Los ricos también lloran

Los descendientes

Alexander Payne, EUA, 2011

Por Javier Moral

Cartel de la película Los descendientes

Del mismo modo en que Judd Apatow ha venido aplicándose, tanto en la dirección como en la producción, a historias de treintañeros que no alcanzaron la madurez -o que, mejor dicho, prolongaron su adolescencia-, Alexander Payne, cuando no se ha dedicado a la sátira, ha retratado la vida de hombres de mediana edad (incluso ancianos, en A propósito de Schmidt -About Schmidt, 2002) que nunca lograron controlar sus circunstancias más inmediatas. Pero, la gran diferencia entre Apatow y Payne se encuentra en que, mientras el primero se ha encomendado a la amabilidad de la comedia distendida que baja la guardia del espectador, el segundo ha abogado por una tensión calamitosa permanente, derivada del patetismo de unas lagunas de lucidez en unos personajes que peinan muchas canas; es la verdadera y jugosa expresión de unos argumentos sencillos y sin muchos giros, siempre adaptados de novelas, donde la progresión del individuo, entendida como una especie de supervivencia psicológica, es el único y autosuficiente foco de atención.

Los descendientes 1No es de extrañar, por tanto, que tras Jack Nicholson y Paul Giamatti, el siguiente candidato en la lista de maduritos de Payne fuera George Clooney (ya estuvo a punto de trabajar con él en Entre copas, Sideways, 2004). Y no es que haya tratado de jugar con el mercantilismo del producto, basándose en la popularidad de su actor principal, más al revés, la intención se orienta hacia el choque entre su reputación y el rol que interpreta. Por eso, Clooney funciona como el mejor truco de Los descendientes. No creo que se trate del mejor trabajo de su carrera como muchos apuntan (si bien es cierto que se podría discutir), pero sí el más insólito. Se ha vestido por primera vez de padre de familia según el manual del american way, no goza de romances a la vista y, por si fuera poco, recoge el calificativo de perdedor, por no hablar del sufrimiento (llega a llorar y todo). Para ilustrar la idea, este desgraciado que se ve en la obligación fortuita de ser padre viene a ser una versión menor y sin carisma (entiéndase por carisma el gracejo natural) del fantástico Phil Dunphy de Modern Family.

Los descendientes 2Aunque, la potencia del elenco no se limita a Clooney. Un buen puñado de secundarios anónimos, pero talentosos, encabezados por la impresionante consagración de una Shailene Woodley, que encaja sin esfuerzos el brusco cambio de registro que hay entre la adolescente conflictiva y la niñera de un padre inseguro. Cabría añadir que el novio de ésta -no tanto por parte del actor como del personaje- no forma una impenetrable dupla con ella en términos convencionales, sino que se antoja como un inteligente contrapunto dinámico a la tragedia por la que atraviesa la familia. El tropel de actores desconocidos -u olvidados; véase Michael Ontkean, el glorioso sheriff de Twin Peaks- es el síntoma más evidente de una producción de saldo, corroborada por la sugerente postal hawaiana que recoge el testigo (económico) de Lost, logrando, a la par, unos de las mayores rentabilidades y reconocimientos de los últimos tiempos. En Los descendientes, menos es más.

Los descendientes 3Sin embargo, la anécdota no es sino la consigna de un óptimo trabajo de producción y no sería justo, por tratarse de un factor independiente, desmerecer la mano de Payne en el arte de desdramatizar la miseria en favor de una fuerte preponderancia de los valores familiares. Matt King se redime -arrastrando por proximidad a sus hijas- a través de dos tramas que confluyen con este objeto. El suspense está servido por la investigación sobre la infidelidad de su esposa, motor sobre el recae la faena durante la mayor parte del metraje y que otorga a King la posibilidad de conocer a esas extrañas que compartían su casa. Por otro lado, la venta de los terrenos heredados de sus antepasados es su vehículo para apuntalar sus credos y tomar las riendas de su nueva vida, donde el único amuleto es su prole. Y es que, por mucho que el cine de Payne pueda parecer alocado (a las personas de cierta edad, claro está), no termina de salirse de unos márgenes de coherencia (que aquí evitan un plan de venganza) que incrementan el peso del drama en la balanza del dramedia. Así, creo que fue más valiente Entre copas, por su intento de alinearse en escarnio e hipocresía social con una American Beauty (Sam Mendes, 1999) que, por calidad, ridiculizaría la comparativa con las dos anteriores.

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