuando la situación lo exige, To y Ka-Fai modifican a su gusto las habilidades del personaje para adecuarlas al objetivo a lograr. De esta manera, el dúo de directores establece sus propias reglas dentro de una ficción no regulada. Así, ha sido imprescindible apelar a un conjunto de casualidades tomadas por altamente probables -como el hecho de que el sospechoso principal sea el poseedor del mayor número de personalidades que Burn vio asociadas a un sólo ser- para encauzar un proyecto farragoso en su ejecución. También se han adoptado las ya tradicionales elipsis del cine asiático moderno omitiendo acciones que se dan por evidentes. No obstante, un uso desenfadado de esta técnica es causa de insalvables desorientaciones en ciertas secuencias que no quedan muy claras y, en el caso opuesto, de derroche de metraje cuando lo harto obvio se ofrece muy masticado y en cucharón.  

Dice poco a favor de un film de suspense que las mejores escenas sean las derivadas de los efectismos fantásticos que eluden la realidad, si bien hablan mejor de la imaginación de los guionistas. El paseo a pie y en coche de las siete personalidades del policía investigado, así como sus reflejos en la habitación de los espejos, o el descubrimiento del niño indefenso que se esconde eImage 2n el interior del inspector Ho, son ejemplos de la superioridad de la ilusión abstracta frente a la concreción palpable. Por su parte, el componente de realidad del film se revela moralizante, inclinándose hacia una apertura de los ojos en la audiencia, al cuestionar la eficacia de las fuerzas del orden público, provistas de una perspicacia tan minúscula que les deja a merced de una incertidumbre propensa a amarrarse a cualquier montaje mal preparado en la escena de un crimen; al reproducir un manifiesto racismo hacia el vecino pueblo indio, o de reivindicar una igualdad de género a través de las compañeras sumisas de los detectives. La mujer de Burn no tuvo paciencia con un marido trastornado, por lo que el impredecible pobre diablo creó una apariencia nueva, joven y resignada.

Johnnie To, al igual que el japonés Takeshi Kitano, es un apasionado del retrato de la mafia oriental. Lo que Kitano hace con los yakuza, To lo aplica a las tríadas chinas (como en la magnífica saga Election). Los famosos tiroteos confusos e indiscriminados que ambos invocan en casi toda su obra, vienen precedidos de una notable influencia estética del gangsterismo de Tarantino -de quien siempre se dice que bebe el nuevo cine de acción asiático, aunque no quede muy claro si fue antes el huevo o la gallina- con el ya casi vulgar y chulesco encañonamiento masivo entre pistoleros. Un film negro en el que la investigación, para más INRI, se centra en el paradero de una pistola, exige una balacera final tan caótica que el espectador deberá participar con una personal lectura deductiva de lo allí acaecido. En clara paradoja con el violento desenlace, el furor gatillero se mantiene en su justa medida, sin ni siquiera acercarse a la gratuidad, a lo largo de una trama que, desde el primer instante, avanzó hacia una exclusiva y previsible dirección y cuyo principal conflicto se hallaba en una frágil y utópica conservación de la fe del aprendiz por su maestro.

 

Más....

La mirada del otro (Críticas) (520)