Críticas
Ante tinieblas, magia
Bird
Andrea Arnold. Reino Unido, 2024.
La directora británica Andrea Arnold ya ha plasmado en su filmografía dramas protagonizados por adolescentes. Lo hizo en Fish Tank (2009) acerca de una joven solitaria de 15 años con una madre que apenas se ocupaba de ella. También en la adaptación de la novela de Emily Brontë Cumbres borrascosas (Wuthering Heights, 2011). En esta ocasión, con Bird, vuelve de nuevo a la temática con Bailey, una chica de 12 años. Reside en un barrio pobre de Inglaterra y pertenece a una familia desestructurada. Vive con su padre y su hermano mayor en un edificio ocupado. La problemática edad que atraviesa, añadida a una postura rebelde frente a imposiciones que cree que atentan a su dignidad, acrecientan su desubicación existencial. Carece de amigos, se enfrenta constantemente con su progenitor y es apartada del grupo de compañeros de su hermano por su menor edad y por su género. Pero conoce a Bird, un chico extraño que viste ropas de mujer, que destila dulzura, que ama las alturas y que anda en búsqueda de sus raíces. Entre ellos se producirá una sorprendente unión de la que ambos saldrán fortalecidos.
Este largometraje de crecimiento personal pertenece al ámbito de películas que se ocupan de los marginados sociales. Arnold conforma el panorama de una sociedad enferma de egoísmo, carente de sentido de la responsabilidad hacia sí misma y sus menores. El caos hogareño, que se traslada a cualquier espacio, se impone. Pero si su compatriota Kean Loach destaca por denunciar explícitamente injusticias sociales, la autora se limita a mostrar, sin que parezca juzgar. Y si Loach es heredero del cine realista europeo y destaca por su crítica e inconformismo con las condiciones de vida de la clase trabajadora, a Arnold podríamos encuadrarla en el espacio de un neonaturalismo por el cual las acciones de los individuos están determinados por sus condiciones sociales y naturales. Los personajes son herederos de la degradación de su entorno, del deterioro estructural y de una violencia silenciosa e interiorizada. Nos ofrece una galería de seres profundamente anómicos producto directo de las desigualdades y la crisis de valores. Pero además, como marca identitaria y paradójica, es capaz de edulcorar las tragedias con dosis de optimismo acompañadas del apoyo de ciertas escenas de realismo mágico que resultan conmovedoras en los momentos más duros de supervivencia y que dejan margen para respirar. Como los hermanos Dardenne, la autora elige a los desheredados en su invisibilidad, desde el afecto, para enfocarse no solo en sus miserias sino también en sus afectos y en sus sueños.
Arnold, al igual que Luc y Jean Pierre Dardenne, recurre a una cámara nerviosa para describirnos este universo. Los gritos, la música, los desplantes son captados con destreza para perfilar el caos reinante. Pero también cobra protagonismo el plano secuencia, especialmente en las tomas dedicadas a las idas y venidas con el transporte familiar, con un patinete eléctrico que sirve tanto para un roto como para un descosido. Pero no podemos omitir los primeros planos que encuadran al personaje principal, a Bailey, verdadero eje de la narración. La chica, a su corta edad, ya tiene que funcionar como una superviviente que debe capear al mismo tiempo la insensatez de su padre como la irresponsabilidad de su madre en el trato y cuidado tanto de ella como de sus hermanos más pequeños. Aquí, para los adultos lo que prima es el goce del instante, la búsqueda de sensaciones y relaciones que satisfagan en el aquí y ahora, sin que importe o dejando en segundo plano el bienestar físico o emocional de los menores a su cargo. Como viene manifestando Jaume Funes, psicopedagogo especialista en los problemas de exclusión de los más jóvenes, el mayor número de maltratos infantiles parecen situarse en la actualidad en las viejas y nuevas conflictividades familiares.
