Descubriendo las leyes ocultas del azar

Rompiendo las reglas

Moneyball. Bennett Miller, EUA, 2011

Por Enrique Posada

Cartel de la película Moneyball

Cuando hay justicia en los juegos de azar, nadie sabe realmente cuál será el resultado para los jugadores individualmente considerados. Nadie puede predecir lo que va a pasar con los movimientos de la ruleta o con el devenir de los dados que se arrojan. Lo único que se sabe es que el casino (la casa) tiene mayores probabilidades de ganar, de ahí la aventura involucrada. ¿Será capaz un jugador de derrotar a la casa consistentemente, hasta lograr que ésta se rinda y se desespere?

Si un jugador tuviera una bola de cristal que le permitiera ver el futuro, entonces tendría una clara ventaja sobre sus compañeros de juego y sobre el casino y sería capaz de ganar consistentemente… hasta que otros descubrieran la razón de su buena fortuna. Suponiendo que tal bola de cristal fuera un objeto comercial, todos los que cayeran en cuenta de ello la irían a comprar y a usar y si todos lo hicieran, volveríamos a la situación normal: todos tendrían las mismas probabilidades de ganar y el casino, dueño de la mejor de las bolas de cristal, continuaría ganando más que todos y desplumando a los apostadores.    

Ahora, los deportes no son propiamente juegos de azar. En sus movidas intervienen el talento, la inteligencia, las habilidades y las emociones humanas, que no están igualmente distribuidas. Tampoco está igualmente distribuido el dinero. Los equipos más ricos tendrán la mayor probabilidad de contratar a los jugadores más talentosos (suponiendo que el dinero sea un medio para atraer el talento) y tales equipos tendrán una cierta mayor probabilidad de ganar en una extensa ronda de enfrentamientos. Entonces, ¿será capaz un equipo menos rico de vencer las probabilidades y de armar un equipo talentoso y competitivo con base en bajos presupuestos y salarios? Si un tal equipo tuviera una bola de cristal que lo facilitara, entonces sucederían cosas raras en el mundo del deporte. Este es el caso de una de tales bolas, la “Moneyball” y del equipo que logró tenerla. La novela que inspiró Moneyball Moneyball narra la historia real de Billy Beane, gerente general del equipo de béisbol Los Atléticos de Oakland. Es una adaptación de la novela Moneyball: the art of winning an unfair game (2003), de Michael Lewis.

Es una lástima que esta interesante cinta tenga como ambiente el del béisbol en las grandes ligas de Norteamérica. Siendo un deporte tan americano y que ofrece ciertas complicaciones de interpretación, muchas personas no van a ver en ella mucho atractivo y la van a tachar de su lista de películas. Pero si se vence esta resistencia inicial, el espectador podrá disfrutar de una trama intensa, bien diseñada y muy bien actuada. Lo del béisbol será apenas un pretexto para examinar aspectos bien fundamentales de esta vida moderna, sujeta a la tecnología como saber transversal que permea todos los espacios, creando ventajas y nichos para aquellos que saben utilizarla. Otro tema subyacente que se explora es el del papel que personas que son nuevas en un tema y en una organización, pueden jugar en comparación con el de los que llevan mucho tiempo involucrados: en la realidad actual, cada vez intervienen más y más jóvenes genios creativos, que traen ideas innovadoras y sorprendentes, destruyendo saberes y costumbres de muchos años.

Fotograma de la película MoneyballEn este ambiente de tecnología que fluye y que permea todos los espacios, cabe preguntarse sobre la democratización de la información, un asunto esencial para evitar que los poderosos la acaparen, creando ventajas indebidas para dominar y condicionar las situaciones, especialmente en el ambiente exigente y despiadado de los mercados y de los flujos de dinero. Con los enormes recursos de la informática, todo parece estar a la mano, incluso la capacidad para predecir el futuro, a través de “moneyballs” en todos los ámbitos. Un asunto serio en verdad, que trasciende a los juegos de azar y a los deportes.

Dejando de lado esas serias consideraciones, Moneyball es una película  entretenida, que captura la atención en forma sostenida. Los eventos se presentan in crescendo, combinando admirablemente las emociones que se experimentan a medida que un equipo chico va subiendo en las escalas, venciendo todas las predicciones y las probabilidades. Las cosas suceden inesperadamente, como especie de dulce avalancha que se viene encima de los protagonistas, superando todas sus expectativas. Los entrenadores, los dueños del equipo, los jugadores, el público, los periodistas, incluso, los espectadores no se lo pueden creer, pero así es. La bola de cristal de la tecnología predictiva existe, es poderosa, funciona.

Escena de MoneyballEn este caso, los números son los protagonistas y un oscuro estudiante de estadísticas  matemáticas y diseñador de curvas de probabilidad, protagonizado por un flemático Jonah Hill, es el genio proveedor.  Pero para aceptar y llevar a la práctica cambios fundamentales, se necesita un campeón de la idea enteramente genial y decidido, que aproveche las circunstancias con maestría.  Brad Pitt es, en verdad, genial representando a Billy Beane en ese papel. Da gusto ver a Pitt maduro, humano, familiar, capaz de asumir roles complejos, basados en la intensidad de la actuación, más que en sus atractivos físicos, para transmitir ideas, emociones, miedos y experiencias.

El juego es también protagonista central en el filme. Las situaciones que se viven en un deporte de ambiente tenso, basado en egos más que en trabajo de equipo, evolucionan y crecen, a medida que los jugadores van cayendo en cuenta de lo que está sucediendo y a medida que el público se va contagiando. Todos se van convirtiendo lenta pero seguramente en fichas exitosas de las movidas predichas y esperadas por la tecnología, a medida que sus creencias van entrando en sintonía con las luces que arroja la bola de cristal. En ello hay una magia singular: hay que creerlo para experimentarlo y a medida que se experimenta, todos, incluso los más incrédulos, se lo creen. En este momento mágico, como si de una masa crítica se tratara, las predicciones se vuelven realidad.     

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