BAFICI 2010

Por Marcela Barbaro y Liliana Sáez

 

Entre el 7 y el 18 de abril asistimos a la 12ª edición del BAFICI (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente 2010), que presentó en sus doce salas alrededor de cuatrocientos films. Como todo festival, nos ha dejado con las ganas de haber visto más de lo que pudimos. Esa impotencia de ir a contrarreloj y la certeza de haber perdido la única oportunidad para ver muchas de las películas presentadas, se confirma cada año, en cada edición. Sin embargo, hemos asistido a varias funciones propuestas por las distintas competencias, centrándonos con mayor preferencia en la Internacional por razones obvias: EL ESPECTADOR IMAGINARIO se lee en alrededor de sesenta países de todos los continentes. Y por otra parte, hemos querido enfocar también nuestra atención sobre las películas hispanoparlantes, aunque la tentación nos distrajera la mirada hacia las orientales. La razón por las que las hemos dejado pasar ha sido porque también estaremos cubriendo el BAFF 2010 (Barcelona Asian Film Festival), que orienta su mirada hacia el cine de esa región.

De las películas vistas, podemos extraer algunas conclusiones: que ha sido posible ver films con un amplio respaldo de la crítica internacional y de otros festivales; que algunas de las cintas amparadas por la etiqueta de "independientes" no han llenado nuestras expectativas; que el cine latinoamericano muestra una gran vitalidad y renovación, lo cual nos llena de alegría, pues nos permite actualizar la visión negra descrita en el panorama que ofrecimos meses atrás. Ya no veremos imágenes miserabilistas de una geografía olvidada de la mano de dios, sino que encontraremos entornos populares, cuyos protagonistas han tomado conciencia de su condición y pueden vislumbrar una posible salida hacia una nueva forma de vida.

También notamos un rasgo en común y una cierta tendencia en la programación, que responde a la falta de límites precisos y evidentes entre el registro del documental y la ficción. Si bien el documental juega como la bisagra entre la verosimilitud y el realismo, esa frontera se encuentra indefinida en films como Alamar, la película ganadora del Bafici, El olvido, La quemadura, Paraíso, Cuchillo de Palo y The Anchorage, entre otras. No vemos ni presenciamos imágenes de una realidad en proceso de ordenación, ni fragmentada a través del montaje. Por momentos, las imágenes parecen tomadas de la realidad y, en otros, manipuladas por una puesta en escena. También hemos notado que la línea entre la temporalidad de la ficción y la atemporalidad narrativa del documental se difumina. Lo que se vivencia, antes esos films, es la materialidad de esa realidad concreta y vívida. Tampoco se percibe un discurso narrativo que ficcione completamente la realidad frente la cámara. ¿Los personajes interpretan a alguien o son ellos mismos?  ¿Si la cámara no estuviese encendida, la acción registrada transcurriría igualmente? ¿Se confunde la función retórica de la ficción con la función referencial del documental? Ciertamente es un dilema. Tal vez, haya algo de ambigüedad o de necesidad de desclasificar esos límites y liberar al género y sus formas discursivas. Sin embargo, en la historia del cine, la ficción ha tratado y trata de imitar la realidad y orientarse hacia el verosímil fílmico, mientras que el documental ha querido y quiere destruir esa realidad, enmascarándola, para poder reinterpretarla. Sobre ello, el cineasta Leos Carax afirma: Lo que da miedo en el cine es la libertad absoluta de escribir la vida.

Para la inauguración del festival se exhibió un film argentino: Secuestro y muerte, de Rafael Filippelli, que no alcanza cotas de obra artística ni de documento de valor testimonial, sino que es una simplificación burda y maliciosa sobre el pasado argentino de los 70 y sus protagonistas. En el cierre se proyectó Los condenados, de Isaki Lacuesta, otra revisión del pasado latinoamericano, filmado por uno de los realizadores españoles de creciente renombre. No es ingenua esta elección. Nos queda resonando la sospecha de que tales films parecieran haber sido escogidos por sus implicancias políticas actuales, lo cual sería una lástima, porque éste no es el ámbito para dirimir diferencias domésticas.  Sin embargo, el balance es positivo, sobre todo por el evidente espacio que va ocupando el cine latinoamericano en la grilla del Bafici y por esta inclusión de películas que rompen las estructuras del documental para imponer un género híbrido que les da un lugar privilegiado en este tipo de festivales. Ahora queda dar el siguiente paso. Conseguir la distribución de películas de la región, como Alamar (México), Zona Sur (Bolivia), Paraíso y El Olvido (Perú), El vuelco del cangrejo (Colombia) y Os famosos e os duendes (Brasil), que nos muestran una realidad que es común y sus búsquedas estéticas poseen un alto nivel. Tienen algo para decirnos.

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