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El largo vuelo del globo rojo

El vuelo del globo rojo. Hou Hsiao-Hsien, Francia, 2007
Por Paula Segovia

 

El vuelo del globo rojo En Café Lumière (2004), Hou Hsiao-Hsien se traslada a Tokio para rendir un homenaje particular al director japonés Yazujiro Ozu y en general al cine. Aquí los personajes en tránsito perpetuo buscan su pasado, que metafóricamente, para cualquier cinéfilo, está en la llegada del tren de Lumière. Ahora el director taiwanés se mueve de Oriente a Occidente, para aterrizar en París, y rendir en esta ocasión un tributo a Albert Lamorisse y su cortometraje El globo rojo (1956), una obra singular de la cinematografía francesa. Cincuenta años después un globo rojo vuelve a recorrer los cielos de París buscando a un niño que le haga compañía en El vuelo del globo rojo (2007).

Tanto la obra de Lamorisse como la de Hsiao-Hsien son las historias de la soledad de la infancia en diferentes tiempos. La primera, ambientada en la estrechez de la postguerra europea, dónde un niño encuentra en un globo rojo a su compañero fiel, causando así la envidia de otros niños. La segunda, cincuenta años más tarde y en el París de los albores del siglo XXI, el globo rojo sigue buscando compañía, cual alma en pena, pero ahora el niño parece huir en un primer momento de su presencia, y el solitario globo pasa a ser una figura tutelar, un guardián de la imaginación y la creatividad. En la ciudad postmoderna el antagonismo de la pandilla desaparece, dejando a Simon (Simon Iteanu) solo, evocando el recuerdo de su hermana ausente como su compañera de juegos mientras pasea de la mano de su cuidadora, Song Fang (Song Fang).

El vuelo del globo rojoAmbas historias están narradas con pausa, valiéndose de un montaje sin costuras y lejos de cualquier golpe de efecto de los que estamos acostumbrados hoy en día en los medios audiovisuales. Por otra parte, sus directores nunca nos dan todas las explicaciones de los respectivos contextos personales y/o familiares de los personajes, lo que nos permite inferir, atar cabos, pero también dejar correr las historia como vistas cotidianas de una ciudad. Postales de París, ante las cuales fabulamos las vidas de sus diminutos personajes. Sin embargo algo que aporta  El vuelo del globo rojo, es el contraste entre la vida adulta y la infancia. La primera contradictoria, compleja y desordenada, mientras que en la segunda aún hay tiempo para jugar en una analógica máquina de  "pinball" o dar una vuelta en el carrusel. La vida está por delante y todavía la podemos soñar.

El vuelo del globo rojoOtro punto de cruce son las referencias pictóricas de las que se valen Lamorisse y Hsiao-Hsien.  En la primera, el niño se encuentra en un "mercado de pulgas" con el solitario cuadro anónimo de una niña de otra época, a la que contempla retratada sola junto a un aro de juego, para luego abandonarla y seguir camino junto a su globo rojo. Mientras Hsiao Hsien hace de este encuentro un cierre, Simon contempla "El Balón", uno de los cuadros más famosos de Félix Vallotton que está en el museo de Orsay, dónde un niño de hace más de un siglo corre detrás de un balón rojo, solo, en medio del claro de un bosque. Inmortalizando así la eterna asociación de la infancia al globo rojo, a lo lúdico de la vida.

El vuelo del globo rojo Hou Hsiao HsienPero Hsiao-Hsien deja sus señas de identidad en este retorno del globo rojo: junto a Simon introduce el ancestral arte de las marionetas chinas en el oficio familiar de Suzannne (Juliette Binoche), su madre, y en el personaje de  Song Fang, su cuidadora, una estudiante de cine taiwanesa que hace su trabajo de estudios sobre El globo rojo de Lamorisse. El cine dentro del cine y cuyo alter ego de Hsiao-Hsien es joven, femenino e inocente. Un viaje a la semilla en la ancestral tradición china unida a la modernidad ilusoria del cine. Posiblemente, un buen compendio de su ser.

El vuelo del globo rojo es parte de una serie iniciada por el presidente Museo de Orsay con motivo del vigésimo aniversario del museo. La idea consistía en unir a cineastas contemporáneos con las obras impresionistas y de art nouveau del museo. El único requisito era que el museo debía de estar presente en la película. Hou Hsiao-Hsien no sólo logra el cometido, pasar la barrera de la obra de encargo, sino que continúa en sus pasos, homenajeando al cine como el padre creador de hermosa criaturas.

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