Hace mucho tiempo, en una galaxia muy muy lejana...

Star Wars. Episodio I. La amenaza fantasma

Star Wars: Episode I – The Phantom Menace, George Lucas, EUA, 1999

Por Joaquín Juan Penalva

Cartel de la película La guerra de las galaxias

Aunque George Lucas es uno de los nombres más importantes del cine desde la década del setenta hasta nuestros días, lo cierto es que este guionista, director y, sobre todo, productor, solo se ha puesto tras las cámaras de seis largometrajes de ficción, a saber: THX 1138 (1971), American Graffiti (1973), La guerra de las galaxias (Star Wars, 1977), y, más recientemente, Star Wars: Episode I – The Phantom Menace (1999), Star Wars: Episode II – Attack of the Clones (2002) y Star Wars: Episode III – Revenge of the Sith (2005). En cualquier caso, su filmografía va a quedar inexorablemente unida a la doble trilogía de La guerra de las galaxias, aunque no figurara como director –sí como productor y guionista– de El imperio contraataca (Star Wars: Episode V – The Empire Strikes Back, Irvin Kershner, 1980) y El retorno del Jedi (Star Wars: Episode VI – The Return of the Jedi, Richard Marquand, 1983).

Hay, con todo, un pequeño detalle que no convendría pasar por alto. Cuando se produce el reestreno de una película como La amenaza fantasma en 3D, nos encontramos, no solo ante un acontecimiento cinematográfico, sino ante un auténtico fenómeno sociológico, ya que La guerra de las galaxias, entendida en sentido amplio, ha trascendido las salas de cine y las secciones de DVD y bluray de los grandes almacenes para instalarse en nuestro imaginario colectivo de una forma indeleble. Es más, no deberíamos olvidar que Star Wars es mucho más que una saga cinematográfica, se trata de todo un mundo creativo que no se puede entender sin un concepto clave, el de universo expandido. Aunque todo empezó con un guion independiente de George Lucas, La guerra de las galaxias se ha convertido en una franquicia que extiende sus tentáculos a la televisión (donde encontramos las diferentes series de animación tituladas Clone Wars), la literatura (novelas, cómics...), los videojuegos, los juguetes e incluso el arte. En nuestra cultura, solo hay un caso de alcance parecido, la invención de Tierra Media, el lugar donde se ambienta El señor de los anillos, de J. R. R. Tolkien, inmortalizado por Peter Jackson en el cine.

Fotograma de La guerra de las galaxias. Episodio IDesde un punto de vista cinematográfico, La amenaza fantasma es la peor de las seis películas de Star Wars, pero eso no quiere decir que sea mala, ni mucho menos, tan solo que está por debajo del nivel conseguido en la trilogía original y en el magnífico episodio que enlaza una con otra, La venganza de los Sith. Ahora bien, eso no importa demasiado, porque, cuando La amenaza fantasma llegó a las pantallas españolas en el verano de 1999 –en Estados Unidos se estrenó en mayo–, los espectadores pudieron vivir un momento único, ya que Lucas tuvo la habilidad de utilizar el mismo esquema argumental que había empleado en la película de 1977 y eso permitió reencontrar a viejos personajes y lugares, pero también conocer otras geografías que únicamente habíamos visto y leído en los cómics, novelas y videojuegos.

La guerra de las galaxias. Episodio ISin duda, lo mejor de La amenaza fantasma era la oportunidad que nos daba de regresar a Tatooine y de conocer, por fin, Coruscant, la capital de la República Galáctica, el planeta‑ciudad en el que se encuentra el famoso Consejo Jedi y el Senado. Además, nos descubría un nuevo mundo, Naboo, del que era originario el senador Palpatine (Ian McDiarmid, uno de los pocos actores, junto a Anthony Daniels y Kenny Baker, que han saltado de una trilogía a otra). Aparece un Anakin Skywalker todavía niño (Jake Lloyd), y dos jedis que cobran especial protagonismo, el maestro Qui-Gon Jinn (Liam Neeson) y su padawan, Obi-Wan Kenobi (Ewan Mc Gregor). Por primera vez, además, vemos a un Lord Sith de carne y hueso, el inquietante Darth Maul (interpretado por el actor Ray Park, especialista en artes marciales). Y, aunque salgan en la película Yoda (a quien le pone voz Frank Oz) y Mace Windu (Samuel L. Jackson), me atrevo a afirmar que es aquí donde se empieza a forjar la leyenda del más poderoso de los jedis, que no es Anakin Skywalker, como cabría pensar, sino Obi-Wan Kenobi, y, si no están de acuerdo, sigan de cerca su evolución en los próximos episodios. Kenobi es lo que podría haber sido Anakin de haber comenzado su adiestramiento más temprano.

Star Wars en 3DNo haría falta subrayar que toda la película está repleta de guiños que apuntan hacia el mesianismo de Anakin, desde la profecía del Elegido (aquel que ha de devolver el equilibrio a la Fuerza) hasta su alto índice de midiclorianos, por no hablar de su misteriosa concepción. Como ocurría en Star Wars, Lucas deja al descubierto sus referentes: las carreras de vainas en Tatooine parecen un remedo de las carreras de cuádrigas en Ben‑Hur (William Wyler, 1959), mientras que los duelos con sable láser recuerdan a las películas de samuráis; de la misma forma, las batallas espaciales siguen la pauta de las películas sobre la Segunda Guerra Mundial y todo destila cierto aire de western intergaláctico. Porque, al fin y al cabo, Star Wars es, entre otras muchas cosas, la declaración de amor de Lucas al cine.

Aunque lo mejor de esta saga todavía está por llegar en los siguientes episodios, con la aparición del General Grievous y del Conde Dooku (un genial, como siempre, Christopher Lee), con la transformación de Anakin... La amenaza fantasma sirve para ir abriendo el apetito. En cuanto a la conversión a 3D, la verdad es que resulta, en el mejor de los casos, decepcionante, porque no ha logrado sacarle todo el partido a los combates espaciales ni al mundo subacuático de los Gungan. En todo caso, es una buena ocasión para contemplar nuevamente en los cines las famosas cortinillas de Lucas y el montaje paralelo del desenlace, que se desarrolla simultáneamente hasta en cuatro escenarios diferentes. May the Force Be with You!

Trailer:

Más....

La mirada del otro (Críticas) (520)