Si el hogar se presenta para Bailey un lugar inhóspito en el que el hacinamiento sobrevenido o no se impone, la calle supone para ella una infinita reserva de potencialidades para existir de otra manera, tornándose en el crisol de actos mágicos imprescindibles para suspender la violencia cotidiana con improbables sueños heroicos. Porque hasta el momento no hemos hablado de Bird, el joven protagonista que aparece en la vida de la adolescente como fábula necesaria para arrastrarse por el desolador presente. Bird, una especie de trasunto de Ethan Edwards, del personaje de John Wayne en Centauros del desierto de John Ford (The Searchers, 1956). Aquel que aparece en el momento oportuno, que sorprendentemente aparenta resolverlo todo o casi todo con su intervención y tras ella, vuelve a desaparecer de un microcosmos que no es el suyo. Unos por el salvaje Oeste y otros por los barrios de Kent. Bird, interpretado por Franz Rogowski, resulta un personaje cuya ternura desarma aterrizando con calma en un mundo en el que la tensión puede explosionar en cualquier momento. También destaca la actuación de Nykiya Adams como Bailey exhibiendo valentía en ese camino repleto de amargura e impotencia rebelde. Y por supuesto, igualmente es reseñable la interpretación de Barry Keoghan como su padre, un hombre hiperactivo y cariñoso pero en la búsqueda prioritaria de su propio placer.
Bailey, en su forma blanda de resistencia, debe enfrentarse a su identidad dentro de un cuerpo que funciona como enigma, como tierra sin explotar y límite incierto, a veces ajeno y extraño. Un cuerpo desplazado al que le cuesta relacionarse y situarse en la sociedad y que tiene que echar mano de esa capacidad de resistencia pasiva para bailar con el entorno. Se encuentra obligada a atravesar un proceso complejo de acceso prematuro a la edad adulta mientras debe encontrar su afirmación identitaria desde el retraimiento. Como las adolescentes de Alice Rohrwacher en Corpo celeste (2011) o El país de las maravillas (Le meraviglie, 2014), Bailey intenta localizar su lugar en un entorno hostil o cuanto menos duro evadiéndose mediante la contemplación o la fantasía. Y por supuesto, situados en la actualidad, en la contemplación también participan las grabaciones con su móvil, única arma de defensa que, por otra parte, posee. Ni más ni menos que una adolescente en busca de su espacio y que al tiempo está obligada a habitar en aquellas realidades de pobreza tanto económica como racional que constituyen un lastre en este universo consumista que no encuentra razón alguna que justifique su continuidad.
Volviendo a los adultos que se pasean por el largometraje, sobresalen por su tendencia irrefrenable de vivir el inmediato presente (la inmediatez, el presentismo). La pulsión moldea sus conductas sin que se planteen moralidades o adecuación a códigos heredaros. Solo responden a su albedrío hedonista que prevalece sobre todo lo demás. En la intensidad del instante se compra un sapo para que escupa baba alucinógena y permita pagar una boda intempestiva o se retoza a pierna suelta olvidándose de que hay tres críos de los que ocuparse. Matrimonios fugaces, embarazos no deseados o jóvenes que únicamente conocen como arma de defensa la violencia. El descontrol, el exceso y el sinsentido atrapan a la mayoría de personajes que pueblan los territorios que la directora va recorriendo en este filme. Unos seres que ya no esperan nada y que vegetan, que no tienen capacidad para alcanzar metas ni las buscan. Lo asombroso es que entre tanta amargura, crudeza y mezquindad suburbial, Arnold, volcada con empatía por sus personajes inestables, logra encontrar belleza escarbando en el dolor.
Tráiler:
Ficha técnica:
Bird , Reino Unido, 2024.Dirección: Andrea Arnold
Duración: 119 minutos
Guion: Andrea Arnold
Producción: Coproducción Reino Unido-Francia; House Productions, Ad Vitam Production, arte France Cinéma, Pinky Promise, FirstGen Content, Access Entertainment, BBC Film, BFI
Fotografía: Robbie Ryan
Música: Simon Astall
Reparto: Nykiya Adams, Barry Keoghan, Franz Rogowski, Jasmine Jobson, James Nelson-Joyce, Joanne Matthews, Rhys Yates, Jason Buda, Frankie Box