Ground control to Major Tom

Moon, Duncan Jones. Reino Unido, 2009
Por Javier Moral

Moon - CartelLa ciencia-ficción, en el cine, a menudo ha mostrado una particular predilección por el subgénero de las space operas. Nunca estuvo claro el origen -siempre literario- de este producto, pero todos sabemos identificar los rasgos que las caracterizan. Moon no es diferente a ellas y su actual estreno, la convierte en la más joven. Es fácil reconocer que el film de Duncan Jones bebe de grandes space operas como 2001: una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), Alien, el octavo pasajero (Ridley Scott, 1979) o Solaris (Andrei Tarkovsky, 1972). Pasemos a definirla con más claridad, puesto que su relación con estos precedentes quedará desarrollada en la sección Investigamos.

Sam Bell no es tanto un astronauta como un trabajador lunar. Firmó un contrato de tres años para viajar a La Luna con el fin de extraer de sus reservas naturales el nuevo combustible esencial para la vida en La Tierra, el helio-3. El agotamiento de los recursos energéticos en nuestro planeta (en un futuro relativamente cercano, como el que plantea la cinta) sitúa la vida en una desconocida -y oculta, pero intuida, en la pantalla- sociedad distópica postindustrial. Por tanto, Sam vive solo en una nave espacial, salvo por la compañía de Gerty, el ordenador central de a bordo. Ciertamente, suena irónico que un día pudiera descubrirse que la salvación del mal ecológico de La Tierra pudiera encontrarse en su inseparable satélite, al que, pese a la veloz evolución de la costosísima carrera espacial, no se ha vuelto -si bien, alguna vez se visitó- desde 1969.

La trama se inclina por el suspense, pero solamente durante su primer tercio, puesto que el misterio pronto es desvelado. En una concepción de las nuevas tecnologías, opuesta por completo a la temida rebelión futura de las máquinas, Jones hace fluir una inicial desconfianza hacia un conjunto de cables y codificaciones binarias incapaz de concretar una emoción. Pero, más adelante, estos siervos incuestionables del hombre, parecen contener, además de un chip compasivo, una intuición sagaz autogenerada que asistirá al protagonista a la hora de desentrañar el horroroso e inmoral pastel.

La fábula sobre la soledad de un individuo perdido en el espacio, que extraña su hogar y su familia -Jones podría haber hecho honor a su padre, el icono pop David Bowie, incluyendo el famoso tema Space Oddity, basado en la película espacial de Kubrick-, en un submundo oscurecido, donde los principios morales y la honradez han sucumbido a los negocios de las megacorporaciones, de pronto recupera algo de luz con la entrada del doble de Bell.

Moon - FotogramaLejos de suponer un adelanto en la historia, la hace retroceder por las diferencias entre sus posturas. Por lo menos, la soledad ya no es tal, aunque, ya se sabe: mejor solo, que mal acompañado. Es entonces cuando la ciencia-ficción se presenta como la etapa de desensibilización y falta de ética que hoy podría adivinarse, en torno al reciente descubrimiento de la clonación.  Reconstruir de manera computada unos hechos, que el film se empeña en obstaculizar, es muy sencillo, pese a algunos trucajes -a modo de alucinaciones- que no encajan por ilógicos, quedando relegados a la categoría de anécdotas puramente fantásticas.

Esto no sirve sino para confirmar el absoluto protagonismo de Sam Rockwell como la exclusiva estrella del relato. Se pasará el tiempo restante relacionándose consigo mismo. El esfuerzo por congeniar dará sus frutos; luego, y previsiblemente, terminará siendo su propio amigo, y su mejor cómplice en un plan que tiene por objeto descarrilar la maniobra carente de escrúpulos de aquel empresario canallesco que le contratara. No es consciente de que, al escapar, volverá a una vida que ya no le pertenece, y que en la nave, otro "él" hará sus veces.

Por lo demás, la película no se atreve a despegarse demasiado de la concepción cinematográfica, habitualmente extraída del imaginario colectivo, sobre el entorno espacial. Los incondicionales del género esperan novedades con cada nuevo trabajo, pero Jones no se ha parado a pensar en ellos. Imaginen una nave, un vehículo lunar y el atuendo de un astronauta del futuro antes de seguir leyendo. ¿Ya lo tienen? Continúen, pues. La nave: de estancias diáfanas, inundadas de claridad, coloreadas de blanco y tonos neutros, minimalista en su decoración; los vehículos: todoterreno, de inmensas ruedas, también de color blanco, que permiten un adecuado desplazamiento y agarre por una superficie inundada de cráteres y abruptos paisajes; los trajes, diciéndolo con todo mi pesar, son idénticos al que vestía Neil Armstrong cuando descendió la escalerilla del Apolo XI, hace ya cuarenta años. ¿Sus ideas difirieron en algo?

Duncan Jones, aunque cojeando, supera la prueba del debut. Es valiente y meritorio, sobre todo para una primera vez, ser capaz de mantener un largo, no ya con un personaje, sino con un solo actor que interpreta a varios sujetos cuasi iguales, añadiendo livianas variaciones de personalidad. La poesía que desprenden algunas de las imágenes, es la mejor baza de un film que puede resultar algo pesado por la similitud persistente que presenta cada encuentro entre los Bell. Unos días después de su visionado, el resumen mental del espectador medio derivará en la idea de un Rockwell moribundo, dando vueltas por la nave en un estado de creciente paranoia.

Ficha técnica:

Moon, 2009

Dirección: Duncan Jones
Producción: Stuart Fenegan y Trudie Styler
Guión: Nathan Parker (basado en argumento de Duncan Jones)
Fotografía: Gary Shaw
Música: Clint Mansell
Montaje: Nicolas Gaster
Interpretación: Sam Rockwell, Kevin Spacey (voz de Gerty)

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