Críticas

Silva custodit

Misericordia

Miséricorde. Alain Guiraudie. Francia, España, Portugal, 2024.

Los bosques son lugares cargados de cierta importancia a la hora de entablar un cuento. Quizás se deba a que, desde un punto de vista cultural, las historias del pasado se habían desarrollado a través de la distinción entre lo humano (la ciudad, el pueblo, las instituciones) y lo salvaje (la naturaleza, lo que está más allá de los bordes trazados por las casas y los campos). Funcionan, entonces, como espacio que permite acceder a un conjunto de problemáticas que se refieren a nuestra misma manera de ser : personas civilizadas, por supuesto, que surgen (Darwin docet, y no solo él) de la realidad sin moral de lo natural, lo que permite hablar de una lucha por la supervivencia que va más allá de lo que podemos aceptar dentro de nuestras ideas éticas (que, por supuesto, forman parte ellas también de la naturaleza, ya que todo es lingüísticamente “natural”). Los bosques representan, en consecuencia, lo que dejamos atrás, hace milenios, cuando nos alejamos de ser simios incapaces de hablar para convertirnos en simios capaces de hacer fuego con leña (que, por supuesto, viene de los bosques – ¿acaso ya veis la dualidad indisoluble de la civilización y de lo incivilizado?).

Los bosques (franceses) son también el lugar donde se esconden los deseos más violentos, los de un cambio radical en nuestra manera de ser que se aleja de lo que se supone ser la normalidad. O, más sencillamente, los bosques (franceses, repetimos, pero podrían ser de cualquier parte del mundo) son la representación de los deseos de los que mejor sería no hablar, los que salen de la normalidad de lo que la civilización nos empuja a aceptar. Y no, no es una simple cuestión de deseos sexuales, presentes, por supuesto, pero no tan necesarios, sino de deseos de carácter también mental, ya que la satisfacción de nuestras necesidades corporales se une a la necesidad de reconocer la presencia de algo más bien psicológico, de aquella forma mental que se reverbera en la presencia de una constitución típicamente biológica (o sea cómo funciona nuestro cerebro, en su relación con la voluntad de no quedarnos solos y de reconocer la presencia de las hormonas). Es una cuestión, probablemente, de analizar lo que efectivamente resulta (¿resultaría?) imposible de aceptar dentro del andamiaje de reglas que permiten la presencia de la “sociedad”, de la “civilización”.

El deseo, entonces, que se desarrolla dentro del filme de Alain Guiraudie es aquel tipo de sensación que se inserta dentro de un discurso de normalidad y que vuelca las estructuras con las que lo civilizado puede seguir existiendo. Desear no es un problema, de por sí, sin embargo la necesidad de alcanzar nuestro objetivo es tal que se deshace (a veces) de cualquier elemento de moralidad, de lo ético, de lo aceptable. ¿Somos no solo esclavos de nuestros deseos, sino también de una hiperracionalización de nuestras mismas acciones, para que, en el acto de convencernos de lo que es, efectivamente, un acto negativo nos podamos absolver de cualquier tipo de pecado? Los secretos se comparten entonces no para que se cree una cábala de conjurados, sino por reconstruir la forma de una (mini)sociedad que se apoya en la comprensión mutua del silencio, algo que, por supuesto, solo puede darse cuando abrimos los brazos para acoger en nosotros el valor del deseo, de lo que queremos que nuestro sea y que nuestro quede, hasta a costa de tener que perder a otra persona.

Misericordia es un filme que no tiene un final claro y que, por esta razón, nos deja con una sensación de malestar. Si bien la concatenación de los eventos es tal que todo tiene sentido desde un punto de vista narrativo, es la mise en scène de la presencia de un discurso de carácter ancestral (psicológico, biológico) que nos lleva a tener cierta dificultad en aceptar no tanto el filme, sino su análisis de lo que está fuera de los bordes de la pantalla (o sea nuestra presente realidad). El deseo sexual, entonces, de carácter homoerótico va más allá de los valores típicos de su género, y pone de manifiesto la capacidad del director de entablar un discurso que en lo reducido que es su espacio se abre ante la infinitud de lo globalmente humano. El bosque no es lo que está fuera, lo que representa la anormalidad, sino que se convierte en el acto mismo de reconocer que hay “algo más” del que no queremos hablar. Y, en este discurso, la muerte, la mentira, la damnatio y el arrepentimiento se mezclan con la pregunta de lo que es, efectivamente, el conjunto de motivaciones que nos empuja a que sigamos viviendo.

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Ficha técnica:

Misericordia (Miséricorde),  Francia, España, Portugal, 2024.

Dirección: Alain Guiraudie
Duración: 104 minutos
Guion: Alain Guiraudie
Producción: Charles Gillibert
Fotografía: Claire Mathon
Música: Marc Verdaguer
Reparto: Félix Kysyl, Catherine Frot, Jacques Develay, Jean-Baptiste Durand, David Ayala, Sébastien Faglain, Tatiana Spivakova, Salomé Lopes

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