Ken Russell, un autor políticamente incorrecto

Por Liliana Sáez

Cuando el reto es escribir sobre el musical de autor, lo primero que viene a la mente es el cine de Martin Scorsese, con su intervención lateral en Woodstock (1969) y aquella despedida en The Band (1978), donde se cerraba una época, a partir de la cual el rock recorrería nuevos derroteros. Además de ese largometraje señero dentro del género, Scorsese ha aportado dos nuevos documentales que, con el tiempo, cobrarán un mayor significado dentro de la historia del cine musical: No Direction Home (2005) y Shine a Light (2008). Aunque la tentación de adentrarnos en estas obras significativas sea grande, lo dejaremos para otra oportunidad, pues es más tentador inmiscuirnos en la filmografía de otro director, que ha dedicado gran parte de su esfuerzo a recrear la vida de grandes músicos desde una mirada que ha conseguido tanto el fanatismo de sus seguidores como el odio de sus opositores. Hablo de Ken Russell.

Los años setenta guardan su obra magnífica (de magna: grande), dedicada a personajes como el ruso Piotr Ilich Tchaicovsky, el austríaco Gustav Mahler o el húngaro Franz Liszt. Una obra que se desmadra por su ánimo caótico, transgresor y polémico, a través de una estética alucinante, como correspondía al espíritu de la época. Tanto, que sus películas han sido consideradas pretenciosas, barrocas, obsesivas, bizarras, así como también ofensivas por irrespetuosas.

Ken Russell no surge en la década de los setenta de la nada. Ha dedicado los años anteriores a componer documentales sobre músicos clásicos para la BBC de Londres. Y no sólo ha dejado una importante filmografía televisiva con retratos de los más consagrados músicos, sino que es el responsable de la renovación del documental británico. Ha legado mediometrajes sobre distintos compositores: el ruso Sergei Prokofiev (Prokokiev, 1961), el húngaro Béla Bartók (Béla Bartók, 1964), el francés Claude Debussy (The Debussy film, 1965) y el británico Frederik Delius (Song of Summer, 1968). También ha filmado un estudio de la danza (The Light Fantastic, 1960), una entrevista a la legendaria bailarina y profesora Marie Rambert (Marie Rambert, 1960) y un documental dramatizado sobre Isadora Duncan (Isadora, 1966).

Elgar, de Ken RussellHe dejado para el final de esta etapa dos obras que merecen nuestra atención: la primera de ellas, Elgar (1962), donde rescata la figura del compositor británico, que había caído en el olvido, desde su muerte, en 1934. A pesar de las restricciones impuestas por la BBC (prohibición de dramatizar al personaje, filmar en planos generales), Russell negoció la utilización de actores, con la condición de que el que representara a Elgar no hablaría, con lo cual, le quedó explotar inteligentemente los limitados recursos con que contaba. Así que el film se constituyó en la comunión de la música del compositor británico y las imágenes maravillosas de Ken Russell. Al incluir aspectos dramáticos para relatar su vida, el director estaba modificando las convenciones del documental, imprimiéndole aires nuevos y un estilo que aún perdura en el género. El éxito de Elgar significó la llave que le abrió las puertas del cine, donde dirigió una extensa filmografía, como dijimos, amada y defenestrada. Ya vamos hacia allá.

Antes, me gustaría referirme al otro documental de la etapa televisiva: Dance of the Seven Veils (1970), una controvertida parodia sobre Richard Strauss. Si bien los herederos del compositor alemán pusieron el grito en el cielo y lograron, no sólo que no se volviera a emitir ese capítulo, sino que permaneciera prohibido hasta el presente, en este film, Ken Russell se asoma ya sin rodeos al estilo que caracterizará sus futuros largometrajes: el exceso, la provocación, la transgresión, a través de ingredientes infaltables en sus historias, que contemplan los coqueteos políticos con el nazismo, los devaneos amorosos, las fantasías sexuales, las peleas con maridos celosos...

The music lovers - películaBasándose en la correspondencia entre Catherine Drinker Bowen y Barbara von Meck, el guión de Melvyn Bragg encuentra en manos de Ken Russell y en la dirección musical de André Previn, la magia necesaria para humanizar a Piotr Illich Tchaicovsky  (Richard Chamberlain) en The Music Lovers (1970). La infancia, la vida al lado de una esposa ninfomaníaca (Glenda Jackson), la relación homosexual con el conde Chiluvsky (Christopher Gable), el amor platónico con su mecenas Nadezhda von Meck (Izabella Telezynska) y el fin de sus días, son narrados a través de una serie de flashbacks musicalizados con obras del compositor y osadas imágenes oníricas con un tono romántico. Una de sus secuencias, la relación entre Tchaikovsky y Rubinstein, presenta una línea semejante a la que será explotada en la enfermiza relación entre Mozart y Salieri en la magnífica película de Milos Forman, Amadeus (1984). Como todos los biopics de Russell, éste recibió la crítica defenestrante por la falta de rigurosidad histórica. Es que, si algo define al autor, es la utilización extrema de la licencia poética.

