Triunfal apología de lo cutre

Por Javier Moral

La historia de los géneros cinematográficos coloca al western como uno de los más fecundos y exitosos en la llamada "edad de oro de Hollywood", entre los años 40 y 50. Por unos dólares másInagotables directores como Howard Hawks o John Ford, sin duda, pueden considerarse como dos de sus principales exponentes. El género gozaría de gran popularidad durante casi dos décadas y, antes de experimentar su decadencia (aunque hoy todavía no se haya apagado la llama de su herencia), gozó de un período de producción europea que le relanzó, subrayando su vertiente más purulenta, salvaje y caricaturesca, al tiempo que iba fraguando un novedoso estilismo canalizado a través de una bella e impecable factura técnica.

Además de un buen cine reflexivo, onírico, alegre, polémico y cómico, Italia también nos regaló esta versión tan peculiar de las películas de vaqueros en lo que se convino en llamar, con una evidente intención de ridiculizar, spaghetti western. Desarrollado entre las décadas de los 60 y los 70, lo que en un principio surgió como una corriente de bajo presupuesto y mala calidad que se inclinaba hacia la serie Z, hoy puede presumir de propia denominación de origen, más como un género de los grandes que como un subgénero minoritario.

Estas películas fueron producidas, en su mayoría, por capitales españoles e italianos, a cuyas regiones mediterráneas también se trasladaron las localizaciones. Pese a que se hicieran ese hueco inicial en el panorama cinematográfico internacional como una versión barata del género americano, a lo largo de sus casi 600 filmes la calidad fue aumentando, llegando a reinventar los bases del cine del oeste y crear escuela en torno a una serie de directores, actores y procederes que repasaremos a continuación.


Los visionarios del nuevo género

Sería imposible hacer un breve comentario de cada director relevante en el nacimiento y la evolución del spaghetti. Por ello, atendiendo a un patrón cualitativo nos centraremos en las dos grandes figuras que dieran lugar a las mejores películas del proceloso western europeo.

Sergio CorbucciAutor de películas como Django (1966) y El gran silencio (Il Grande silenzio, 1968), Sergio Corbucci fue uno de los cineastas más certeros del género. No rodó demasiadas cintas, pero todas están calificadas como fabulosos hits. Devoto incondicional de la figura del mercenario como héroe de sus historias, dotaba a sus protagonistas de unas impresionantes habilidades físicas, encumbrándolos a la categoría de seres cuasi todopoderosos. Como consecuencia de esta facilidad para llevar a cabo gigantescas masacres sin apenas inmutarse, sus filmes contenían unas notorias cargas de violencia explícita, siendo censuradas o prohibidas en un buen número de países.

Mas, el artífice mayúsculo del género fue el inolvidable Sergio Leone. Comenzó haciendo películas históricas, cuyo carácter aventurero terminó derivando hacia el western y, con tan sólo cinco de ellos en su filmografía, está considerado su cineasta más influyente, aquél que desarrollara un nuevo formato estético y narrativo para el cine del lejano oeste. La pionera "trilogía del dólar", compuesta por Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964), La muerte tenía un precio (Per qualche dollaro in più, 1965) y El bueno, el feo y el malo (Il buono, il brutto, il cattivo, 1966) y la impecable Hasta que llegó su hora (C'era una volta il West, 1968) -para muchos su más glorioso trabajo-, se convirtió en obra de cabecera para futuros cineastas de gran reputación. Sus filmes presentaban un cuidadísimo montaje, elaborado a partir de una selección de planos con el oportuno criterio para lograr configurar una estética personalísima que legó su impronta al cine de vaqueros. Por otro lado, sus guiones viraban de la verosimilitud a un persuasivo e ingenioso surrealismo.

Spaghetti westernPodríamos citar también a Enzo G. Castellari (más inclinado a la parodia de serie Z) y a Sergio Sollima (con tan sólo tres westerns), con cintas de la talla de Voy, le mato y vuelvo (Vado... l'ammazzo e torno, 1967) y Cara a cara (Faccia a faccia, 1967) respectivamente, como otros nombres ilustres de la dirección, aunque siempre un escalón por debajo de los citados maestros.


Una mitología poderosa y eficaz

El spaghetti western se caracterizó por presentar fábulas sencillas, en ocasiones casi infantiles, donde se procuraba que el único elemento de la historia a tener en cuenta fuera el héroe y su calamitoso sino. En general, se trataba de un hombre solitario, parco en palabras y de acción súbita, atormentado con su pasado, un simple justiciero de sangre fría que sólo buscaba venganza, cuya meta final rara vez consistía en una merecida expiación tanto como en conseguir sus propósitos monetarios por encima de todo.

El más famoso y recurrente de estos personajes, que daría lugar a una interminable saga, fue Django, encarnado en su primera aventura por el debutante Franco Nero, con el permiso de El Hombre Sin Nombre, o Rubio de Clint Eastwood, el cowboy impasible por excelencia. Estos caracteres y otros como Ringo (Giuliano Gemma), los interpretados por las ocasionales participaciones de estrellas de la talla de Henry Fonda o Charles Bronson, o los legendarios villanos a los que encarnara el inquietante Lee Van Cleef, se encargarían de reproducir esa típica imagen del tipo duro y despiadado que tanto se empeñó en promulgar el cine del oeste.

