Reconstrucción de la persona

Martha Marcy May Marlene

Sean Durkin, EUA, 2011

Por Javier Moral

Cartel de la película Martha Marcy May Marlene

Sirviendo como ejemplo de la cada vez más habitual tendencia de los directores independientes a animarse a ampliar o rehacer el universo plasmado en sus cortos como debut en el largo, Sean Durkin presentaba bajo el premonitorio título de Mary Last Seen, además de la primera M femenina, la turbia atmósfera de Martha Marcy May Marlene. Entre un trabajo y otro existe una elipsis de una morbosidad acuciante, que el segundo se encarga de revelar, dosificada en forma de traumáticos flashbacks. Aunque, hay algo de trampa en todo esto. Sabemos que los trailers son atractivos y mentirosos resúmenes de las películas que publicitan; en este caso, el sentido del anuncio es casi opuesto al de la obra anunciada.

Martha Marcy May Marlene 1El principio promocional de Martha Marcy May Marlene pasa por apuntar directamente con el dedo a un espacio, claustrofóbico y lacerante, el de una secta/comuna/harén, cuyo líder (una versión atenuada y engatusadora del "monstruo de Amstetten" que mimetiza un gran John Hawkes) promete a las nuevas incorporaciones el disfrute de una existencia plena, a través del autoabastecimiento, lejos de las tesis económicas que han sumido al mundo en la actual crisis. Se fuerza el total aislamiento de la sociedad, tan solo transgredido por asaltos nocturnos a los chalets de los alrededores. En este sentido, la cinta de Durkin se apoya sin escrúpulos en un elemental abanico de cine independiente sobre la violación del patrón vigente de la sociedad moderna y sus consecuencias, que vendría a ocupar desde la obra completa de Michael Haneke (con Funny Games, 1997, como referencia más palmaria) hasta las últimas joyas del trastorno social como vienen a ser El bosque (The Village, M. Night Shyamalan, 2004) o Canino (Kynodontas, Giorgos Lanthimos, 2009). Aunque, también es cierto que Martha Marcy May Marlene, pese a su apreciable talante dramático, no dispone ni de la fuerza ni de la capacidad de permanencia de ninguna de las películas citadas.

Martha Marcy May Marlene 2La intensa sugestión que generan en el espectador estas disfuncionalidades instintivas o, más bien, la excitación que provoca asumir y contemplar sin trabas la desenvoltura de un concepto contra natura, son una suerte de masoquismo que todos padecemos bajo el influjo de la gran pantalla, pero no es el verdadero motor de este caso. Su propósito va mucho más allá de una superficie ruidosa y sórdida en forma de recuerdos sobrecogedores y, debido a la configuración del film que otorga preeminencia informativa al presente sobre el pasado, no es otro que el de la reinserción en la sociedad de un individuo maltrecho, al margen de sus circunstancias.

De hecho, el extraño título de la película, pudiendo parecer que en un principio alude al conjunto de víctimas de la aterradora propuesta de Durkin, se refiere realmente al original procesado de las diferentes identidades que cualquier persona ostenta en función de los también diferentes grupos a los que se acoge a lo largo de su vida. Por tanto, el objeto de la cinta no es otro que el de la recuperación por parte de Martha -una brillante y muy creíble Elizabeth Olsen- de su identidad primitiva, la del momento en que abandonó a su familia. El problema es que, tras un arranque turbador y lleno de expectación, la pasión se va diluyendo, quedando a merced de una jugosa imprevisibilidad, la de la acción de Martha en casa de su hermana. Mas, no siempre es suficiente. Y para evitar sentencias desafortunadas, quiero recalcar que en el siguiente párrafo me limito a argumentar sobre la trama.

Martha Marcy May Marlene 3Se celebra el retorno de la desparecida sin forzar el interrogatorio. Incluso, la paciencia de Lucy (y por ende, de su marido) parece directamente proporcional al comportamiento trastornado de Martha y, por ende, a la falta de respuestas. Cuando esta situación, eje del sustento de la única trama, se ha dilatado demasiado, ni la revelación del pasado familiar puede alimentar la flacidez de una verosimilitud que ha ido goteando por el camino; solo faltaba esperar un desenlace precipitado que, gracias a su ambigüedad, logra salvar los muebles del conjunto. Por eso, Durkin debió de entender imprescindible, aún a riesgo de caer en la globalización comercial de su discurso y traicionar el espíritu indie que gobierna la cinta, la capitulación de la odisea en la secta que, por rescatar el morbo, a ratos se percibe como un cúmulo incompleto de ideas plagiadas del imaginario colectivo y vagamente banalizadas. No quedaba otra.

Con todo, espero no ser el único que encuentre un vínculo no de forma, pero sí, y mucho, de contenido, entre la ópera prima de Durkin y la reciente Melancolía (Melancholia, 2011) de Lars von Trier. Rompiendo una lanza en favor de Martha Marcy May Marlene, sí seré de los pocos que aprecien en ella una base mucho más tangible y concreta en las etéreas grafías de la angustia que las que pasaban por el diseño de una grandilocuente y vacía metáfora apocalíptica.

Trailer:

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