En 1970 encara su próximo reto, llevar a la pantalla grande la comedia musical de Sandy Wilson, The Boy Friend, éxito en las tablas, en 1954, que impuso a Julie Andrews en Broadway. La versión fílmica enriquece la historia original con el añadido de la presencia del cine en el teatro y un conflicto originado en el reemplazo de la protagonista teatral (Glenda Jackson) por una tímida actriz primeriza (la modelo Twiggi, que obtuvo por este papel el reconocimiento con dos Globos de Oro). La música original fue adaptada por Peter Davies y la estética del film, aunque pretenda desmitificar el brillo de Broadway, celebra por momentos la puesta en escena de las clásicas coreografías de Busby Berkeley.

Mahler, película de Ken RussellPasarían cuatro años y algunas ficciones dramáticas para que Russell volviera al redil del musical. Esta vez para otro biopic, Mahler (1974), que catapultará a la fama a Robert Powell como actor. A través de una serie de flashbacks originados por los recuerdos de un Mahler viajero, nos desplazaremos por una obra melancólica, que indagará, también a través de escenas oníricas, la infancia del compositor, su conversión al catolicismo, su fracasado matrimonio y la desgracia de la muerte de su hija. Si Russell hasta ahora había desbarrancado su imaginación en los desbordes mentales y sexuales de sus personajes, en este film añade un ingrediente que repetirá más adelante en Lisztomanía (1975), el elemento político. Porque incluirá entre sus personajes a Cósima, hija de Liszt y esposa de Wagner, para incluir el componente nazi en un discurso que se venía decantando, más bien, por el sufrimiento silencioso.

Lisztomania - Ken RussellY Mahler nos lleva a Lisztomanía. Cósima le dio pie a Russell para desbordarse, literalmente, en la historia de la relación musical entre Liszt y Wagner, que tendrá entre sus lineamientos varios aspectos: la lucha entre el bien y el mal, la música clásica y el rock, el surgimiento del nazismo y su contaminación en la música..., todo ello regado con innumerables fantasías sexuales. Ya no hay nada que detenga a Ken Russell. Su ánimo extrovertido, su fanatismo, su poder creativo se ha salido de marras, exacerbando las imágenes, exagerando los hechos, extremando los enfoques, avivando los colores e intensificando la música. Las adaptaciones de la música de Liszt y de Wagner corrieron por cuenta de Rick Wakeman, lo que es ilustrativo del tono del flm. Ya no hay límites que lo contengan, la presencia de un Papa (Ringo Starr), de un zombie (la reencarnación de Wagner) o un cohete (donde huye Liszt) son elementos estrafalarios en una historia de por sí paroxística. Como curiosidad, vale la pena anotar que Lisztomanía fue el primer film que se exhibió con el sistema Dolby Stereo.

Tommy - Opera rockDel mismo año es la abiertamente lisérgica Tommy (1975), producto evolucionado de lo que hemos visto hasta ahora, y no lo digo solamente por su estética, que será tan o más desaforada, sino también por el agregado de una nueva temática, que ha sido esbozada en sus anteriores películas y aquí cobra real protagonismo: la religión. Ópera rock, contemporánea a Jesucristo Superstar (Norman Jewison, 1973) y basada en el cuarto álbum de The Who, cuenta la historia de un niño que se queda sordo, ciego y mudo luego de presenciar el traumático asesinato de su padre. Ken Russell lleva esta obra a la gran pantalla, sin diálogos, con música adaptada por el propio Peter Towshend. La presencia de músicos destacados como Eric Clapton (el predicador venerador de Marilyn Monroe), Tina Turner (la Reina del Ácido) y Elton John (el campeón de pinball) y sus actuaciones como los personajes que intentarán sanar a Tommy, le darán pie a Russell para que hable de sus constantes obsesiones sobre el sexo, la religión y la existencia, así como su lucha en contra de la intolerancia y el fanatismo.

Hay escenas de su filmografía que permanecerán en el imaginario de sus espectadores: la obertura onírica de The Music Lovers, donde los personajes que rodean al Tchaicovsky pasan a su lado, intentando fagocitarlo; la lánguida figura de Twiggi en la inmensidad del escenario teatral en The Boy Friend; la desconsolada sensación de "orfandad" en que Mahler se sumerge tras la muerte de su hija; la desopilante decoración del cuarto de Liszt donde el teclado del piano se reproduce de manera excesiva... ¿Qué digo? Excesiva... excesiva es cada una de las escenas de Tommy. Para muestra, esa especie de ataúd lleno de jeringas con LSD con que la Reina del Ácido pretende curar al joven.

Un universo alucinante es lo que ofrece la veta creativa del director británico. Desde lo más austero (Elger) hasta lo más paródico (Lisztomanía), pasando por un romanticismo exacerbado (The Music Lovers) y una melancólica mirada sobre la existencia (Mahler), para arrojarse al río desbordante del caos transgresor y polémico (Tommy), su obra nos deja atravesados por la sensación de que la música sublime de estos compositores fue generada por vivencias, que si no reales, han sido magistralmente representadas por un Ken Russell más que vivificante.

Si me han seguido hasta aquí, les prometo que en el próximo número de EL ESPECTADOR IMAGINARIO encontrarán una reseña sobre un pequeño tesoro que hemos encontrado a partir de esta investigación. Por cierto, se preguntarán a qué viene el párrafo inicial, donde pensaba extenderme a lo largo de la obra de uno de los directores más serios y reconocidos del planeta. Es que había escogido el camino correcto, pero a poco de iniciar el recorrido, me desbarranqué y me encontré con uno de mis cineastas favoritos.

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