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Jugar a ser Dios

El lector/The Reader. Stephen Daldry, USA, 2008
Por Marina Villelabeitia


Basada en la novela Der Vorleser (en alemán, literalmente "el lector en voz alta"), escrita por Bernhard Schlink y publicada en 1995, The Reader está ambientada en Alemania, durante la Segunda Guerra Mundial y no sólo trata sobre el holocausto, sino también del conflicto generacional de posguerra y la forma en la que han de ser juzgados los culpables.

Un joven estudiante secundario es auxiliado por una desconocida que le dobla en edad, con quien comenzará un romance intenso y fuera de toda normativa social. Una vez finalizada la guerra, volverán a reencontrarse y descubrirán que ambos son cómplices de un secreto que explica muchas situaciones, pero que no alcanza para redimir el peso de las culpas compartidas, ni para revivir el pasado, ni para recuperar el amor.


El Lector es una película de oscuridades luminosas. Luces y sombras del alma humana. "El horror", al decir del Coronel Kurtz en El lectorApocalypse Now...

Una excusa para hablar de la dignidad (y su contraparte, las miserias) y de las variables del amor: las clases de amor, las clases de personas que pueden sentirlo y el límite entre lo correcto y lo incorrecto que se esfuma en los ojos de quien ama.

Nos habla también de las pérdidas: del tiempo y el lugar perdido por dos seres desencajados que han extraviado su eje, pero no se han dejado ir, no se han soltado.

Hasta allí, una historia de tantas, humana, individual, de encuentros y desencuentros.

El relato se desmesura cuando esta trama individual se cruza con otra historia colectiva de hilos más densos, más tensos, que es utilizada como catalizador para polarizar expiaciones que no han de ser porque no pueden ser. Nada más difícil que el autoperdón.

El banquete servido es pantagruélico: del drama pasional al drama ético, de los derechos individuales (amor, educación, cultura) a los derechos humanos, del juicio social costumbrista al juicio universal ante el genocidio.

El lectorEl director nos tienta, nos ofrece permanentes atajos y desvíos, fondos y figuras, árboles y bosques para ponernos a prueba y aparentemente, perdernos u obligarnos a elegir.

Nos ofrece múltiples relatos anidados en un guión hecho de muñecas rusas, unos dentro de otros, que se van desnudando, espejando a medida que avanza la cinta.

Los espectadores no atinamos ni queremos tomar partido. Quien esté libre que tire la primera piedra...

Y los personajes ofrecen resistencia.

En sus férreas posiciones son, paradójicamente, el material maleable del que se vale el director para sorprender al espectador en cada encrucijada en que éste cree intuir una reconciliación cicatrizante.

Es que los hechos de la historia posterior relativizan emociones, adhesiones, sentimientos...

Expuestos al juicio de valor de la razón comienzan a desdibujarse los límites entre el bien y el mal, lo correcto y lo incorrecto, la responsabilidad individual y la obediencia debida, los sentimientos y las ideas, lo subjetivo y lo objetivo.

La cortesía del guión, que se agradece, ha sido la de no torturarnos con sermones culposos, ni aligerarnos con discursos moralistas o dogmáticos agazapados tras el dedo acusador que señala a otros allí donde se llega al hueso y cuando fácilmente, sin timón firme, cualquiera hubiera descarriado.

Es una película de riesgos.

Hay de todo: pasión, sensualidad, inocencia juvenil, moral individual tensada con la conciencia ética colectiva, la de un pueblo, el alemán, sometido al juicio humano universal como única salida para la expiación y el renacer.

La imagen del ave fénix planea en toda la película: esa certeza de que a veces, para purgar el pasado, las culpas y las vergüenzas sólo queda la inmolación con un fuego redentor que limpie y sane.

A algunos les tiembla el pulso, sensación que experimenta el personaje principal: la lealtad al amor juvenil no era tan eterna, ni tan blindada, ni tan leal.

Se debate en un duelo moral muy bien contenido en el desempeño del actor principal, Ralph Fiennes.

Hanna en cambio (soberbia en su actuación Kate Winslet), con un primitivismo y rigidez de principios que no admiten cuestionamientos, pareciera no entender nunca dónde reside lo incorrecto de su actuar.
Descolocada entre el deber y la vergüenza en todas las situaciones de su vida, es en la escena del final donde siente por primera vez hacer lo correcto y encuentra, al fin, su no-lugar.

La niñita sobreviviente convertida en la voz de su conciencia, el personaje interpretado en su adultez por Lena Olin, tampoco se deja sucumbir.

Ella se niega a conceder el perdón. Los campos de concentración no han sido un parque de diversiones: no se entra y se sale como quien va de paseo. No.

Ella, nosotros, el director, el resto de los personajes saben que en el fondo ni las palabrerías sensibleras ni las sobreactuadas redenciones del final podrán aligerar la angustia y la carga... pues no habrá nunca dónde ponerla.

Cada cual llevará por siempre la parte que le corresponde.

Estas escenas y el duelo verborrágico y actoral que significan dejan un profundo sabor amargo en el espectador, pero son el remate necesario para que la historia, donde debiera aterrizar, despegue.

Y planee libre en la conciencia de cada cual, sacando conclusiones, evaluando qué hubiera hecho en esas situaciones, cómo se limpia semejante telaraña cuando la historia individual de dos personas que se pierden no podrá jamás volver a conectar para encontrarse, pues adquiere la dimensión colectiva del horror plantado en las puertas mismas del abismo humano.

Aún en la profunda incomodidad de las conciencias, cada protagonista sabe que tiene que irse y dejar partir para que la herida, que al decir de Stalin ya no es una tragedia (individual) sino una estadística (colectiva), pueda al fin sanar.

Es extraño el descolocamiento. No hay cuándo. Tampoco dónde.

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La mirada del otro (Críticas) (520)