Charles BronsonLos personajes del spaghetti estaban directamente relacionados con la temática de sus películas. Una razón de peso consistía en el gran número de actores hispanoparlantes que participaban en ellas, provocando que muchos de los argumentos aparecieran contextualizados en los acontecimientos que envolvieron a la Revolución Mexicana de principios del siglo XX. Las disputas de la trama ocurrían entre vaqueros, con abundante participación mexicana, prescindiendo casi por completo de los antiguos indios. La selección del elenco se completaba con los rasgos físicos más estereotipados del perfil latino: tez oscura (aunque su ennegrecimiento nunca supuso un problema para los maquilladores) y enormes y satíricos mostachos. Su personalidad solía decantarse por una ideología mucho más deplorable que positiva. Por contra, el protagonista, de evidente origen norteamericano, por supuesto presentaba una facha totalmente contraria, de cabellos y ojos claros y un sentido pertinente de la justicia, siempre que el oro no se cruzara en su camino.


Un estilo formal único

Resulta incuestionable que el aspecto más relevante, en lo referente al inestimable valor cinematográfico de estas producciones, fuera el técnico. La instauración de un lenguaje renovado e imperecedero para el cine del oeste, junto al imprescindible uso de la música, grabaron a fuego la identidad del spaghetti western en la historia del celuloide.

El juego de planos fue uno de los mecanismos característicos de esta nueva estética. Una de las prácticas de mayor auge y envergadura fue la inclusión del primerísimo primer plano de los rostros, que mantenían la mirada estoica y displicente de los vaqueros durante larguísimos segundos. Esta práctica dotaría al género de esa litigante parsimonia obligatoria bajo la que suele transcurrir la acción. La búsqueda de ángulos imposibles fue también una tarea frecuente, predominando los planos de conjunto de espaldas a los actores y los planos de profundidad, que mantienen una sensación de vista en primera persona -desde la óptica de las piernas abiertas de los cowboys-, al tiempo que generan perspectiva. Por supuesto, los movimientos de cámara fueron otro de los campos que recogió la inquietud de los autores, plasmada en constantes panorámicas y travellings de seguimiento, amen de unos exagerados zooms, cuyo objetivo era el refuerzo de la tensión de los primeros planos.

Western italianoPero, de entre todo el apartado técnico, la música brillaba con especial relevancia. No sería tolerable ni digno remontarnos hoy al spaghetti western sin evocar los acordes del honoríficamente oscarizado Ennio Morricone, con diferencia el principal compositor del género e inseparable de Leone, autor de célebres bandas sonoras para grandes clásicos italianos como Pasolini, Bertolucci o Tornatore. Aunque, a mucha distancia, podríamos estimar que le sucedió en notoriedad el pianista argentino Luis Bacalov, compositor de las bandas sonoras de la antes citada Django o de Gran duelo al amanecer (Il grande duelo, Giancarlo Santi, 1972), entre otras.

Para cerrar este apartado, unos breves apuntes sobre la producción. Debido a la concepción del spaghetti como una versión menor de los westerns americanos, estas películas admitían rodar con unos bajísimos costes. Las localizaciones se buscaban por España (el desierto de Tabernas en Almería o la sierra madrileña) e Italia, además de por su buen precio por su asombroso parentesco con las desérticas praderas del oeste norteamericano; incluso, los impersonales decorados se diseñaban de tal forma, que apenas unos pequeños cambios permitirían reutilizarlos en múltiples títulos.


El imprevisto legado

Pese al carácter autoparódico con el que se educó el género, su impacto visual, en consonancia con el delirio de sus guiones, abrumaron al espectador ávido de espectacularidad. Los que más tarde llegaran a dirigir, no olvidaron las lecciones magistrales de aquellas películas, que cuajarían como paradigma referencial para un buen puñado de ellos.

Perros de pajaAsí, el llamado western crepuscular -a pesar de que existen indicios y numerosos defensores que fechan sus inicios en los propios del western original, como podría deducirse de la situación y los personajes de La diligencia (Stagecoach, 1939)-, bebe en buena medida del spaghetti, en lo que a las películas de Sam Peckinpah o el mismo Clint Eastwood se refiere. Se trata de cine del oeste que muestra un ambiente más sucio, con un protagonista que exhibe una psicología indecente, donde el trasfondo se torna "anti-épico" y se apela al lirismo y a la añoranza del tradicional cowboy. Así, filmes coetáneos del spaghetti como Grupo salvaje (The Wild Bunch, 1969) o modernos como Sin perdón (Unforgiven, 1992), se inmiscuyen en esa sordidez nostálgica.

Si seguimos con Peckinpah podemos explicar otro de los fenómenos que propició el spaghetti: la fusión de géneros. En Perros de paja (Straw Dogs, 1971), se advierte la clara influencia del western en una tragedia que se concentra sobre los instintos más bajos del ser humano y que conforma una de las mejores radiografías cinematográficas sobre la violencia, tanto física como psíquica. Atendiendo a esta fusión, uno de los cineastas más apasionados del género, como lo es Quentin Tarantino, tiene mucho que deberle como puede apreciarse en sus películas vengativas como Kill Bill vol. 1 y 2 (2003-2004) y Malditos bastardos (Inglourious basterds, 2009). Por su parte, Robert Rodríguez adoptó el estilo para confeccionar una variante de estética e idiosincrasia mexicana.

Para terminar, mencionaremos esas películas que desgraciadamente terminaron con el mito del spaghetti, gracias a su excesiva caricaturización de la acción y las tramas, como las perpetradas por ese aclamado dueto del mamporro que integraban el orondo gruñón Bud Spencer y su avispado compañero Terence Hill, más conocido en la ficción por el nombre de Trinidad. No es de extrañar, con la fama que nos precede a la hora de homenajear, que en España contribuyéramos a este ocaso con las películas de Rafael Romero Marchent, cuyo hermano Joaquín Luis colaborara en una de la series catódicas más exitosas de los 70 (exclusivamente en nuestra televisión, por supuesto) que, a modo de sucedáneo patrio del spaghetti, se ocupaba del bandolerismo andaluz: Curro Jiménez.

Fuentes: www.filmaffinity.com

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