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Expiación

Still walking (Caminando). Hirokazu Kore-Eda, Japón, 2008
Por Manu Argüelles

"La casa familiar, el nido de los hombres inconsistente y rígido, tal vidrio que todos quiebran y nadie dobla".

Luis Cernuda, poema La familia en Como quien espera el alba (1944)

La última película de Hirokazu Kore-Eda es una maravilla. Y lo dice alguien que no le gusta manifestar aseveraciones contundentes Cartelcuando ejercita la crítica cinematográfica.  Película presentada en la sección oficial del pasado Festival de San Sebastián y vista también en la última edición del BAFF, es un largometraje que me empuja a utilizar más de la cuenta la primera persona del singular. Están avisados.

Me gusta afirmar del cine de Charles Chaplin que es un cine que me limpia la mirada. Hirokazu Kore-Eda consigue que su film pertenezca a esa estirpe de largometrajes que desde la sencillez más extrema, desde la atención a los pequeños detalles y la depuración de formas, percibo la autenticidad y pureza del sentimiento en toda su magnitud. Algo que por otra parte resulta tan intangible y difícil de capturar. Atendiendo a nuestra memoria afectiva, algo a lo que Hirokazu Kore-Eda alude explícitamente en su film, podemos situarlo en la pulcritud sensitiva de El camino a casa (Wo de fu qin mu qin, 1999) de Zhang Yimou o Una historia verdadera (The straight story,1999) de David Lynch. Palabras mayores.

Si consideramos los criterios de buen gusto que analiza Laurent Jullier (2006), desde una óptica neokantiana, para delimitar qué entendemos por una buena película, para mí, Hirokazu Kore-Eda nos brinda un film edificante. La película luce virtuosa en la construcción dramática apaciguada pero rítmica. Pocas veces una narración débil da tanta impresión de contener numerosas esferas de acción, teniendo en cuenta el acotado campo de acción que posibilita centrándose en lo íntimo y privado. Como manifiesta el propio director: "Sin embargo, en el transcurso de ese día aparentemente tranquilo, la marea va y viene, pequeñas olas rompen en la superficie".

Las palabras desviadas de la madre, que dicen una cosa y piensan otra; los silencios del padre en los que la jubilación es un retiro existencial incluso de su familia; la mirada del hijo apresando su frustación y no entendimiento en el silencio a sus progenitores, etc. Resulta ejemplar en su dirección de actores, todos absolutamente portentosos en su trabajo interpretativo consiguen lo que yo llamo el efecto anestesiante de los resortes analíticos. Estaba tan embargado en lo que pasaba en el espacio fílmico que me olvidaba de la crítica que tenía que escribir después. Se facilita tanta información en cada pequeña unidad narrativa que uno ignora el hecho de que la cámara acostumbra a permanecer fija en la mayoría de los planos-secuencias. Hay, por ello, un claro recuerdo del cine de Yasujiro Ozu en la composición de la puesta en escena, legitimando la tradición cinéfila de su propio cine nacional. Algo que, por otra parte, es bastante inusual en los directores nipones contemporáneos.

Image 1La radiografía familiar que se lleva a cabo ante nuestros ojos es un ejercicio de evocación personal del propio director ante sus padres fallecidos. La memoria y el duelo de los vivos por aquel que muere son dos constantes permanentes en su filmografía, ya desde los tempranos tiempos en los que se curtió en la televisión realizando documentales. Como sucede en numerosas ocasiones en Michael Winterbottom, director de similar origen formal, parece que anida una sensación de reproductibilidad en esa casa de la que apenas saldremos durante el día que dura la reunión para honrar al primogénito fallecido. Así, la cámara parece presentarse como un dispositivo neutro, lo suficientemente distanciado como para captar en la mayor totalidad posible la amplitud del escenario dinámico. Hay allí, un deseo de restituir de forma objetiva el mundo representado en el que se consigue, valga la paradoja, hacer presente aquello incorpóreo en la formulación visual. Por ello, existe un delicado equilibrio entre el valor de la palabra y los indicios visuales. El simple detalle visual de los tres cepillos de dientes o las baldosas despegadas y apiladas en el suelo del mismo cuarto de baño, facilitan tanto o más información que si se hubiese verbalizado.

Sí, viendo la lucha intergeneracional entre unos padres aferrados a sus caducos principios tradicionalistas y una generación joven que no se acomoda a los ideales de sus mayores ni pretende hacerlo, uno se embelesa con un deseo documentalizante. No es ficción, es la realidad familiar, la de la pantalla, la mía, la de cualquiera.

Quiero cerrar con una mención fúnebre, al por otra parte, film lleno de vida. En su interrogación de cómo la memoria es un mecanismo que nos hace sentir como somos, existe una futilidad inabarcable ante el paso del tiempo que el recuerdo trata de contrarrestar. La madre sigue llorando a su hijo cómo si no hubiesen pasado quince años desde su muerte. Sobrecoge especialmente la escena en la que se cuela la mariposa amarilla (la que sobrevive al invierno, bella metáfora) y cómo la madre, fuera de sí, trata de cogerla creyendo firmemente que su hijo está reencarnado en ella.

Un hijo ausente que aparece con una definición vital más pronunciada que los presentes que le sobreviven. De forma caprichosa, aunque quizás no tanto, recuerdo, especialmente, el plano secuencia en el que la familia se encuentra en el jardín preparándose para hacerse la foto en un espacio off definido (después iremos allí). Lo que tenemos en el campo de visión es el comedor vacío y cómo el sonido off engrandece el espacio con las conversaciones que vienen del jardín. En el comedor, al fondo, de forma centrada tenemos la foto del hijo fallecido bien definida (la madre entrará a buscar esa foto), frente a las siluetas deformadas y borrosas en el lateral frontal del marco de la cristalera.

Precisamente, Hirokazu Kore-Eda nos esconde con suma maestría cuanto de exorcismo o de ejercicio de expiación tiene su film, hasta  que asistimos al bello epílogo, en el que el hijo recuerda a sus padres en la visita a sus tumbas. De esta manera, la rápida recapitulación que ejercitamos a lo que hemos visto hasta el presente, adquiere una hondura que pocas películas tienen el privilegio de transmitir al espectador.

Fuentes:

Jullier, Laurent: ¿Qué es una buena película?, Paidós Comunicación, Barcelona, 2006.

http://stillwalking-caminando.blogspot.com/

 

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La mirada del otro (Críticas) (520)