La garantía del amor

El niño de la bicicleta

Le gamin au vélo, Jean-Pierre y Luc Dardenne. Bélgica-Francia-Italia, 2011 

Por Javier Moral

Cartel de la película El niño de la bicicletaLa tónica general -o, por lo menos, a la que estamos más acostumbrados-, respecto a los dramas que giran alrededor de niños o adolescentes, está dominada por la zozobra vital o la crudeza de unas situaciones que, en el mejor de los casos, solo ponen a prueba el instinto de supervivencia -en una aplicación más psicológica que física- a los seres humanos más frágiles. Este es un tema que ha llegado a obsesionar a los hermanos belgas Jean-Pierre y Luc Dardenne; basta con un vistazo a cualquiera de las premiadas películas que componen su obra. Sin embargo, ese distintivo autoral, basado en la reiteración de un único planteamiento formal y temático que parece nunca gozará de un arte final, tiende a suministrar un plus de hostilidad al entorno de los chicos, en forma de relaciones conflictivas y negligencias y disfunciones parentales.

El niño de la bicicleta se acoge convenientemente a este patrón discursivo y, pese a su línea pesimista, desarrolla con campechanía y sin mohines un conmovedor guión que define el amor como una necesidad vital innata a la persona. El propósito de los directores es la simple exposición de un mensaje de auxilio sobre el aislamiento amoroso y la soledad, tan comunes en la sociedad moderna, sin adscribirse a ideologías ni liarse en rodeos o ambigüedades. La claridad es sinónimo de brevedad; bastan unas pocas escenas para caracterizar a los personajes: Cyril encuentra en Samantha, la primera desconocida que se interesa por él, el cariño que no recibe de un padre que le ve como un estorbo. Samantha, por la parte que le toca, es puro afecto: un personaje sin presentación que, tras una irrupción casual en la trama, no pone trabas para acoger al niño desde su primer encuentro. Más tarde, se confirma la sospecha sobre tan chocante tolerancia; Samantha tiene pareja, pero su privación afectiva procede de la ausencia de un destinatario de su amor maternal (estupenda la escena en la que establece sus prioridades decantándose por Cyril).

Fotograma de El niño de la bicicletaLo más curioso de El niño de la bicicleta es su voluntad protestona, eficiente pero libre de efectismos, su capacidad realista para aludir a numerosas polémicas sociales con una morosidad narrativa -sobre la palabra, que no sobre el discurso- tan drástica (arrítmica y letárgica cadencia, frecuente en el cine de los Dardenne y uno de los principales objetos de crítica para sus detractores) y un croquis argumental tan conciso y elemental, donde toda escena es consecuencia directa de su anterior inmediata. Las deficiencias en la educación de una generación criada por los videojuegos (aunque suene a tópico "pureta") tienen su germen en la incapacidad de unos padres novatos -como los de la brillante El niño (L'enfant, 2005)-, que vieron prolongada su adolescencia y apenas alcanzaron la madurez. Los directores no cuestionan la dificultad de la paternidad, mas sí lanzan su dedo contra aquel que "tira la toalla", omitiendo unos motivos inexistentes. La apática falta de estímulo en unas vidas demasiado fáciles, que de pronto se volvieron demasiado difíciles, es razón suficiente para obviar la importancia de las cosas, tirar por el camino cómodo y no encarar los demonios personales.

El niño de la bicicleta, críticaEsta función de denuncia guarda una estrecha relación de dependencia con la bicicleta del título. Es mucho más que una bicicleta, todo gira en torno a ella como personaje omnipresente, como hilo conductor y como separador de fases argumentales. Es el pretexto inicial para que el niño busque a su padre y proporciona la clave para su hallazgo, además de actuar como primer nexo de una relación futurible, entre Cyril y Samantha. El tiempo la hará mutar en inmejorable vehículo para desaparecer y empezar desde cero. Pero también, desempeñará un papel de demiurgo que tienta para espolear las decisiones que moldearán la personalidad. Es ley de vida, equivocarse para aprender, y los Dardenne quieren hacer hincapié en ello, suavizando la tentación, con un mal muy subliminal, no terminantemente nefasto, para evidenciar la presencia de un enemigo más duro en el interior de cada uno. A tal solemnidad conceptual le corresponde una expresión silenciosa y serena, solo violada por unas transiciones musicales que se encargan de subrayar unos figurados capítulos configurados como una tortuosa escalada de una psicología dividida en niveles.

Le gamin au véloLa exclusión de todo alambique estilístico liberaba de cepos narrativos una trama que emanaba un hedor a tragedia desde la resolución de un conflicto suave como la amenaza de sus propias secuelas. Y no se sufre por el peligro que acecha al chaval, sino por la contingencia de lo que sería una despreciable y gratuita moralina. Conscientes de ello, los Dardenne resucitan a su protagonista con un nuevo perfil fraguado por la experiencia. El niño serio ya sonríe. 

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