Niña soldado

Hanna

Joe Wright, EUA - Alemania, 2011

Por Javier Moral

Hanna, cartelHace ya tiempo que se está dejando sentir en el cine de acción un revival de esa revolución feminista que alentaran filmes como Alien, el octavo pasajero (Alien, Ridley Scott, 1979) o Terminator (The Terminator, James Cameron, 1984), sentando un novedoso paradigma, el de la mujer como legítimo personaje de acción, terreno vedado hasta entonces para ellas y perpetrado en exclusiva por los hombres. Aunque la igualdad de género llegaba a la pantalla, los primitivos prototipos como la teniente Ripley (Sigourney Weaver) o Sarah Connor (Linda Hamilton) presentaban una imagen trillada del héroe, ostentando unos acentuados rasgos masculinos.  

Habrá quien lo tache de machista, pero el desarrollo de esta directriz en el nuevo milenio está tratando de convencer de que las chicas pueden ser guerreras sin necesidad de perder sus atributos naturales. Lo que ya trataran de promover sin mucho éxito las picantes variantes del exploit setentero, a través de actrices de la talla (en todos los sentidos) de Pam Grier, se ha terminado aplicando a muchas de las cintas de superhéroes o, de un modo más efectista, a las figuras de la Carrie-Anne Moss de Matrix (The Matrix, Andy y Lana Wachowski, 1999) de la Angelina Jolie de Lara Croft: Tomb Raider (Simon West, 2001) y de Salt (Phillip Noyce), y de la Uma Thurman de Kill Bill vol.1 y vol. 2 (Quentin Tarantino, 2003 y 2004), como categóricos ejemplos.

Hanna, fotogramaSi se quiere ir más lejos, se podría decir que las adolescentes, e incluso las niñas, forman hoy parte de la troupe de féminas de armas tomar; una inigualable Chloe Moretz abrió la veda en Kick-Ass: Listo para machacar (Kick-Ass, Matthew Vaughn, 2010) y ahora le toma el relevo la rubia Saoirse Ronan en Hanna. La Ronan se ha hecho mujer al pasar de víctima de un psicópata en The Lovely Bones (Peter Jackson, 2009), a prófuga ejecutora de sicarios en el primer guión original que dirige Joe Wright, reconocido adaptador de originales literarios (de hecho, anda enfrascado en la preproducción de un nuevo proyecto sobre Ana Karenina).

Tomando como partida un supuesto similar al formulado por la reciente Red (Robert Schwentke, 2010) sobre la caza de ex-agentes de la CIA, Hanna se desmarca del blockbuster hacia las formas del cine independiente, responsabilizando de ello a su aspecto de pequeña obra europea (no en vano, la película plantea un viaje por el Viejo Continente con destino en Berlín). Quizá no todo el contenido case con su envoltorio hiperrealista, pero solo si nos ponemos quisquillosos con nimiedades y pequeños absurdos (el misterioso botón rojo dentro de una casucha perdida en mitad de la nada que deja a la elección del fugitivo el momento en que quiere ser perseguido), que no habrían de hacer ruido si la cinta no oscilara dubitativa entre la credibilidad y la épica somera.

Fotograma de la película HAnnaPor otro lado, su principal instrumento promocional se ha basado en la loa general a la banda sonora de techno psicodélico a cargo del dúo británico The Chemical Brothers. No sé si será que ha terminado por hartarme la redundancia de esta condición en la lectura de las críticas, pero no me parece para tanto. La música es magnífica, sin lugar a dudas, pero lo verdaderamente meritorio, más que su rúbrica, es el sabio juicio que la ha de cohesionar con las secuencias de imágenes para generar el oportuno sentido narrativo.

Creo que ostenta una mayor envergadura funcional el juego de encajes visceral que conforma Hanna, que se activa gracias a una ocurrente digresión de los componentes dramáticos como medio para alcanzar un fin obvio: la humanización de la bestia (una vez más, el asesino también es una persona). El guión se encarga de exponer esta afirmación a través de dos tipos de entrenamiento, uno para cada género. El adiestramiento de una guerrera para la lucha en la primera parte de la película, en cuanto a la acción, y el despertar a la vida y a la cotidianeidad adolescente por parte de una cría privada de infancia en la fase de la escapada, en lo que concierne al drama -y que propicia otra de las inconsistencias del film por el excesivo asilvestramiento que presenta el personaje, pese a la contradicción que supone la exhibición de una madurez que solo ofrece la experiencia, necesaria además para el dominio de varios idiomas.

Crítica de la película HannaLa nívea heroína llena por completo la pantalla (y eso que, como culmen a la susodicha apología de las femmes fatales, Blanchett no le queda lejos) sin desentonar en este cambio de registro y, tras haberse separado, ambos aprendizajes vuelven a converger en una escena que se graba en las retinas y que marca el recuerdo de la película: la plástica escena entre los contenedores del puerto. Acostumbrado el cuerpo al crescendo de la acción, requiere de una dosis más alta que queda satisfecha con un thriller básico pero correctamente capitulado en flashbacks. Si aún no les parece suficiente, es que son ustedes muy exigentes.
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