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Cuando el vampiro pierde los colmillos

Crepúsculo. Catherine Hardwicke, USA, 2008
Por Manu Argüelles



El mito que no cesa. El vampiro sigue acompañando las ensoñaciones ficcionales del cine. Y como buena muestra, dos aproximacionesCrepúsculo recientes en la actualidad que aún pareciendo (y lo son) dos propuestas antitéticas convergen en una misma intención textual. La gran virtud del mito es la carga fuerte simbólica que conlleva, por lo que resulta un útil recurso para trascender el género de pertenencia al margen de la regenerificación que suele darse a partir de ciclos fílmicos. Hablamos de la notable Déjame entrar (Låt den rätte komma in, Tomas Alfredson, Suecia, 2008) ya destacada por Arantxa Acosta y Crepúsculo (Twilight, 2008), reciente lanzamiento en dvd el cual reseña Javier Moral.

Ambas se sirven del vampirismo para narrarnos el tipo de historia de amor imbatible y universal típica en los relatos cinematográficos. Una fábula en apariencia imposible por los condicionamientos extrínsecos que sujetan y condicionan a los amantes. Desde los tiempos inmemoriales de Romeo y Julieta de William Shakespeare, el cine no cesa de reincidir en dicho modelo para mostrarnos unas pasiones bigger than life. El amor puede con todo y es el sentimiento ideal para superar diferencias. En el caso que nos acompaña, mediante la parábola fantástica, nos glosan las vicisitudes que sufren los jóvenes amantes para consumar su amor marcado por unas diferencias que les condenan a vivir en mundos separados. Por lo que ambos films nos narrarán todas aquellas vicisitudes a las que se enfrentan para mantener su amor.

Que el arquetipo del vampiro propulse una historia de amor no es algo nuevo. Si la fabulación del no-muerto fue creciendo a través de viejas leyendas ancestrales como síntoma o manifestación de los medios más atávicos (la rabia, la peste, etc.) fue la literatura romántica del siglo XIX la que le dio consistencia y homogeneidad a la construcción del mito. Ya desde el relato de John William Polidori, The Vampire (1816) hasta el Drácula de Bram Stoker (1897), el amor siempre ha estado de forma más o menos vinculado al vampirismo. Desde el seminal Nosferatu (Nosferatu, eine Symphonie des Grauens,1922) de F.W. Murnau pasando por el casi churrigueresco Drácula de Bram Stoker (Bram's Stoker Drácula,Francis Ford Coppola, 1992) la pasión más allá de la vida y la muerte ha sido uno de los núcleos temáticos principales en los diferentes acercamientos.

CrepúsculoCrepúsculo y Déjame entrar, por tanto responden ambas a esa tradición. Mientras que Déjame entrar se adentra en esa narración romántica de corte fantástico, partiendo desde la absoluta fidelidad a la edificación arquetípica en el ideario colectivo, Crepúsculo parte de la más abyecta traición, para combinar dicho mito arcaico con formas más acordes a uno de los ciclos que parece dominar la moda hollywoodiense: las adaptaciones de cómic. Porque nuestro melifluo protagonista, parece más un superhéroe que un vampiro propiamente dicho. La escena en la que salva a Bella (Kristen Stewart) de ser atropellada por el coche, la exhibición de sus poderes paranormales o el paseo aéreo por el bosque (recordando a Superman y Lois Lane por el skyline nocturno), guarda más relación con el ciclo de adaptaciones de cómic que dominan el panorama blockbuster que el vampiro en sí.

A Déjame entrar coincidiendo con Arantxa Acosta, en cambio, le preocupa crear un determinado tono atmosférico que embargue al espectador para hablarnos de la solidaridad mutua y el afecto recíproco que se crean entre dos seres diferentes excluidos de su entorno. Porque desde la elegancia en la composición de la puesta en escena, desde el trabajo de la profundidad de campo y el tratamiento del espacio ausente, Déjame entrar se convierte en una de las grandes obras maestras del cine de terror precisamente siendo escrupulosamente feligrés en la larga tradición de la leyenda vampírica.

En cambio, Crepúsculo, denota una absoluta falta de imaginación en la construcción de la diégesis fílmica. Conjuga viejos mitos arcaicos como son el de la bella y la bestia, el vampiro mismo o la princesa en apuros salvada por el príncipe al estilo griffithiano (salvamiento en el último minuto) con presuntas maneras modernas que vienen dadas por la configuración formal que dictan los efectos especiales. Así, nuestra comunidad vampírica Kelly family, como en la escena del partido de béisbol, se mueven como si fuesen un animé o un cartoon, se ralentizan las secuencias al estilo publicitario (véase el encuentro amoroso entre nuestros jóvenes amantes, digno de un anuncio rancio de desodorante), se recurre a una permanente fotografía nublada y no se duda en utilizar un sepia que parece sacado de los filtros del Windows movie maker para estetizar las escenas del pasado vampírico.

Esta narración que de tan domesticada está, acaba resultando plúmbea, no obstante, alcanza mi capacidad de sorpresa (perpleja) porCrepúsculo la vía inesperada. Uno puede plantarse ante la pantalla con una evidente sensación de hastío en la recombinación de materiales y formalizaciones estéticas como si aquello que ve fuese un pastiche creado en un laboratorio. Pero lo que no entraba en mis cálculos es que se sirviesen del vampiro para vehicular un discurso a favor de la represión (sexual) y contención. Controlar la voluntad, reprimir los instintos y canalizar una oda a la castidad y la virginidad.

Que la lucha contra el vampiro encierra en sus ciernes un cuento moral, donde el perverso, hedonista y liberado sexualmente vampiro amenaza el status quo, no es algo que se nos escapa. Pero Hollywood en el 2008, en su ánimo de seguir creando franquicias que aseguren rentabilidad económica, no duda en lanzar a su público destinatario todo su arsenal ideológico conservador y recalcitrante, a través de una figura que tradicionalmente simbolizaba la trasgresión a la rectitud más estricta.

De esta manera, el cuento moral sigue imperando, ya que los villanos son vampiros que no controlan sus impulsos. Pero lo que parece no permitirse es que nuestro joven Edward Cullen (Robert Pattison), si adquiere un rol protagónico, debe ser un modelo de freno (sexual) ejemplarizante. No como en Dejáme entrar, donde la escena de la piscina resulta una gratificación al espectador ante la acción asesina de Eli (Lina Leandersson). Desde luego, que en esta destilación perversa de elementos del género de terror, para subvertirlos, sí que Hollywood demuestra un derroche de imaginación.

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