Críticas
Un mundo reducido a la supervivencia
Vermiglio
Maura Delpero. Italia, 2024.
Drama sencillo y delicado; cocido a fuego lento en sutilezas, expuesto al ritmo de un humilde pueblo italiano ambientado en el final de la Segunda Guerra Mundial.
La región alpina del Trentino alberga un pueblito llamado Vermiglio. Allí vive una numerosa familia encabezada por un maestro. De la guerra, como desertor retorna Pietro, quien se casa con Lucia. Ni bien culmina el conflicto bélico, debe retornar a Sicilia para solucionar algunos asuntos. La vuelta se dilata, el porqué de su ausencia calará hondo en la esposa y su familia.
El costumbrismo impregna alternativas de época digitadas por un severo paterfamilias oculto tras el aparente refinamiento de la educación, por cierto, bastante contrastante con el mundo del campo. Retrato de la mujer en situación, desnuda el rutinario calendario de supervivencias ante lo intangible: Dios, la pobreza, el abandono, la muerte. La ausencia de explicitaciones se une a la falta de contundentes explicaciones acordes a tránsitos traumáticos, Ada y Lucia experimentan el peso del mandato religioso.
Si bien, ningún tema está desarrollado con la amplitud y profundidad que amerita, la pureza se vuelve machacona, insistente en la jerarquización de momentos proclives al cuestionamiento social apenas insinuado en el comportamiento de la prole.
Vermiglio es una pieza ceñida a la reprobación del deseo, una oda al papel sumiso y dependiente de la tradición. Todo está sugerido entrelíneas, como si la sofocación de las intenciones alcanzara al “pudor” del espectador. Escenas de autocastigo justifican el retorno al “pecado” en un ambiente contaminado de rituales, necesarios a la autovaloración de un pueblo ciego a las motivaciones de la naturaleza. La transgresión en la adolescencia cobra vida en la figura de Ada y sus sanciones, donde el excremento de pollo va cobrando el valor de la gradualidad según límites autoimpuestos.
La vida y la muerte llaman a la entrada y salida de vidas condicionadas a un destino posible por lo esperado, retrato de una época de multiplicación necesaria a la producción y el contento de Dios. En ese contexto, Lucia introduce la nota rebelde en el malestar de la depresión. El ánimo decae ante la pérdida afectiva, no del hijo, sino del marido. El descuido delata fragilidad, pero también reivindica el derecho al sufrimiento que evita las funciones. La maternidad queda de lado por fuerza de los hechos; una forma de rebelión contra el sistema de cuidados. La mujer es ser humano pasible de evasión de sus “deberes”, la atención se desplaza a la posibilidad de flaquear ante la crisis.
Delpero va diseminando pistas. La relación de Virginia y Ada, la confusión está en el detalle; la cama, los brazos adolescentes se entrelazan en breve momento, no alcanzamos a ver los rostros, aunque sí la penitencia. La transgresión no está disponible al espectador, la vergüenza impregna la cinta de imágenes contenidas en la cercanía breve y distorsionada de las relaciones.
Un paisaje de sensibilidades inconexas satura la escena, hay reglas para los acceso. Lucía condiciona a Pietro, la promesa surte efecto: primero el matrimonio, luego el placer. El mundo, encorsetado en tradiciones y decisiones paternas, reluce ante las decisiones de un maestro que condiciona los deseos.
Ada es la rebelión oculta en la culpa; Lucia, el padecimiento que añora a su amado; Dino, el enfrentamiento entre hombres, la testarudez que contradice desde la acción que produce enfrentamiento por oposición al juicio del padre (destruye el boletín de calificaciones).
Planos generales, extendidos en el tiempo, matan la esperanza. En medio de la pobreza y la rutina, el gélido paisaje denota la grandiosidad y hostilidad de un contexto que cae aparatosamente sobre los lugareños. Es el destino fijado por Dios, “predestinación” que ejecuta movimientos entrelazados en la maniobra, silencios que impulsan la aceptación de la norma, precondición para un orden que asigna falsas seguridades al diario vivir.
