Cuando la amnesia te hace mejor persona

Sin identidad

Unknown. Jaume Collet-Serra, EUA-Francia-Reino Unido-Alemania, 2011

Por Javier Moral

Sin identidadGracias al paradigma que registraron películas como Recuerda (Spellbound, Alfred Hitchcock, 1945), la amnesia se ha convertido en un manoseado pero socorrido recurso a la hora de armar una intriga narrativa. Mas, el ansia por rizar el rizo provoca que los guionistas tiendan a depender tanto de su uso que cintas como Sin identidad no tendrían ningún sentido sin la pérdida de memoria de sus protagonistas. Como no hay mal que por bien no venga, también pueden vanagloriarse de los inesperados giros narrativos logrados, aún siendo el espectador consciente de que recibirá una cierta cantidad de sorpresas y por tanto, reduciendo el consiguiente factor de la espontaneidad; aunque todo tiene un precio, y en este caso es alto: la verosimilitud (y con ella la fe del público en el producto) se resiente hasta casi apropiarse de los códigos de la ciencia-ficción o de la fantasía.

Una de las cintas de terror con el suspense más eficaz de los últimos años, La huérfanaSin identidad (Orphan, 2009), llevaba el sello de otro de los jóvenes directores españoles que han conseguido hacerse un hueco en Hollywood. Se trata de Jaume Collet-Serra, cuyo súbito éxito se ha traducido en llegar a ser nuestro primer director en ostentar el número uno en la taquilla de los Estados Unidos, con su mal disimulado blockbuster. Pues, la primera impresión tras un vistazo al trailer de Sin identidad es que estamos ante una cinta dirigida a los amantes del thriller de acción taquillero. Y no le faltaría razón a este enunciado. Sin embargo, este género parece haber encontrado en Liam Neeson al Steven Seagal del frenesí bien entendido. No en vano, resulta evidente el parentesco entre el filme de Collet-Serra y una de las cintas de acción recientes que más se alejaban del modelo mainstream -en la medida de lo posible-, Venganza (Taken, Pierre Morel, 2008), tanto en la aptitud del actor como héroe -oculto bajo la apariencia de ciudadano común- como en su sublimación fotográfica (ambas películas contienen las persecuciones en coche más espectaculares que recuerdo). Mientras que la cinta de Morel hacía turismo por una París perversa y oculta, Sin identidad hace lo propio en una desarraigada Berlín, en la que se funden la corrupción del lujo con la de los bajos fondos, convergiendo con la primera en los prejuiciosos criterios -sobre todo raciales- del americano medio.

Sin identidadPese a su poderío visual no conviene obviar la pasional relación de amor/odio entre unas imágenes, que en ocasiones se debaten entre la virtud y la saturación, y un guión que atrapa con la misma destreza con la que abandona la cordura. La asimetría está servida: el exceso de ímpetu banaliza toda la seriedad que pretende aparentar la propuesta haciéndola caer en el lugar común (su trama especula con un posible ejercicio de "cinefagia" a partir de Frenético/Frantic, 1988, de Polanski), al igual que su última vuelta de tuerca constata un inteligente tour de force -que no es sino idea original del novelista  Didier Van Cauwelaert. Lamentablemente, la balanza podría terminar por inclinarse hacia el plato de lo negativo si se quisiera castigar la disparatada continuidad en el encadenamiento de secuencias, que no ceja en su empeño de echar mano de una providencia manipulada en oportunísima casualidad (deus ex machina que arropa Berlín), por otro lado disculpable en cuanto a que se aprecia como un rasgo propio del género.

Con todo hay que reconocer que el cineasta catalán ha sabido huir del enrevesamiento que deforma el giro dramático en un tiovivo argumental, y contar una historia para la que no cabe una solución imaginable sin liar al espectador ya es un mérito. Además, aunque el relato huela a trampa desde el comienzo, el texto es honesto y no suelta prenda (salvo el breve y confuso diálogo de la pareja al salir del aeropuerto) que alentara a participar en un absurdo juego de deducción.

Sin identidadNunca entenderé esa convención del suspense que obliga a los malos a desvelar los entresijos del guión (mientras el protagonista gana tiempo para salvarse; en la vida real, un tiro de gracia habría mantenido a salvo la coartada), pero eso no es la causa fundamental de que el desenlace -aún sorprendente- termine por descafeinarse, sino la suma de detalles que se tuvieron que casar a capones. Para probar esto, basta con mencionar el brusco cambio en la moralidad del protagonista y la baza que juega el profesor Bressler y su trabajo científico, como pretextos ridículos para reducir todo el metraje anterior a la categoría de mera anécdota -menos mal que su innegable impacto psicológico no lo permite- para servir en bandeja la conspiración de turno.

Paradójicamente, las películas cuyo triunfo se basa en el engaño, por generar una creencia sobre un supuesto falso, suelen meterse al público en el bolsillo. Y Sin identidad no quiere ser menos: su trama se desarrolla a un ritmo trepidante y su (obligatorio) happy end deja buen sabor de boca. Si lo pensamos bien y por mal que les pese a algunos, Collet-Serra ha filmado una versión más artificiosa y menos paranoica de la  Shutter Island (2010) de Scorsese. Lo que hace el nombre
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