Solemne vómito de las incapacidades humanas

Un dios salvaje

Carnage, Roman Polanski, Francia-Alemania-Polonia-España, 2011

Por Javier Moral

Cartel de la película Un dios salvajeLa comedia posmoderna, en cuanto a género de códigos reparados, presenta dos claras vertientes. Una, que ya he comentado (y seguiré haciéndolo) hasta la saciedad en mis artículos, es la de la madurez tardía del hombre del siglo XXI. La otra, es la comedia de incomodidad que surgiera de esa moda de origen finisecular con vocación de simular realidad de los mockumentaries, que fue desarrollada hasta exportarse al medio televisivo gracias a flamantes exponentes como Ricky Gervais, Mitchell Hurwitz o la dupla Levitan/Lloyd. Un dios salvaje se encuadraría dentro de esta segunda corriente, constituyendo uno de los pocos flirteos de Roman Polanski con la comedia, o mejor dicho, uno de los pocos efectivos -salvo algún que otro acierto sin demasiada trascendencia al comienzo de su carrera. La solvente capacidad del director polaco para diseñar angustiosos climas podridos es la razón por la que se ha atrevido a adaptar el original teatral de Yasmina Reza (quien co-escribe el guión) sin atender a su clave cómica, sino al sórdido sacamiento de ojos que chilla su espíritu.

El saber hacer de Polanski ha contribuido de un modo notable a mantener intacto el vigor y la diversión de su referente -estrenado en Francia en 2008 con un elenco encabezado por Isabelle Huppert y traducido ese mismo año en España para la interpretación de Maribel Verdú y Aitana Sánchez-Gijón, entre otros- pero no se antoja imprescindible para su aptitud, pues la validez se halla, indudablemente, en la reconocible torpeza en la praxis del hombre moderno para resolver los problemas mediante el diálogo. Precisamente, la única diferencia con la versión teatral a tener en cuenta (además de las ilustrativas escenas de apertura y cierre), sea la imposibilidad de asistir a la escena como testigo íntegro, percibiendo la sincronización de las reacciones, algo que el cine aún no permite (salvo drásticos ejercicios de montaje), y menos cuando no abundan los planos generales.

Fotograma de Un dios salvajeUn dios salvaje dispone una mutación del modelo primario de la sitcom televisiva al formato del largometraje, apoyándose en las convenciones sociales como fuente de una hipocresía personificada en unas frases y unos personajes dignos del Hall of Fame de Hollywood. Este par de atributos confluyen en el verdadero mérito de la propuesta, unos intérpretes de excepción (huelga mencionar la siempre encomiable dirección de actores de Polanski) que personifican el proceso de demonización de dos anodinos matrimonios: los Cowan, con Christoph Waltz como cínico hombre de negocios y Kate Winslet como pija reprimida y los Longstreet, con John C. Reilly como el marido florero de una Jodie Foster como activista histérica.

La doblez y el cinismo de las apariencias, que ya se han instalado en las costumbres de las relaciones modernas, han conseguido que donde antes hacía falta un ataque directo, ahora baste con la nimia anécdota para invocar al "dios salvaje" que todos llevamos adentro. De hecho, pese a que el tono de toda la película vacila sobre una agresiva intriga, se torna especialmente circunspecto cuando esta expresión sale de la boca de los personajes. Kate Winslet y Christopher Waltz en Un dios salvajeTras haber jugado todas sus cartas, ya se conocen las caras y llega el momento de la exagerada desinhibición alcohólica. El cambio de ritmo, muy brusco, es causa de un estancamiento en la conversación, pero es la estrategia de un minucioso guión que nunca termina de agotar sus recursos en materia de sorpresas, para informar del estado de unos ánimos que se desmontan en amor y compañía.

El efecto nocivo de una verborrea demasiado fluida en las defensas psicológicas naturales e instintivas también se siente al otro lado de la pantalla, vapuleando al espectador sin concesiones (de ahí la corta duración del metraje, muy de agradecer tras más de una hora de injurias cruzadas). Pero, para que el cerebro digiera tal velocidad sarcástica sin colapsar, la infalible fórmula de Reza había preparado unas pausas estratégicas, como el vómito de la Cowan o la destrucción del móvil que, aún tratándose de violentas punzadas -ahora físicas- de mucha intensidad, descargan la cabeza de la agobiante locura verbal.

Imagen de la película Un dios salvajeY es que la corrección perenne de la expresión funciona como el dispositivo más certero, a la par que delicado, de un texto ágil que dosifica los puyazos en varias fases diferenciadas por las alianzas y sus objetivos. La escritura de la denuncia en el inicio marca la transición que lleva del encuentro cordial a la estricta diplomacia. Cuando el ambiente se enrarece por un exceso de corrección política, se firma la declaración de una guerra en la que se aprueban, vísceras mediante, varios pactos: primero cunde la máxima de “cada oveja con su pareja”, para después pasar a la obligada guerra de sexos y terminar con un sálvese quien pueda. Llegados a este punto de la crítica, dominado por las alegorías, ni qué decir tiene que el conflicto de Un dios salvaje es versátil y extrapolable a la escala que empieza en el nivel interpersonal y que termina en el plano de las relaciones perpetradas por agentes públicos transnacionales, bajo el marco de una falsaria globalización; los acuerdos tajantes y totales son imposibles.

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