Por Manu Argüelles
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El cuarto de Leo, Enrique Buchichio, Uruguay, 2009
Buchichio arropa a sus personajes con bellas instrumentaciones pop-folk, cuyas letras de las diversas canciones, nos describen los procesos anímicos de sus personajes. La cámara sin eje fijo pero sin movimientos que perturben la visión, se acerca a ellos, el pulso humano suave de una película delicada con mucha verdad. En ese sentiodo, Buchichio tiene cosas que decir y las sabe decir muy bien, gracias a unos actores que le acompañan en este viaje intimista. Los bellos ojos de Leo y su mirada expresiva derrocha esa dulzura de una película a la que recomendaría a todo aquel que le cueste comprender, que a veces, encontrarse a sí mismo no es tan fácil como parece. Y para todos aquellos que no tuvimos una senda en línea recta y tuvimos que hacer zigzags, nos va a resultar familiar un film honesto como El cuarto de Leo. |
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Plan B , Marco Berger, Argentina, 2009 Marco Berger, como Enrique Buchichio, también debuta en la dirección, tras su paso por el cortometraje. Precisamente, en su |
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Plein Sud, Sébastien Lifshitz, Francia, 2009 |


sexual, que está marcada a fuego por el fracaso con su novia, sino de algo más complejo como es la adquisición de la identidad. Buchichio no habla de categorías sexuales, en cuanto Leo sabe que el deseo que anida en él tiene una fuerza muy diferente de la que trata de aparentar. Curiosea por los chats gays, mientras deja a su novia descompuesta porque el aspecto físico entre ellos no funciona, después de seis meses de relación. Leo sabe perfectamente cuál es su sexualidad. Otra cosa es que lo asuma, con todo lo que ello acarrea. El miedo, ese voraz titán que nos paraliza una vez que se nos cuela por nuestras venas, como un virus a toda galera, consume nuestra existencia. El miedo a decepcionar, comenta Leo a su terapeuta, el miedo a las connotaciones sociales. Siempre ha sido momento de dejarse de llevar, pero llega un momento en que la corriente nos empuja hacia otra dirección. Ya no podemos dejarnos caer tal hoja al viento. Y esta vez debemos ser nosotros los que nos responsabilicemos del camino que queramos emprender. Sebas será el sendero a recorrer, la primera capa de pintura blanca antes de ponerse a pintar un cuarto que está todavía por arreglar.
En ese laberinto, que él mismo se forja en su interior, se produce el encuentro casual con Caro, una antigua compañera de estudios, que vive sumida en una profunda depresión. Esa aversión al exterior (social) es compartida por ambos y en ese rescoldo de intimidades fracturadas, se forja una sincera historia de amistad.
anterior cortometraje, El reloj (2008), ya exploraba algo que es desarrollado en profundidad en Plan B, mediante un tempo moroso, plagado de numerosos tiempos muertos, luces cromáticas en azul y verde, de clara inspiración afrancesada, en su dilatación de los tiempos. El costumbrismo es la clave, mediante continuos diálogos de personajes, donde se va fraguando un perverso juego maquiavélico al estilo de Las amistades peligrosas (Dangerous Liaisons, Stephen Frears, 1988). Aquí, el conde de Valmont es un cachondo y simpático personaje que decide recuperar a su ex novia, tratando de seducir a su actual pareja masculina. Lo decía en la crónica. Ese punto de partida delirante le permite a Berger realizar una indagación bastante conseguida de los límites en los que nos catalogamos como seres sexuales. Como pasaba en una fase muy primigenia de El reloj, se desarrolla un esforzado bosquejo de las tensiones sexuales no resueltas, poniendo a prueba la masculinidad, a la que se alude de forma irónica en boca de sus personajes, demasiado machos para acabar atrapados en la telaraña en la que ellos mismos se han cosido. Pero las líneas apuntan a algo más atávico y muy dado entre la población masculina. Ese compadreo de infancia, esa fina línea que separa al amigo del amante, no es tan firme como en apariencia nos empeñamos (o así nos han educado culturalmente) en fijar. Porque los dos personajes acusan un agudo complejo de Peter Pan. No es casual que a él se aluda mediante la referencia a Neverland. Ya que la polisemia de la palabra sajona bien puede simbolizar, que en realidad, Peter Pan nunca aterriza, por lo que nunca llega a ser adulto. Ese embriagador estado es donde se dejan caer, enredados con sus propios cordones de zapatos.
Berger consigue una esforzada dramaturgia para conseguir que el espectador no sienta situaciones forzadas que sobre el papel lo son. El fino y agudo sentido del humor con el que está tejida esta difuminación de la heterosexualidad o la crisis de la masculinidad como valor positivo, consiguió que Berger se llevase el aplauso del público de FIRE!!
sirve del diapasón, ya que a su film también se le podría aplicar la forma de U, la cual nos permite comprobar dos afinaciones diferentes que fluyen del mismo tronco. Una primera parte coral, de cuatro personajes en coche por el Sur de Francia. Jóvenes errantes que recogen de forma descontextualizada, el espíritu beatnik de la ruta 66. Frente a la luz radiante del verano y las texturas atmosféricas de la vida en ebullición, se alterna una onda sinuosa, opaca y profunda, con un carácter oneroso. El blanco sobre negro. Y es que en los espacios de mayor luz se esconde, bajo su seno, la oscuridad más siniestra.
Esta segunda parte se embarga en largos planos de grandes extensiones, a través de la cristalera del coche. El puzle tumultuoso y enmarañado del dolor traumático de Sam va completándose con las piezas que faltan, hasta llegar al origen y final de su aciaga vida: su madre. Un tiempo que va dejando sus huellas en el espacio, haciéndose partícipe cada vez más en la trama, a medida que va avanzando la película. También nos permite establecer una mejor valoración de la importancia que, durante todo el largometraje, ha tenido la relación de los cuerpos con el espacio, con evidente carga estival. Aspecto que nos hace emparentarla con la urdimbre gestada por Bruno Dumont en Twentynine Palms.