Todo permanece en su lugar. La paciencia agota los momentos, la muerte asoma teñida de contradicciones, el pecado se asocia a la ilegalidad en la clandestinidad de un matrimonio ignorado. El juicio y la condena se funden en una crisis que no a todos afecta por igual; Lucía se agota en una mezcla de tristeza y desilusión, ignora su rol de madre. La comprensión gana terreno, la moral se desvanece.
Vermiglio esboza una trama que sugiere serenidad en medio de la “tormenta”. La primera parte es lenta, la segunda acelera los detalles en aras de movilizar al espectador, aunque sin desbordar el esquema que asegura los puntos de referencia. Muestra que acerca los poderes de un marco que resguarda la continuidad por el adiestramiento perpetuo. La matriz se sumerge en los sobrevivientes de una debacle emocional que adormece el prejuicio y altera voluntades.Todos colaboran en la recuperación del alma dañada, conmemoración de un detalle alertado por modos típicos de resolución. La defensa del niño condiciona el rescate, Lucia debe ser salvada de su propia y renegada inercia.
La excelsa fotografía destaca la amplitud que condiciona el paisaje; anuncia las márgenes de una contingencia tan inesperada como irresoluta. Pietro expone su alma a la ausencia del escarnio; Lucía sufre en la confusión de la infrecuencia, suerte de desvarío silencioso ajustado a comportamientos “proscriptos” por el género. La atipicidad reafirma sentimientos familiares asumidos, virtudes “transgresoras” que evitan el juicio a la imprudencia. Todo tiene solución, aunque el desajuste es importante, al punto tal de cambiar las vidas para siempre. El aporte de los hombres se desvanece. Ante la ausencia de brazos masculinos, el contexto interpela a la razón. Lucía deberá trabajar como criada en la ciudad, pero eso, ya trasciende los objetivos de la obra.
Una inmersiva y rústica historia de cotidianeidades, amparada en postales de naturaleza muerta, se convierte en el intento de avenir dispersiones que atentan contra la vida campesina. Ni la guerra, ni las prescripciones de lo estricto, atentan contra una paz sostenida en el equilibrio de una aparente moral indiscutible. Todo se soluciona en la intimidad de transgresiones protegidas. La confesión, el rezo y el castigo protegen de tendencias escondidas; suerte de equilibrio liberador, atempera inquietudes propias de la adolescencia. Atmósfera beata, conservadora y patriarcal que todo lo regula.
La máxima autoridad se deposita en el maestro del pueblo, responsable del saber de una pequeña comunidad rezagada en la ignorancia por el tiempo. Las montañas resaltan el encierro, un aislamiento empantanado en trayectos obstaculizados por la nieve.
Todo es muy lento y previsible hasta la muerte de Pietro, momento en que la cinta vira hacia el desafío, lo inesperado sacude a una familia numerosa carente de medios para sostener una vida diferente. La perspectiva se bifurca en tres pilares: el dolor por la muerte de un ser querido, la moralina que descubre el incidente de bigamia y las dificultades que supone una boca más para alimentar. El trípode queda suspendido en el impacto de lo nuevo, algo a lo que los habitantes de Vermiglio no están acostumbrados.
Es una cinta difícil de seguir, el ritmo soporífero emula los tránsitos por rutinas de acople lento; cuesta acostumbrarse, pero es pertinente a la temática tratada. Si se logra sortear el obstáculo, estamos ante una elegante exposición de temas muy humanos que intentan sobrevivir a rigideces propias de una cultura campesina cercana a la mitad del siglo XX. La paciencia se traslada al espectador, el buen cine no necesariamente entretiene.
Ficha técnica:
Vermiglio , Italia, 2024.Dirección: Maura Delpero
Duración: 119 minutos
Guion: Maura Delpero
Producción: Coproducción Italia-Francia-Bélgica; Cinedora, Charades, Versus Production, RAI Cinema, Eurimages
Fotografía: Mikhail Krichman
Música: Matteo Franceschini
Reparto: Tommaso Ragno, Giuseppe De Domenico, Roberta Rovelli, Martina Scrinzi, Orietta Notari, Carlotta Gamba, Santiago Fondevila, Sara Serraiocco